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Zapatero se la juega

Tiempo de lectura 4 min.

30 de agosto de 2010. 01:30h

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30/8/2010

El nuevo curso político que arranca tras las vacaciones aparece como uno de los más complicados que se recuerdan para el futuro de Rodríguez Zapatero, y también de más incierto desenlace. El presidente se la juega en muy distintos frentes y en circunstancias altamente adversas. De su habilidad para maniobrar en terrenos pantanosos y de su capacidad de aguante para no arrojar la toalla dependerá también la suerte del país. Las experiencias no son tranquilizadoras para los intereses generales. En estos últimos años ha habido argumentos y razones más que suficientes para dar la palabra a los ciudadanos en unas elecciones anticipadas. Con un Gobierno desbordado e ineficaz y una situación económica y del empleo muy adversa, Zapatero se ha mantenido a la espera de que la tormenta escampara y de que Europa le hiciera los deberes a tiempo. Pero lo cierto es que los problemas se han amontonado y el desgaste de su figura y el descrédito de la gestión de sus ministros son cada vez mayores. La encuesta de NC Report para LA RAZÓN certifica que una mayoría de españoles (49,7%) cree que, pase lo que pase, el presidente no convocará elecciones generales. O lo que es igual, que piensan que el jefe del Ejecutivo no actúa conforme al bien común. 

Zapatero regresará a su despacho oficial sin pasar por el tradicional mitin de Rodiezmo, a modo de preámbulo del otoño caliente que le aguarda. La huelga general y los Presupuestos Generales del Estado 2011 serán dos reválidas tempranas que marcarán el futuro del Gobierno y puede que el desenlace precipitado de la Legislatura. El apoyo de los nacionalistas a la Cuentas no será gratis y los daños colaterales de esa negociación no serán menores. La alternativa es que si no es capaz de superar esas pruebas, si le explota la situación de aislamiento y de soledad social y política, no habría salida política legítima que no fuera la cita con las urnas.

En cualquier caso, Zapatero tiene además los frentes abiertos de los enfrentamientos internos en el PSOE de Madrid, las próximas elecciones en Cataluña o la crisis económica, con la subida de impuestos y la reforma de pensiones como debates vulnerables para el Ejecutivo, que a buen seguro no mejorarán su deteriorada imagen pública. Y todo ello con la vista puesta en ETA y la posible candidatura proetarra a las elecciones locales y forales. Un panorama difícilmente más negro, que genera un escenario de incertidumbres inconveniente para un país con demasiadas urgencias.

Desde hace meses hemos insistido editorialmente en que estamos ante un Gobierno cuyo tiempo político se había agotado y en que sólo la alternancia política sería capaz de generar la confianza perdida para emprender, con la autoridad moral y política recobrada, las reformas profundas que el país necesita. El Ejecutivo ha sido víctima de su propio estilo de dirigir el país, a golpe de improvisación y ocurrencias, sin un rumbo determinado. Desbordado por las consecuencias de sus errores, decidió cambiar de dirección parcialmente urgido por Europa. Quedarse a medio camino fue la peor opción. La verdad es que el curso político parece agotado antes incluso de su arranque.
 

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