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El deber de la seguridad

Tiempo de lectura 4 min.

21 de marzo de 2011. 00:28h

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21/3/2011

Los gobiernos occidentales han calibrado la capacidad de reacción de Muamar Gadafi a los ataques de la coalición multinacional. La conclusión se debate entre lo que sugiere el perfil de un asesino indiscriminado y el análisis de su capacidad para causar daño. El historial de este régimen con más de 40 años en el poder no es el clásico de las autocracias o teocracias de la región. Gadafi ha liderado una estructura con relaciones intensas con el terrorismo internacional y, bajo esa condición, ha estado en el punto de mira de las potencias occidentales. Hablar del dictador libio, motor de grupos criminales subversivos en la órbita de la extinta Unión Soviética, es en buena medida hacerlo de la historia del terrorismo internacional de las últimas décadas del siglo XX. Hoy conocemos que Muamar Gadafi ordenó en persona el atentado de Lockerbie, en el que una bomba a bordo de un avión de la Pan Am colocada por agentes libios causó 270 muertos en 1988, en lo que supone el atentado más grave en Europa hasta la fecha.

Por tanto, cuando el dictador amenazó con atacar objetivos militares y civiles del Mediterráneo tras sufrir los primeros bombardeos, la más elemental prudencia obliga a los países afectados a tomar sus palabras en serio. LA RAZÓN publica hoy que el Gobierno ha considerado innecesario aumentar el nivel de alarma terrorista ante la posibilidad de que agentes libios intenten algún ataque contra nuestros intereses por la participación de un notable contingente español en la operación. Se han evaluado los datos de que disponen los aliados y se ha concluido que Gadafi carece de la capacidad necesaria para perpetrar actos terroristas en suelo europeo.
Lógicamente, debemos confiar en la calidad de esas informaciones, aunque también entendemos que toda prudencia y precaucación es poca cuando el enemigo es un terrorista que ha maquinado acciones contra Occidente los últimos 40 años. No se trata de caer en falsos alarmismos ni de alentar fantasmas innecesarios. Son actitudes contraproducentes que confunden. Sin embargo, el Gobierno está obligado a tener muy presente de dónde venimos y cómo el subconsciente colectivo de este país mantiene vivo el recuerdo de los atentados del 11 de marzo cuando valora escenarios tan complejos para la seguridad. Puede que Gadafi no sea una amenaza para España. Estamos convencidos de que los responsables de Interior así lo piensan, pero cómo no preocuparse ante un terrorista con financiación, logística y contactos. Si no es un peligro real, se le parece demasiado.

A los riesgos sobre la seguridad se suma desde ayer el riesgo político de una fractura en la que se suponía era una sólida coalición. La Liga Árabe se desmarcó de la operación militar, porque «se trata de proteger a los civiles y no de bombardearlos». Este paso atrás es una complicación para una operación que era vendida como ejemplar en España.

El mando militar español informó de que nuestro contingente está ya desplegado y cuenta con autorización para el combate. De su profesionalidad y capacidad no hay duda. Estarán a la altura como siempre.

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