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El Editorial

Noruega en la encrucijada

Tiempo de lectura 4 min.

25 de julio de 2011. 23:28h

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26/7/2011

Cinco días después de que Anders Breivik cometiese la mayor matanza que Noruega ha conocido en tiempos de paz –ayer el asesino se reconoció autor del ataque pero no culpable–, la sociedad noruega todavía no se ha despertado de la pesadilla que tiene sumidos a sus ciudadanos en un estado de incertidumbre y desconcierto. Las estadísticas indicaban que Noruega era lo más cercano a lo que entendemos como una sociedad civilizada en la vanguardia del Estado del Bienestar, ya que contaba con los más altos índices de ingresos, mejores niveles de educación y los más bajos índices de criminalidad.  Tan estable era el aparente oasis que un informe de la Policía afirmaba hace seis meses que «los extremistas de derecha y de izquierda no constituyen una amenaza seria en el 2011 para la sociedad noruega». Esta afirmación saltó por los aires el viernes y demuestra el profundo desconocimiento que la Policía, las autoridades y la sociedad noruega tienen sobre las cloacas de su supuesto pluscuamperfecto modelo social.
Además de asesinar a 76 personas, Breivik ha atentado contra los valores de Noruega, un Estado al que odiaba profundamente por su aparente permisividad con los inmigrantes y por fomentar  el multiculturalismo, algo que para él resultaba intolerable. Sí, es evidente que la matanza ha sido producto de un hombre enloquecido inmerso en su propia espiral de odio e ira, pero no es menos cierto que Breivik estaba en un terreno fértil para potenciar su instinto asesino. Desde hace muchos años, se sabe que la extrema derecha de Escandinavia, y en especial la de Noruega, es una de las más potentes y mejor articuladas de Europa. El partido de extrema derecha noruego, el Partido del Progreso, es respaldado por una quinta parte de los noruegos y  tiene una presencia relevante, como se demuestra con su apoyo a los conservadores en la legislatura anterior a la victoria laborista. La naturalidad con la que el Partido del Progreso formaba alianzas con otros grupos políticos le confería una legitimación, lo que ha supuesto un grave error que ha traído consecuencias tan perniciosas como ésta.
A partir de ahora, los dirigentes y la sociedad noruega deberían de ser mucho más conscientes y responsables y no alentar a los partidos extremistas. Tendrían que ser menos ingenuos y, como con cualquier tipo de terrorismo o acto de violencia supuestamente asentado en una ideología, deberían mantener una tolerancia cero. El propio primer ministro noruego, Jens Stoltenberg, hizo bien en defender el modelo sobre que el que se sustenta la sociedad.  Y también estuvo acertado cuando, a las pocas horas del atentado, pidió «más democracia, más apertura y más humanidad», pero, sin duda, Stoltenberg y el resto de la clase política y, por extensión, las Fuerzas de Seguridad, deben ejercer la autocrítica. Porque la realidad es que han vivido muchos años ensimismados ante sus logros sociales y minimizando la fuerza que iban cobrando los extremistas. Noruega ha perdido su inocencia y eso tiene un coste: actuar con todos los medios policiales y judiciales para extirpar el fundamentalismo. Es una posibilidad tangible que Europa, además del terrorismo yihadista, se tenga que enfrentar al terrorismo de grupos extremistas.

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