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Monero Glez publica una novela «muy flamenca» en la que evoca la figura del cantaor

«Pistola y cuchillo» una novela con alma de Camarón

Es la figura, el retrato, sin  el marco de lo biográfico, limpio de fechas, de datos, testimonios, sin el nació, creció y murió dickensianos. «Todo está ahí, en  el primer párrafo», indica. La primera página de la novela no es para nada la primera página del libro. Nunca lo son. Vienen numeradas y ésa es la nueve

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    Frente al muro: El autor homenajea a José Monge en esta obra
Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

19 de noviembre de 2010. 22:52h

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Madrid. 20/11/2010

Se lee el comienzo con claridad debajo de un número romano  con una  expresión algo cenicienta: «A la entrada de la Venta Vargas, por donde antes aparcaban los coches, le han puesto una estatua. Dicen que es él, pero no se le parece.

Además de no reír tampoco canta y ni siquiera tararea». Lo evoca al trasluz de los recuerdos, que en este caso es el legado de su música y su voz. El valor de un talento que el tiempo y la leyenda han perpetuado más alla de su presencia, pero, en esta ocasión, bajo el velo abundante de la prosa, que es lugar donde suelen refugiarse las verdades cuando rehúyen de la obviedad y prefieren mostrarse con sutileza detrás de una fábula o  de una buen historia.

Lo redibuja ahí, en su ambiente del sur,  con su chaquetita roja, el carácter siempre desprendido y esa avidez de cigarrillos de fumador nocturno, del trasnochador sin redención que teme que la velada le sorprenda en algún momento con las cajetillas vacías y los estancos cerrados. «Él era muy generoso. El más generoso del mundo, pero tenía miedo de quedarse sin pitillos. Yo lo entiendo es una cosa terrible. Ahora fumar es un sacrilegio. Entonces, no, y, por eso, las noches estaban llenas de tabaco».

Montero Glez nos regala un José Monge Cruz, un Carmarón de la Isla, en su nuevo libro «Pistola y cuchillo» (El Aleph). Lo recorta con ráfagas de humanidad y todos los detalles de las anécdotas, ciertas o no, pero que son más reveladoras que quinientas páginas de descripciones y de vivas estampas costumbristas. «La biografía es un género muerto. Existen algunas que son buenas, las que están escritas desde el cariño, como la de la mujer, por ejemplo, o la de Carlos Lencero, pero son cosas muy especiales. Para mí Camarón es un referente. Alguien importantísimo para mi literatura, como lo son Shakespeare, Goya, Hemingway o la naturaleza. Yo me encontré con esta obra. Me dedico a la fábula y quería pagar la deuda que tenía con el flamenco, dedicarle un homenaje. Y Camarón era todo flamenco. Su voz tenía el pasado del flamenco y, a la vez, lo proyectaba hacia el futuro».

Las puertas del cielo

Montero lo imagina en la puerta de un lugar mítico, un espacio simbólico, ya «enfermo», pero con el aliento sedicioso de los que  todavía se resisten a entregarse porque sí a la muerte. En ese trance deberá tomar una decisión. «La más importante de su vida». Y lo hará a través de la prosa de Montero Glez. Una prosa que ha depurado con atención, despojándola de accesorios, para obtener un texto bello, limpio, claro. «Hay muñeiras, chotis, fados, pero el folclore más inteligente es el flamenco. Es el que ha sabido adaptarse mejor. Es tan cercano. Yo he aprendido mucho de Camarón de la Isla, de Paco de Lucía...».

Deja los puntos suspensivos para que los que escuchan completen la lista. Lo que sí cuenta Montero Glez es la afición hacia el cante y cómo lo sorprendió en una época temprana. Cuando todavía era posible ver a los grandes en un local chiquito, pequeño. «Ahí están –le comentaban–, detrás de esa puerta». Y él se sentaba en una esquina, sin molestar, porque Montero Glez es persona respetuosa y reverencial hacia lo que admira y comprende. Y ese sitio lo era. «Soy un  camaronero de vocación tardía. Antes, cuando salía por la noche, escuchaba a Bob Dylan. Tocaba a las puertas del cielo. Pero no me gustaba la movida madrileña ni el Rock Ola. Me gustaba el Candela. Allí, Miguel Candela, me abría esa puerta. Y poco a poco me fui apartando de Dylan y me fui metiendo en esta música. El flamenco es mi aula sagrada, mi universidad».

Lo vio, pero jamás lo conoció. Camarón de la Isla se le metió en el alma, en el cuerpo, y ahora colecciona sus discos. Los compra, incluso en las estaciones  de servicio de carretera, porque no tiene o le parece que es nueva la fotografía que hay en la carátula de ese álbum. «Lo seguí por San Isidro, por las ferias. En Málaga y recuerdo que cada vez acudía más gente a sus conciertos. Gente de todo tipo, no solo gitanos: ejecutivos, rockeros, punkies, pijos...».

Ha escrito esta novela, en el patio de esa Venta Vargas. Un lugar que el cantaor conoció. Le han dejado un rinconcito y con su libreta y su poética en narrativa, Montero Glez nos ha devuelto a Camarón.  «Escribía esta obra ahí. La familia Picardo, que lleva la Venta Vargas, me ha permitido que me sentara en una mesa y que estuviera aquí. Han sido muy amables. Escribía y  después lo leía  todo en voz alta en el patio. He estado imaginando, viendo las fotografías que hay, pensando cómo sería esa última noche ahí». Montero Glez hace un alto.

Para. Reflexiona. Un silencio. «Camarón se explicaba cantando», sentencia después Su memoria está repleta de nombres, de veladas tardías. «Los he visto a todos, al Tomatito, al Habichuela... Yo era un crío y eso fueron seis años de mi vida. Acudía todas las noches», asegura. El escritor iba al Candela. Se acuerda y rememora: «Yo intentaba pasar desapercibido. Tendría 18 años. Estaba sentado y ni me atrevía con las palmas porque no tenía el ritmo de ellos. No quería molestar. Permanecía ahí oculto. La voz de Camarón me traspasó. Lo sentías, aunque no estuviera cerca. Yo me quedé enganchado. Era como un metal de voz. Yo he visto romperse las camisas por Camarón».

Obra, estilo y pureza

Salía del local cuando ya era el día siguiente «y me iba para mi casa con el soniquete. Se reunían en ese lugar después de la actuación. Ya iban de fiesta. Con copas. Se desataban. Era un privilegio estar en esos momentos». Después admite: «He aprendido mucho ahí. El flamenco es la música más libre. Y es curioso que la haga una raza perseguida. A lo mejor es eso lo que les hace que esta música sea mucho más libre. Me ha influido en la literatura. El rock me cansa, pero cuando escucho flamenco, ese ritmo, me digo, a ver, qué puedo hacer con él. Es una referencia para mi literatura. Lo importante en un libro es lo que cuentas. La forma en lo que lo cuentas es el estilo, que nunca va separado de la historia. Esta obra, por eso es más cristalina, porque Camarón tenía una voz pura. He buscado la transparencia. He roto muchos folios y la novela en la que más veces me he perdido. No hay nadie que haya superado a Camarón».

El novelista, el autor de «Sed de champán», «Manteca Colorá» y «Pólvora negra» subraya que el talento es algo que va con uno, pero que siempre existen más ingrendientes. «Fue tan original que nadie puede copiarle ni superarle. Lo consiguió a base de estudiar a todos. Iba, atendía, miraba y luego le daba su punto. Él cogía de todo y lo hacía suyo. Él mismo engañaba el compás, al ritmo. Cambiaba una canción alegre por otra triste. Más que un cantaor era un estudiante». La pregunta que queda por responder es, por qué una novela. Montero Glez no duda: «Se ha hecho una peli, biografías, discos, pero no se había sacado su figura en la literatura».


A «Pistola y cuchillo»
Montero Glez describe su propia novela con ternura: «Es cortita, pero muy flamenca. No es una obra de Ken Follett, que se podría hacer. Es una historia más breve, pero muy intensa. Con mucho diálogo, muy teatral. Un título en el que he "desescrito" más que he escrito. Pero ahora este libro es de la gente». Sí, es de la gente, pero al autor le queda un pequeño sueño en el interior. Lo que consideraría su mayor logro. «Para mí sería el éxito que alguien que no lo conoce comenzara a escucharlo por haber leído mi libro. Pero me temo que eso no podrá suceder porque él es mucho más conocido que yo», añade. Montero Glez reconoce que «tengo todos sus discos. Algunos repetidos. Cajas integrales. Voy al Media Markt, las veo y me las tengo que comprar. Ahora lo escucho con más cariño. Estoy más agradecido a su figura.

Lo pongo más. Soy más camaronero». El novelista recuerda un concierto. Fue el mejor que dio Camarón. Lo dio en los noventa, cuenta, en San Juan Evangelista. Quizá es el mismo que se reeditará el próximo 7 de septiembre. Es el que dio el cantaor junto a Tomatito el 25 de enero de ese año. Fue en el mismo lugar que apunta el escritor, que ha aprovechado una canción de Camarón para dar nombre al libro. «"Pistola y cuchillo" es una bulería que había en su disco "Te lo dice Camarón". Pero el disco que yo recomiendo y que aparece en la novela es "La leyenda del tiempo". Es de los mejores del siglo pasado. Pero de la historia de la fonografía. Es un gran disco.Pero yo también tengo una predilección. No suena tan bien, pero a mí me gusta: "Te lo dice Camarón". Me encanta. Sé que es un disco menor, pero para mí es uno de los grandes. La guitarrita de Tomatito me apasiona. Y luego, claro, cualquiera de los directos que tiene».


«Pistola y cuchillo»
Montero Glez
El aleph
128 páginas 18 euros

 

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