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España laica pero católica

Tiempo de lectura 4 min.

30 de octubre de 2010. 21:14h

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31/10/2010

España se asienta en una fructifera tradición católica. No se entiende el pasado, el presente y el futuro sin la extraordinaria aportación de la Iglesia. El catolicismo, lejos de formar parte del pasado de nuestro país, goza de una óptima salud en el presente y se proyecta con fuerza en el futuro. Las cifras son elocuentes. Según el último estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), de los más de 46 millones de ciudadanos de nuestro país, un 73% se define como católico, lo que significa que son 33,6 millones de fieles. De ellos, un 14% afirma que acude regularmente a misa. El porcentaje puede parecer menor, pero no si se traduce en que son 6,5 millones de personas, una cifra que ningún ámbito político, social o cultural de España logra aglutinar. Estos números, que sin duda evidencian que existe una amplísima mayoría católica en España, son incompletos, puesto que estas estadísticas no recogen a los menores de 16 años, por lo que el número de católicos aumentaría sustancialmente.

Con ser determinante la importancia cuantitativa del catolicismo en España, ésta se agiganta si se tiene en cuenta su dimensión cualitativa. Al defender valores como la unidad, la familia y la solidaridad, los católicos y sus instituciones son un pilar vital del Estado. La labor social de la Iglesia –en materia educativa, sanitaria y asistencial– le ahorra cada año al erario público más de 30.000 millones de euros. 

Ésta, y no otra, es la realidad que se va a encontrar Benedicto XVI en su inminente visita a España. Una comunidad católica numerosa y espiritualmente sólida –que no teme echarse a la calle cuando se vulneran sus convicciones con leyes más que cuestionables como la del Aborto– que proyecta su fe y sus principios a todas las esferas, especialmente a aquellas que, en estos tiempos, sufren más los efectos de la crisis. A buen seguro que el Santo Padre, que no es ajeno a la proyección espiritual y social que tienen sus fieles en nuestro país, fortalecerá aún más el espíritu de una comunidad religiosa que, firme en sus convicciones, ha evitado dar pábulo a aquellos que, interesadamente, han criticado los gastos de la visita que va a costear el erario público sin tener en cuenta la cuantiosa inyección económica que su estancia va a procurar en Santiago de Compostela y en Barcelona.

Aunque algunos se empeñen en lo contrario, la Iglesia y los católicos no son un hecho anecdótico en España. Y no estaría de más que el actual Gobierno así lo entendiese en vez de empecinarse en obviar esa evidencia. Como bien subrayó el ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui, el diálogo entre el Ejecutivo y la Iglesia debe ser fluido, además de mantener una estrecha colaboración. La visita del Papa también será un buen indicador para ver que, en ese sentido, se está en el buen camino lejos de desencuentros anteriores. Porque el Gobierno, que representa a todos los españoles, debe actuar con responsabilidad y ni puede ni debe olvidar que también lo es del 73% de los ciudadanos que se declaran católicos y que desean que las relaciones entre el Ejecutivo y la Santa Sede sean lo más fructíferas posible.

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