Boris Johnson, un rey a lomos del populismo

El líder “tory” se erigió en adalid del Brexit para cumplir sus ambiciones políticas

Boris Jonhson, de 55 años, nunca ha sido un político al uso. Su aspecto desaliñado, lengua sin tapujos y tormentosa relación con la verdad definen una marca personal que despierta tantas filias como fobias, pronunciando frases como la siguiente: “Si votas por un 'tory', tu coche irá más rápido y tu novia tendrá una talla más de sujetador”.

El populista se trasladó a Downing Street el pasado mes de julio solo habiendo ganado las primarias del Partido Conservador. Por lo tanto, éste era su gran examen con las urnas. Y la apabullante victoria se trata de un sueño cumplido con el que llevaba maquinando desde sus días escolares, aquellos en los que se atrevía a improvisar al mismísimo Shakespeare con una verborrea que luego ha aplicado al mundo de la política. “Es un hecho probado que bajo gobiernos conservadores, la calidad de vida de los británicos ha mejorado sin medida, algo que ha redundado en mejores dentistas, más consumo de calcio e inexorablemente un desarrollo superior de las glándulas mamarias”, terminaba la cita.

La pronunció mucho antes de convertirse en alcalde de Londres, por primera vez, en 2008, cuando consiguió más apoyo que ningún otro político en la historia británica, a pesar de que la metrópoli siempre había votado por laboristas. Repitió hazaña con segunda legislatura, pero la alcaldía se le quedaba pequeña. Él siempre había soñado con las llaves del Numero 10.

Apuntaba ya maneras en la universidad, cuando se presentó en varias ocasiones por diferentes partidos hasta conseguir presidir la reputada Oxford Union Society. Siempre dispuesto a todo por conseguir el poder. Fue precisamente por conveniencia y no por convicción, por lo que se convirtió en el protagonista de la campaña euroescéptica ante el referéndum de 2016.

Llegó a reconocer que las promesas que realizó durante la campaña del Brexit, no eran correctas, como el hecho de destinar semanalmente 350 millones de libras al Sistema Nacional de Salud Pública si el Reino Unido salía de la UE. Pero parece que el pueblo le perdona todo.

Tras el triunfo del Brexit, vino la dimisión de David Cameron -con el que cosechaba rivalidad desde los tiempos universitarios-. Pero en esa ocasión, no se presentó a la carrera por liderazgo por la puñalada por la espalda que el influyente Michael Gove le atestó.

Theresa May, consciente de sus ansias de poder, le nombró ministro de Exteriores de su Gabinete, por aquello de que es mejor tener cerca a los enemigos. Pero el excéntrico político, al que muchos comparan en estilo con Donald Trump, le hizo la vida imposible y acabó dejando el cargo, de nuevo, para impulsar sus opciones de liderazgo en el partido, algo que consiguió finalmente este verano.

Antes de su paso a la política, fue el corresponsal favorito de Margaret Thatcher. Sus crónicas irreverentes criticando la burocracia de la UE le habían convertido en todo un personaje. Las ruedas de prensa no comenzaban hasta que él no llegaba a la sala con su particular cabellera albina totalmente en caos.

Él mismo reconocía que sus artículos eran “en parte o totalmente falsos” y presumía de cómo uno de sus titulares – “El plan Delors (en referencia al entonces presidente de la comisión europea) para gobernar Europa”- llevó a los votantes daneses a decir “no” al tratado de Maastricht en junio de 1992.

En cualquier caso, en sus últimos años cubriendo para The Telegraph -biblia para los tories- el día a día de Bruselas, terminó como una caricatura de sí mismo, sin ningún tipo de credibilidad y bautizado como “el bufón” por el resto de sus colegas.

Han pasado casi tres décadas de aquello y el que fuera periodista volverá a cruzar el Canal de la Mancha para sacar al Reino Unido del bloque convertido ahora en primer ministro británico sin saber aún muy bien hacia dónde dirigirá ahora el Partido Conservador. Porque nunca se había visto antes un inquilino en Downing Street más impredecible.

Aparte de sus descabelladas propuestas políticas, su caótica vida personal choca con la proverbial etiqueta británica. El día en el que contrajo matrimonio con su primera esposa Allegra Mostyn Owen -de la que dicen era “la mujer más bella de Oxford”- tuvo que pedir los pantalones y los gemelos prestados a un amigo, perdió su anillo en el convite, citó de manera incorrecta a un autor durante su discurso y se peleó con uno de los invitados. “La boda fue el principio del fin”, confiesa ahora ella.

El tory se casó luego con la abogada Marina Wheeler, madre de sus cuatro hijos. Es padre de al menos otro niño que tuvo con una de sus amantes, con la que protagonizó una larga batalla legal, y hay varios rumores sobre más supuestas paternidades, que a día de hoy no reconoce.

Dejó a su segunda mujer por Carrie Symonds, una joven 24 años menor que él, con la que la que acaba de celebrar su primer aniversario. Será el primer ministro de la historia del Reino Unido que entra en la residencia oficial con novia.

Por cierto, volviendo a su época como corresponsal en Bruselas, aunque Thatcher adoraba sus artículos, el sucesor de la Dama de Hierro, John Major, los detestaba. Muchos en el Partido Conservador aseguran que los textos exacerbaron las tensiones entre las facciones tories euroescépticas y europeas y contribuyeron a la derrota de la formación en las elecciones de 1997. Como resultado, Johnson se ganó la enemistad de muchos miembros del partido. Es más, no son pocos los que consideran que sus reportajes fueron clave para el surgimiento a principios de los 90 del UKIP, liderado entonces por un desconocido Nigel Farage. El resto es historia.