Acuerdos y desacuerdos de 47 años de matrimonio de conveniencia

Reino Unido se adhirió a la CEE en 1973 exclusivamente por motivos económicos. De ahí que se resistiera de forma numantina a ceder parte de su soberanía

BREXIT

«Estamos en Europa, pero no formamos parte de ella. Estamos vinculados, pero no comprometidos. Estamos asociados, pero no absorbidos». Estas palabras de Winston Churchill resumen a la pefección la equidistancia con la que Reino Unido siempre ha visto a Europa.

Acabada la II Guerra Mundial, los británicos contemplaban con su habitual escepticismo los esfuerzos de su vecinos continentales para iniciar la integración europea. Su representante en la reunión celebrada en Mesina (Sicilia), en la que se discutía el Tratado de Roma, Russell Bretherton, no pudo ser más transparente. «Si se llegase a un acuerdo, no tendría ninguna posibilidad de ser ratificado y si fuese ratificado, no tendría ninguna posibilidad de aplicarse. Y si se aplicase, sería totalmente inaceptable para Gran Bretaña», vaticinaba. «Ustedes hablan de agricultura, lo que no nos gusta; de acabar con las aduanas, a lo que nos oponemos, y de instituciones que nos asustan», añadió. Reino Unido trató incluso de torpedear el exitoso Mercado Común con la creación en 1960 de la Asociación Europea de Libre Comercio (AELC) junto a Austria, Portugal, Suiza y los cuatro países nórdicos. Sin embargo, el proyecto fue un fracaso debido a la falta de continuidad territorial de sus Estados miembros.

Lastrado por una economía en horas bajas tras el desmantelamiento del Imperio Británico, Londres no tardó en llamar a las puertas de la Comunidad Económica Europea al inicio de los 60. El conservador Harold McMillan presentó en 1961 la solicitud de adhesión en lo que describió como una «lúgubre elección», pero chocó con la negativa de Charles de Gaulle, que veía a los británicos como perros falderos de EE UU. El veto francés volvió a frustrar las esperanzas británicas en 1967. Hubo que esperar a la marcha del general en 1969 para que al fin Europa abriera sus puertas a Reino Unido en 1973. Según el historiador J. G. A. Pocock, «Gran Bretaña entró en Europa tarde, a regañadientes y despreciándose por ello».

La luna de miel entre las Islas Británicas y el continente duró poco. Los laboristas ganaron las elecciones de 1974 prometiendo un referéndum sobre la permanencia en la CEE. El Gobierno de Harold Wilson, divido como el del «tory» David Cameron entre eurófobos y eurófilos, logró arrancar a sus socios europeos las primeras concesiones presupuestarias y comerciales para que sus ciudadanos ratificaran su adhesión al proyecto europeo con el 67,5% de los en 1975.

Paradójicamente, en los años 70 los mayores defensores del Mercado Común eran los conservadores y la ascendente Margaret Thatcher. Sin embargo, la «dama de hierro» giró hacia posiciones más euroescépticas tras llegar al número 10 en 1979. La revolución thatcherista chocó con frecuencia con Bruselas. En la historia de la integración europea ocupa un lugar destacado la cumbre de 1984 en la que la primera ministra se plantó frente a sus homólogos europeos exigiendo una compensación presupuestaria a Reino Unido por no beneficiarse apenas de las generosas ayudas agrícolas. El conocido como «cheque británico» pasaría a ser desde entonces una «línea roja» para sucesivos gobiernos.

A pesar de firmar en 1986 el Acta Única Europea, por el que nacía el Mercado Interior, Thatcher se mostró reticente en todo momento a ceder más soberanía. «No hemos retirado las fronteras del Estado en Reino Unido para ver cómo vuelve a imponerlas en el plano continental un super estado europeo que ejerce un nuevo dominio desde Bruselas», afirmó en 1988.

Tras la marcha de Thatcher en 1990, la guerra civil entre proeuropeos y antieuropeos en el Partido Conservador ya era una realidad. Los euroéscepticos pusieron todo tipo de obstáculos a John Major para ratificar el Tratado de Maastricht en 1992. De nada sirvió que el «premier» arrancara al resto de socios sendas exenciones al euro y al protocolo social.

La llegada a Downing Street de Tony Blair, sin embargo, cambió sustancialmente las relaciones entre Londres y Bruselas. Aunque era consciente del fuerte sentimiento euroescéptico entre los británicos, el nuevo «premier» prometió «llevar a Reino Unido al corazón de Europa». Para agrado de los sindicatos, adoptó el capítulo social del Tratado de la UE, pero no fue más allá. Las constantes reservas del ministro de Finanzas, Gordon Brown, bloquearon la adopción del euro, y el fracaso de la Constitución europea tras el «no» de franceses y holandeses en 2005 liberó a Blair de su promesa de convocar un referéndum que pocos creían que pudiera ganar.

En 2010, la victoria de David Cameron acabó con la distensión en las relaciones entre Reino Unido y la UE. El líder «tory» prometía recuperar competencias cedidas a Bruselas. Su primer encontronazo con sus socios europeos llegó en diciembre de 2011, cuando vetó el Pacto Fiscal por temer que debilitaría la City. La soledad británica en el Consejo Europeo volvió a ponerse de manifiesto en 2014, cuando Cameron y el húngaro Viktor Orban fueron los únicos que rechazaron la nominación de Jean Claude Juncker como nuevo presidente de la Comisión.

La marcha de Reino Unido también es sentida por sus hasta ahora socios. El vicepresidente de la Comisión Europea Frans Timmermans publicó en diciembre en “The Guardian” una emotiva carta de amor a Reino Unido, país que parte de él desde que fue a un colegio británico en Roma. “Sé que puedes ser generoso pero también miserable. Sé que te crees que eres único y diferente. Y por supuesto que lo eres de muchas maneras, pero quizás no tanto como piensas”, afirmaba el político holandés que deja la puerta abierta a una posible vuelta: “Nosotros no nos vamos y tú siempre serás bienvenido a regresar".

Enrique VIII pasó a la historia por consumar en 1534 el Brexit con Roma para poder divorciarse. Mañana Boris Johnson consuma el divorcio con Europa tras 47 años de matrimonio de conveniencia.