Brexit: ¿Por qué domina el pesimismo ante la negociación entre Reino Unido y la UE?

Hoy empieza la cuarta y determinante ronda de contactos para alcanzar un acuerdo comercial que regule la relación futura entre Bruselas y Londres

Mini-Europe reopening
Una señal de la supuesta frontera entre Reino Unido y la Unión Europea en el parque temático de Europa en BruselasOLIVIER HOSLETEFE

Londres y Bruselas vuelven a sentarse este martes en la mesa de negociaciones. Ambas partes deben cerrar -o al menos intentarlo- un acuerdo comercial. El periodo de transición termina a finales de año. Sin embargo, las próxima semanas son claves, ya que, según la Declaración Política, el texto legalmente no vinculante que acompañaba al Acuerdo de Retirada con el que se firmó el divorcio amistoso, para julio deberían completarse los pactos sobre pesca y servicios financieros.

El primer sector representa tan sólo el 0,12% de la economía británica. La City, el 7%. En cualquier caso, David Frost, negociador de la parte británica, ha descartado cualquier pacto que otorgue a los barcos europeos acceso a las aguas del Reino Unido a cambio de mejores condiciones para los servicios financieros británicos en el mercado único.

Los números no cuadran, pero se trata de una cuestión sumamente política, ya que la pesca fue uno de los asuntos cruciales y más simbólicos durante el referéndum del Brexit. Los euroescépticos siempre han soñado con recuperar el control de sus aguas. Aseguran que los barcos de la UE pescan siete veces más en sus ricas aguas que lo que la flota británica lo hace en las comunitarias, por lo que, tras el Brexit, calculan que se podría duplicar la facturación del sector ampliando su zona exclusiva de 12 a 200 millas náuticas. El problema es que el 70% de las capturas británicas son vendidas al exterior, principalmente a la UE. Y sin acuerdo comercial, las exportaciones se complican porque, si finalmente no hubiera pacto, las relaciones entre Londres y el bloque se regirán únicamente bajo las normas de la Organización Mundial del Comercio, lo que implica la imposición de tarifas.

Hoy por hoy, el ambiente detrás de escena es de pesimismo. Londres culpa a Bruselas de obligarle a estar demasiado ligado a reglas comunitarias y Bruselas acusa a Londres de no estar cumpliendo con los compromisos adquiridos. Por lo tanto, muy pocos consideran que se puedan conseguir algún progreso significativo en el encuentro previsto para el 18 de junio entre el “premier” Boris Johnson, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del consejo europeo, Charles Michel.

La tercera ronda de negociaciones del mes pasado ya acabó en cruce de reproches y, si en los próximos días no hay avances, el inquilino del Número 10 amenazada con levantarse de la mesa para ir preparando al Reino Unido ante un Brexit duro.

El tory euroescéptico Peter Bone, miembro de la comisión parlamentaria sobre la futura relación del Reino Unido con la UE, ha pedido al Ejecutivo que no tome ahora decisiones precipitadas y espere hasta el 31 de octubre para decidir si un acuerdo comercial es factible.

Johnson no está por la labor de ampliar calendarios. El problema es que su liderazgo, tanto dentro como fuera de sus filas, no pasa por su mejor momento. Su popularidad, ya bastante tocada por su gestión ante la pandemia del coronavirus, ha caído en picado en los últimos días por su defensa acérrima a su principal asesor, Dominic Cummings, después de que este haya sido pillado violando las medidas del confinamiento.

Y no hay que olvidar que -con o sin pacto- la salida del Reino Unido a efectos prácticos del bloque a finales de este año, coincidirá con el segundo pico previsto para la covid-19. La pandemia está siendo el mayor reto para los gobiernos a ambos lados del Atlántico en tiempos de paz y todos se preparan para una recesión a nivel global. Si a los efectos del coronavirus se suman los de un Brexit duro, las consecuencias para la economía británica serían nefastas.

Según una encuesta realizada por Focaldata, dos tercios de los ciudadanos están ahora a favor de extensión del periodo de transición, incluido el 49% de los que votaron por Brexit, para evitar el caos económico.