Asad reduce Siria a un país en cenizas

Tras 20 años en el poder, el dictador se enfrenta a numerosos desafíos después de casi diez años de guerra

Retrato de Bachar al Asad en una manifestación en favor del régimen sirio
Retrato de Bachar al Asad en una manifestación en favor del régimen sirio

Hace 20 años, un joven Bachar al Asad tomó las riendas del poder en Siria, sin tener la experiencia de un líder. Al oftalmólogo de 32 años educado en Reino Unido le tocó gobernar de la noche a la mañana un país modelado a los designios de su padre Hafez, que gobernó durante 30 años el país con puño de hierro. Un mes después de su muerte, el 10 de junio de 2000, el Parlamento sirio tuvo que enmendar la Constitución para que Bachar al Asad pudiera ser presidente, ya que según la Ley la edad mínima para gobernar el país árabe era de 40 años.

El inexperto presidente sirio tuvo que hacerse a si mismo en un tiempo record obtuvo el rango de mariscal del Ejército y heredó la presidencia del partido chií Baath. A diferencia de los lideres vecinos, Al Asad consiguió hacer en Siria una presidencia hereditaria, algo en lo que no tuvieron éxito sus coetáneos Hosni Mubarak, Saddam Hussein o Muammar Gaddafi.

Su ímpetu de juventud llevó a Al Asad a creer que podría traer reformas democráticas y al principio, muchos vieron en él la esperanza del cambio y de modernización del país árabe. En su discurso inaugural, Bachar al Asad llamó a todos los ciudadanos a sentirse invitados a contribuir al desarrollo y la modernización del país.

Muchos esperaron una reforma económica, una apertura del país a la economía de libre mercado y no nacionalizada, pero tardaron poco en darse cuenta que Al Asad iba a optar por una economía de amiguismo y clientelar que beneficiaría a su circulo de poder con familias que vendieron su alma al diablo.

Así fue la primera revuelta contra el flamante presidente la «primavera de Damasco» donde todas las propuestas de reforma por la oposición terminaron en saco roto. Las alianzas con familias importantes de clase alta han regido el país con corrupción reduciendo las oportunidades de crecimiento de una clase media que esperaba que su educación en Occidente serviría para un reparto más igualitario y reformas sociales.

La corrupción rampante en las esferas de poder y un Estado policial, con unos servicios secretos capaces de torturar y hacer desaparecer a aquellos a los que se sintiera como una amenaza devolvió Siria a los tiempos oscuros de Hafez. Al Asad tuvo su mayor contratiempo tras el asesinato del ex primer ministro Rafic Hariri en el vecino Líbano, el 14 de febrero de 2005, lo que llevó a culpar a Siria del atentado y los libaneses exigieron la retirada de las tropas sirias de su país. Esto llevó al presidente sirio a sufrir un severo aislamiento internacional.

Primavera árabe

Seis años más tarde, la ausencia de subsidios para los más pobres ya que el dinero público se guardaba para comprar alianzas y apoyos, muchos sirios cansados de ser cada día más pobres salieron a la calle en la ciudad de Deraa. Aquel grupo de estudiantes que hizo una pintada contra al Asad y fueron brutalmente reprimidos en marzo de 2011 encendió las protestas en la región, en sintonía con la «primavera árabe» iniciada en Túnez que en Siria, en pocos meses, degeneró en una bruta guerra, que ha dejado más de medio millón de muertos y cinco millones de refugiados. La situación en el terreno en Siria se complicó aún más por la aparición del «califato» del grupo terrorista Estado Islámico y los grupos de oposición vinculados a Al Qaeda.

Dos décadas después, el legado presente del dictador sirio es un país arruinado y convertido a escombros, después de cerca de diez años de guerra civil. Siria sufre una de las peores crisis económicas desde que comenzó el conflicto, con la devaluación de la libra siria a un 44% frente al dólar, y acervada en el último mes por la imposición de nuevas sanciones económicas por parte de Estados Unidos, conocidas como la Ley César. El Departamento de Estado ha sancionado a 39 figuras del régimen sirio, entre los que encuentran muchos miembros de la familia de Al Asad.

Algunos ya estaban en otras listas negras estadounidenses, pero otros, como su esposa Asma han sido señalados por primera vez desde Washington. La catastrófica crisis financiera se ha llevado por delante como cabeza de turco, al primer ministro, Imad Khamis, que ocupaba el cargo desde 2016, y del ministro de Comercio, Atef Naddaf.

Damasco prefiere culpar a la Ley César de las dificultades económicas que asumir su responsabilidad, a pesar de que las regiones bajo su control sufren desde hace dos años escasez de carburante y el 80% de la población vive bajo el umbral de la pobreza, según la ONU. La inflación de productos alimentarios se disparó desde el año pasado a un 133%. Al Asad ha convertido Siria en cenizas, pero en su caso no resurgirá como un ave Fénix. Este domingo se celebrarán elecciones parlamentarias en un país todavía en guerra, unos comicios con los que aspira a rehabilitarse para su próximo mandato.

El papel de Rusia

Sus socios más acérrimos, Rusia e Irán, también están en el mismo cesto en lo que respecta a la Ley Cesar y además, se encuentran afanados en sus propios problemas, por lo que el sátrapa sirio es cada vez más ese «incómodo» amigo al que no hay tiempo para ayudar. Al devastado país le quedan pocos socios que quieran invertir en la reconstrucción y hoy en día acercarse a Damasco puede ser peligroso debido a las duras sanciones.

Rusia que ya salió experimentado de la guerra en Afganistán no quiere repetir los mismos errores que en el pasado con Siria. Aún así, Al Asad sigue presidiendo todo este caos y los llamamientos para que renuncie, que han vuelto a resurgir en el sur de Siria, siguen sido ignorados mientras la comunidad internacional trata de encontrar una solución política con o sin Al Asad al timón.