«El corralito del 2001 al lado del coronavirus es un juego de niños»

La pobreza en Argentina se ha disparado con la pandemia en los barrios más humildes, y los subsidios del Gobierno no alcanzan a gran parte de los más afectados

Andrea Cortes en la cocina de su casa durante el confinamiento en Buenos Aires
Andrea Cortes en la cocina de su casa durante el confinamiento en Buenos AiresNatacha PisarenkoAP

Los fumigadores resuenan en la noche. Parecen astronautas con sus trajes blancos, «las máscaras galácticas» y esas mangueras con las que rocían de veneno las estrechas calles de la Villa Miseria 1-11-14, en Buenos Aires, una de las más vulnerables y peligrosas de la ciudad. Son bomberos que desinfectan para matar «al bicho», como aquí le llaman.

En mitad de la plaza de los paraguayos se enciende una luz amarillenta. Allí Rocío ultima su guiso de pollo, enormes cacerolas cuyo interior remueve con fuerza, afuera una larga fila, se amontonan con recipientes en las manos. Llegó la hora del rancho.

El Gobierno porteño aumentó más de un 240% la asistencia alimentaria durante la pandemia. Antes de la aparición del covid-19 proveía alimentos a 102.000 personas, un número que hoy asciende a más de 353.000, lo que representa un aumento del 246% a más de 115 días del inicio de la cuarentena. Pero no es suficiente. Con la pandemia llegó el hambre y sus escenas dantescas, imágenes que pese a la pobreza incipiente que alcanza al 40% de los argentinos –se estima aumente un 5% en lo que queda de año- no eran fáciles de ver en la capital, solo en el norte del país, pero ahora las necesidades se han vuelto totalmente básicas como la comida.

Rocío asegura que alimenta a más de 500 comensales al día. «Y la cifra aumenta sin parar, pedimos más insumos y no los traen, no se cuánto aguantaremos, aquí es complejo, hay mucho narco, se mezcla todo, violencia, pobreza y ahora el virus», comenta.

Las villas miseria suman un centenar en Buenos Aires. Un cordón de pobreza que se ha visto especialmente golpeado por el covid-19 Si bien al principio no había muchos casos, finalmente la peste llegó. En esos asentamientos no hay apenas recursos para la higiene, las ambulancias se niegan a entrar por miedo a ser asaltadas y la gente vive hacinada. Es un caldo de cultivo perfecto para el coronavirus.

De hecho esta semana se realizaron 30.000 tests en estos barrios y el 41% dio positivo. Además, la mayoría trabaja de manera informal al no poder abandonar los hogares, su economía se ha visto reducida a la nada. El Gobierno tan solo dispone de unas ayudas de 10.000 pesos mensuales (70 euros) que no todos cobran, y las ollas populares que, por ahora, suministran dos raciones al día.

El presidente del país, Alberto Fernández, asegura que no abandonará a su pueblo mientras siguen creciendo las cifras, unos 100 muertos diarios, pero la rebelión popular comenzó, y muchos ya se han echado a las calles en busca de un sustento.

El más «original» ha sido Axel Kicillof, mano derecha de la vicepresidenta Cristina Kirchner, gobernador de la provincia de Buenos Aires, una de zonas más empobrecidas y afectadas por la crisis. El que fuera ministro de Economía ha decretado un sueldo de 500 pesos –cuatro euros– por día para quienes se recluyan solidariamente en algunos galpones que están habilitando. Una medida tachada como «populismo berreta -hortera» por la oposición.

Al lado del riachuelo el olor es pestilente. Esa «inmensa serpiente séptica» que se arrastra desde el barrio de la Boca hasta el distrito de la Matanza. En Barracas, límite de Buenos Aires, se encuentra la Villa 21. Una zona que además del coronavirus es «azotada» por el dengue, un mosquito que anida en aguas estancadas. En pequeños charcos que se crean entre la chatarra o barreños de lata.

Eva de Alarcón es una joven aguerrida que maneja el comedor popular Doña Emi. Abre las cazuelas mientras el vapor baña su rostro, ataviada con una mascarilla negra. Suministran raciones para más de 200 personas. Pollo frito, patatas, caldo. Pero con grandes carencias. «No tenemos gas, a veces ni luz ni agua. De qué sirve que el gobierno de la ciudad mande alimentos si luego no tenemos garrafas de gas para cocinar», afirma Eva.

A pocos metros el Padre Toto aguarda en la Iglesia de la 21. Mira al Cristo redentor que cuelga del capilla, le acaricia los pies, le mira a los ojos. Los padres villeros, como se denomina a los sacerdotes que trabajan en estos asentamientos, se han convertido en la primera línea de batalla contra el coronavirus, además de solucionar problemas barriales de toda índole. Ocupan el lugar abandonado por el Estado. «Hemos visto cómo la pobreza y las necesidades crecen, nosotros no podemos hacernos cargo de todo, necesitamos más ayuda», explica.

La dura caída en el PIB argentino

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas (CEPAL) advierte en sus últimas previsiones para la región que la pobreza subirá 10,8% en Argentina, 7,7% en Brasil y 7,6% en México, cifras que hasta triplican las previsiones para el resto de los países. Es decir, que de nuevo el país de bandera albiceleste sufrirá las peores consecuencias, y eso a ciernes de caer en un nuevo «default» –quiebra– si no es capaz de cerrar un trato con sus acreedores por el pago de la megadeuda. Solo este año el PIB caerá un 8%. «Negros nubarrone» se ciernen sobre La Casa Rosada, la residencia presidencial, donde los «buitres» comienzan a revolotear.

El ultimo escalafón lo representa la gente que ni siquiera tiene un techo, que malvive en situación de calle. Se calcula que por los menos unas 7.000 personas no tienen hogar solo en Buenos Aires.

Tras asistir a otra olla popular en el estadio de All Boys –un equipo de futbol–, situado en Floresta, nos vamos a repartir comida entre las personas que duermen a la intemperie, o en pequeños habitáculos. Como es el caso de Ramiro, que perdió su trabajo de fontanero y se tuvo que ir a vivir a un coche abandonado con su mujer.

Tapó las ventanas rotas con trapos, y pese al frío del invierno austral aguantan como pueden. «Esto no son maneras para un hombre de 70 años, y con la pensión no alcanza. Yo ya viví todas las crisis pero el corralito del 2001 al lado de esto, es un juego de niños», afirma.