Australia se enfrenta a la ira de China por la covid

Purga de periodistas australianos después de que se abriera una investigación sobre el origen del virus

La periodista Cheng Lei continúa incomunicada desde que fue detenida en China «por razones de seguridad nacional»Piaras Ó Mídheach / Web Summit via SportsfileSportsfile

En China, Cheng Lei era considerada una prominente figura en la industria mediática a nivel nacional. Había ejercido de maestra de ceremonias para eventos de organizaciones empresariales y de su propia embajada. Trabajó durante ocho años como presentadora en la cadena estatal chica CGTN, y anteriormente fue la corresponsal de CNBC Asia en Pekín. Pero a mediados de agosto, por sorpresa y sin mediar explicación alguna, su perfil y muchos de sus reportajes fueron eliminados de la web donde trabajaba. Desde entonces, silencio absoluto.

Hace poco más de una semana, se supo que la periodista australiana nacida en China permanecía detenida en el país asiático. El Gobierno oceánico informó entonces que, tras dos semanas desaparecida, Pekín había reconocido haberla arrestado sin dar detalles del por qué. Una detención que suponía un nuevo desafío para Australia y echaba más leña al fuego a la ya maltrecha relación entre las dos naciones.

Desde aquel día, se sucedieron los acontecimientos. El desenlace a todo este misterio llegó cuando en la misma jornada en la que otros dos reporteros australianos decidían abandonar el país asiático prevenidos de que algo similar pudiera ocurrirles, el Gobierno de Xi Jinping esgrimía razones de seguridad nacional para justificar el arresto de la experimentada presentadora. La acusación, utilizada a menudo contra figuras críticas con el régimen, respaldaba a las autoridades chinas para mantenerla detenida, aislada y sin derecho a un abogado hasta un máximo de 6 meses.

Madre de dos niños de 10 y 8 años (actualmente viviendo en Melbourne con otros miembros de la familia), su desaparición de la noche a la mañana mostraba de nuevo que el gigante asiático se sigue guardando el derecho de elegir quién informa o no de lo que, de manera oficial, acontece en el país.

Precisamente, la cadena para la que Cheng trabajaba está dirigida a audiencias en el extranjero y, bajo la tutela del Partido Comunista, sirve para “ayudar a formar una opinión global positiva” del país y “aumentar su poder blando en todo el mundo”, según afirma el grupo de expertos del Lowy Institute de Sydney.

Por eso, resulta cuanto menos paradójico que una reportera de la cadena estatal haya sido detenida por las autoridades del país. Algunos investigadores como Richard McGregor, del ya mencionado think tank, han afirmado que no está claro si la nacionalidad de la reportera ha sido un factor clave en su detención, aunque “eso seguramente formará parte de cómo se maneje su caso”.

Otros apuntan a que su desaparición ha sido un golpe bajo en toda regla con el que tratar de hacerle frente a un país que se ha atrevido a plantarle cara Pekín y a sus intenciones de ganar terreno en la región.

La tensión entre ambas naciones viene de lejos. Desde hace años, Pekín es el mayor socio comercial de Canberra y los intercambios anuales entre ambos rondan los 140.000 millones de euros al año. Sin embargo, sus diferencias geopolíticas en el mar de China Meridional, el aumento de la presencia china en las islas del Pacífico o la cada vez mayor dependencia del sistema universitario australiano del alumnado chino (representa casi un 40% del total de sus estudiantes internacionales) han puesto en alerta a una autoridades australianas que ven en esos gestos una amenaza en diferentes ámbitos de tradicional influencia australiana. Eso, sin olvidar a la empresa tecnológica china Huawei, a quien el país oceánico ha prohibido participar en el sistema 5G australiano.

Pero el mayor punto de fricción entre ambas naciones llegó cuando Canberra pidió en abril una investigación internacional e independiente sobre el origen de la covid-19. A partir de aquello, la relación entre ambos cayó en picado. Pekín consideró que aquella iniciativa estaba políticamente motivada -en concreto por Estados Unidos- y partía de la premisa de que China era culpable. Por eso, el Gran Dragón emprendió una campaña de acoso y derribo a todo aquello que tuviera que ver con el país oceánico. Y Australia, por su parte, tampoco se quedó a la zaga.

Entre otras medidas, además de haber optado por rescindir de cualquier informador de origen australiano, las autoridades chinas suspendieron sus importaciones de carne de vacuno de cuatro importantes proveedores, lo que supuso dejar de recibir un 35% de res australiana en un negocio que mueve unos mil millones de euros al año. Escudándose en “problemas técnicos menores”, también impusieron aranceles por valor del 80% a la cebada australiana. Además, Pekín advirtió a estudiantes y turistas chinos de no viajar al país oceánico ante el riesgo de sufrir ataques racistas y mantiene abierta una investigación para determinar si ha habido competencia desleal en las exportaciones de vino australiano.

Por su parte, Australia decidió endurecer las leyes de inversión extranjeras; al tiempo que condenó -junto con EE UU, Canadá y Reino Unido- la imposición de la nueva y controvertida ley de seguridad nacional por parte de China en Hong Kong. Canberra también ha reconocido que las agencias de seguridad del país oceánico habían allanado las propiedades de varios periodistas chinos el pasado mes de junio en relación con una investigación sobre injerencia extranjera que involucraba al diputado de Nueva Gales del Sur, Shaoquett Moselmane. Y algunos académicos de las universidades australianas, muchos de ellos de origen chino, han sido acusados de tener vínculos con el Gobierno chino.

En medio de este panorama, Cheng sigue incomunicada y, aunque los funcionarios australianos pudieron contactar con ella, su familia ha preferido no hacer declaraciones. Por el momento, parece complicado que su detención sirva de moneda de cambio para conseguir que Australia relaje su postura con China. Más aún, con la experiencia del escritor chino-australiano Yang Hengjun, quien permanece arrestado desde enero de 2019 por supuestamente poner en peligro la seguridad nacional del gigante asiático.

Aun así, el ministro de Comercio, Simon Birmingham, ha afirmado que “seguimos comprometidos a trabajar tan de cerca como podamos, y particularmente en las áreas de interés mutuo y ventaja para nuestras dos naciones”. Unas palabras que muestran la importancia de la relación entre ambos países en medio de los temores de periodistas, académicos y empresarios de pasar de trabajar sin preocupaciones sobre disputas políticas a verse atrapados como peones en una pelea diplomática.