La primera misión del presidente electo Joe Biden: el coronavirus

Respecto a la política internacional Washington espera retomar la relación con los socios de la alianza Atlántica, enfriar las tensiones y restaurar los equilibrios nacidos tras la II Guerra Mundial. Todo apunta a que el nuevo gobierno podría intentar resucitar el acuerdo nuclear con Irán

Celebraciones en EEUUAgenciasLa Razón

La agenda del nuevo presidente está, antes que nada, marcada por la pandemia. Para Joe Biden, para EE.UU., no hay nada más ahora mismo más urgente. Sobre todo teniendo en cuenta que el país, inmerso en una tercera ola de contagios, bate el récord de positivo a diario, lleva varios días superando los 100.000 casos cada 24 horas y camina rumbo a los 150.000 diarios. Con estos números las previsiones son de 400.000 muertos el 21 de enero.

Biden se ha comprometido a hacer público un grupo de asesores, expertos en salud, para que analicen la situación y colaboren activamente con su futuro gobierno en la toma de decisiones. También promete estudiar la obligatoriedad de las mascarillas y restaurar la relación con la OMS.

Nuestro trabajo, dijo durante su discurso de aceptación, comienza con controlar el Covid». «No podemos reparar la economía», añadió, «restaurar nuestra vitalidad o disfrutar de los momentos más preciados de la vida: abrazar a un nieto, cumpleaños, bodas, graduaciones, todos los momentos que más nos importan, hasta que tengamos este virus bajo control».

El plan de choque que promete estará «basado en los cimientos de la ciencia» y «se construirá a partir de la compasión, la empatía y la preocupación». «No escatimaré esfuerzos, ni compromisos, para revertir esta pandemia», añade. En cuanto a la economía Joe Biden, un liberal de la vieja escuela, siempre favorable a los negocios y la iniciativa privada, apuesta por retomar el programa de estímulos. Nadie sabe bien qué sucederá con las políticas fiscales. La promesa de subir los impuestos a las rentas altas suena igual de irreal que en boca de otros candidatos y todos saben que el peso de cualquier vuelta de tuerca recaudatoria acaba por recaer siempre en las espaldas de la clase media. Desde luego Trump avisaba de enormes subidas de impuestos, aunque Biden las ha desmentido.

Política internacional

Respecto a la política internacional Washington espera retomar la relación con los socios de la alianza Atlántica, enfriar las tensiones y restaurar los equilibrios nacidos tras la II Guerra Mundial. Todo apunta a que el nuevo gobierno podría intentar resucitar el acuerdo nuclear con Irán. Aunque respecto al régimen de los ayatolás ya nadie cuestiona demasiado que acciones tan rotundas como el asesinato del general Soleimani, uno de los principales promotores de intervencionismo y el terrorismo patrocinados por Irán.

Y está por ver que hará Washington con las sinergias tejidas por el yerno de Trump, Jared Kushner, con Israel y su serie de históricas alianzas con países como Emiratos Árabes Unidos. China, otro de los elefantes en la habitación, será objeto de atención prioritario. Biden aspira a rebajar las tensiones, pero los dos países están llamados a competir entre ellos, con disputas que van desde las políticas arancelarias a la protección de los derechos intelectuales y la propiedad intelectual, del desarrollo de la tecnología 5-G a las pretensiones imperialistas del gigante asiático en el Mar de la China, el eterno conflicto con Taiwán, el ataque contra los estándares democráticos en Hong Kong o el papel de Beijing en relación a Corea del Norte.

Una y otra vez ha insistido, tanto en el ámbito doméstico como a nivel internacional, en el anhelo de cooperación. Aspira a que pueda lograrse tendiendo puentes con los oponentes del otro lado del arco parlamentario. «Creo que esto es parte del mandato del pueblo estadounidense. Quieren que cooperemos. Esa será mi elección. Y pido al Congreso, tanto a los demócratas como a los republicanos, que tomen ese camino conmigo».

PLAZOS

El periodo entre las elecciones y el 20 de enero, en los casos en que hay cambio de presidente, tiene una función muy destacada en Estados Unidos, ya que permite al mandatario entrante ir conformando a su equipo e ir tomando contacto con la Administración saliente, en aras de empaparse de todos los aspectos de la maquinaría del Estado.

Es durante esos dos meses cuando el presidente entrante lleva a cabo el proceso de selección de su equipo de gobierno, una tarea ardua si se tiene en cuenta que en Estados Unidos hay 4.000 cargos políticos. Tener que esperar por ejemplo hasta diciembre, demoraría este proceso, algo que ya le ocurrió en su día a George W. Bush.

En este sentido, el equipo de Biden tiene muy en cuenta que es la jefa de la Administración de Servicios Generales (GSA) por sus siglas en inglés quien dictamina que los resultados de las elecciones son definitivos, lo que permitirá al equipo de transición de Biden expandir su trabajo y obtener acceso a los fondos del Gobierno.

Por ello, los asesores del presidente electo dicen están preparados para emprender acciones legales si la administradora, Emily W. Murphy, designada por Trump, retrasa esa decisión, según fuentes próximas a la campaña.

Pamela Pennington, portavoz de la GSA, ha asegurado que Murphy determinaría “el candidato aparentemente exitoso una vez que el ganador quede claro según el proceso establecido en la Constitución”. Hasta que se tome esa decisión, recuerda, el equipo de transición de Biden continuaría recibiendo acceso limitado a los recursos gubernamentales.

La pantanosa transición de Trump a Biden tendría pocos paralelos históricos, rivalizada quizás solo en 1860-1861, cuando los estados del Sur se separaron antes de que Abraham Lincoln asumiera el cargo, y 1932-1933, cuando Herbert Hoover trató de socavar a Franklin D. Roosevelt y evitar que implementara sus políticas del New Deal.