Golpe de Estado en Turquía

A la sombra de Tayyip Erdogan

La Razón
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Hace ahora un año se llevó a cabo un intento de golpe de Estado en Turquía que terminó fracasando. La reacción del presidente Recep Tayyip Erdogan no se hizo esperar y al amparo de la necesaria restauración de la legalidad institucional, desencadenó una represión en toda regla que alcanzó no sólo a los golpistas, sino a amplios sectores de la oposición política, los medios de comunicación, los funcionarios, las universidades y, en general, a toda persona o grupo que se había significado por su discrepancia con su presidencia o su progresiva islamización del Estado y la sociedad.

Porque bajo la apariencia de un régimen democrático y modernizador, lo cierto es que el presidente Erdogan, desde la creación del Partido Justicia y Desarrollo y su nombramiento como primer ministro en el año 2003, ha llevado a cabo en el país un progresivo pero sistemático desmantelamiento del legado de Kemal Ataturk, fundador y primer presidente de la moderna república, que incluía la separación entre el poder civil y el poder religioso.

Más allá de la fracasada intentona golpista, muy acorde con la tradición de las Fuerzas Armadas turcas de irrumpir con las armas en la vida política del país, lo cierto es que la sociedad turca está hoy en día más lejos de la modernidad y el desarrollo que hace un año. La violencia de la minoría kurda ha vuelto a las calles, al tiempo que el Ejército se concentra en evitar que el Daesh traslade su guerra al territorio turco y el horizonte de su ingreso en la Unión Europea se ha diluido para la próxima década.

Para compensar este futuro sin rumbo definido, el presidente Erdogan ha emprendido una amplia campaña de instauración de una nueva identidad turca que incluye en el interior la restauración del poder religioso, la depuración de toda oposición social y política, así como la continuidad de una economía capitalista asentada sobre bases muy precarias.

En su política exterior, el Gobierno turco aspira a convertir su país en una potencia regional decisiva en Oriente Medio y el Cáucaso sur, en connivencia con Rusia, a la que la vinculan importantes intereses estratégicos y energéticos, y en abierta competencia con Arabia Saudí e Irán a la hora de configurar el tablero geopolítico de Siria y de Irak, países en los que la minoría kurda está adquiriendo un poder militar y político protagónico que Ankara ve como una amenaza directa a su seguridad nacional.

Los europeos no podemos en ningún caso llamarnos a engaño con el actual Gobierno turco ni con su presidente. Necesitamos su colaboración tanto por razones de suministro energético como para garantizar un efectivo control de la frontera exterior de la Unión Europea. Pero tanto el Ejecutivo como la sociedad turca necesitan también el apoyo político y económico de Europa para evitar que el país se hunda definitivamente en la crisis política de una dictadura teocrática y en la descomposición de su precaria situación económica. Sin embargo, esta mutua necesidad no puede llevarnos a la ingenua creencia de que ambos mundos, Europa y Turquía, son homologables porque hoy la brecha que los separa es mucho mayor que hace un año.