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Alarma sanitaria en las fronteras de Venezuela

Los países vecinos y Acnur preparan planes de contingencia ante las enfermedades transmitidas por quienes huyen del régimen chavista, que ha abandonado a su suerte a enfermos y médicos

  • Un venezolano, aquejado de una grave conjuntivitis, sostiene a su hijo en brazos en el control fronterizo de Pacaraima con Brasil
    Un venezolano, aquejado de una grave conjuntivitis, sostiene a su hijo en brazos en el control fronterizo de Pacaraima con Brasil / Reuters
Caracas.

Tiempo de lectura 4 min.

10 de agosto de 2018. 22:42h

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Víctor Amaya .  Caracas. 10/8/2018

«El problema de Venezuela es que se ha convertido en una enfermedad contagiosa para toda la región». Una frase dicha por Julio Borges en 2017, cuando era presidente de la Asamblea Nacional, advertía lo que un año después es una realidad. Entre 2015 y 2017 la migración global de venezolanos se incrementó en un 132% y, en ese mismo lapso, su número en países suramericanos aumentó el 895%, según el informe de Tendencias Migratorias Nacionales en América del Sur. Las fuentes del informe son los censos, así como las oficinas de migración. Sin embargo, se estima que hay un subregistro no precisado, por ejemplo, de las personas que gozan de doble nacionalidad o la han ido adquiriendo del país receptor.

El foco está en Colombia. Frontera caliente desde siempre, el país es usado como destino final o de tránsito para alcanzar otros territorios debido a las facilidades de conexiones que tiene. Se puede cruzar a pie, sin dinero. Migración Colombia registró el 30 de marzo de 2018 que había 314.527 venezolanos en su territorio, mientras que de manera irregular se calculan unos 447.371. Hacia allá se mueven diariamente unos 35.000 personas en busca de bienes de primera necesidad para instalarse definitivamente o para migrar a otros países. Quienes huyen de Venezuela sin más que voluntad, además provenientes de sectores cada vez más pobres –las clases más pudientes emigran por avión a Estados Unidos y Europa–, dejan atrás la asfixiante realidad económica de una nación en hiperinflación y con una caída del PIB acumulada de casi el 50% desde 2013. Una contracción de recursos que, sumada a la corrupción, ha arrojado al país a una situación desesperada.

Las consecuencias de un servicio de agua precario, de una escasez de medicinas que ha bordeado el 90% durante tres años seguidos y de una inexistencia de planes de vacunación han condenado a la población venezolana a múltiples enfermedades. En los cinco primeros meses de 2018, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) registró el doble de casos de sarampión que a lo largo de todo 2017: 1.427. En paralelo se encuentran la difteria, la malaria, la tuberculosis, la escabiosis y hasta la poliomielitis, que se creía extinta.

La OPS confirma que hasta junio de 2018 solo Venezuela concentra el 84% de los casos de sarampión de once países de la región que registraron la enfermedad. Colombia pasó de no tener ningún caso a reconocer 26, de los cuales 17 fueron importados de Venezuela (siete eran de trasmisión secundaria de personas llegadas desde allí). Ecuador, tras superar más de 22 años sin el virus, registró su primer caso procedente de Venezuela y ya las cifras hablan de un acumulado de doce, de los cuales diez corresponden a migrantes nativos.

En Brasil, en 2018, la OPS ha registrado 114 casos, pero las autoridades de ese país calculan 281 casos hasta este mes de agosto solo en el estado fronterizo de Roraima. Desde febrero, cuatro personas, tres de ellas de nacionalidad venezolana, han muerto por sarampión allí. La OPS ha instado a todos los Estados miembros a vacunar con la primera y segunda dosis de la vacuna contra sarampión, rubeola y paperas en zonas de riesgo. Por su parte, Brasil critica a Venezuela la propagación de sarampión en la frontera y evalúa vacunar a los alrededor de 2.000 venezolanos que llegan al país cada día, incluyendo visitantes o personas en tránsito. Sin embargo, el ministro de Salud brasileño, Gilberto Occhi, admitió que con una frontera de 2.000 kilómetros en una sabana muy permeable es difícil controlar el ingreso del mal con un único puesto de vacunación.

En la frontera Brasil-Venezuela se han instalado refugios para los desplazados, con fondos de los gobiernos brasileño, canadiense y Acnur. En Colombia también se han levantado albergues en la ciudad de Cúcuta, donde se han visto a grupos de venezolanos durmiendo incluso en lugares públicos.

El Gobierno de Venezuela anunció el 25 julio que en agosto activaría una segunda fase del Plan Nacional de Vacunación con «un abordaje rápido contra el sarampión y difteria», en conjunto con OPS. Pero la información es escasa. No se ha dicho públicamente cómo ni dónde se aplicará ese programa, y se duda de cuántas dosis están disponibles para lograr el cometido.

En 2014 el Gobierno de Maduro creó una empresa «socialista» para la fabricación de Medicamentos Biológicos que produciría 120 millones de dosis de vacunas al año para el Sistema Público Nacional de Salud. Sin embargo, cuatro años más tarde su producción está completamente varada. Además, en Venezuela la atención primaria es baja o no existe siquiera desde hace años, y las medidas de prevención son prácticamente nulas. Asimismo, muchas de las vacunaciones en hospitales, cuando hay cómo hacerlas, dependen de si la persona es portadora del carnet de la patria, una identificación para acceder a programas sociales que el chavismo maneja con criterio político para beneficiar a sus correligionarios.

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