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El populista pragmático

López Obrador es más un activista social que practica un conservadurismo cristiano y que dice mantener una conexión especial con el pueblo

Ciudad de México.

Tiempo de lectura 4 min.

03 de julio de 2018. 03:01h

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Goyo G. Maestro Ciudad de México. 3/7/2018

El político que regirá los destinos de México durante los próximos seis años es un hombre austero, tozudo, cristiano, con preocupación social y una seguridad inamovible acerca de su superioridad moral. Hasta aquí pueden coincidir tanto los que le aman como quienes le odian. Es Andrés Manuel López Obrador (AMLO), de 64 años, un hombre que levanta pasiones. Lo tomas o lo dejas. No parece haber término medio. El candidato del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), un partido creado a su imagen y semejanza, llega a la presidencia tras haber fracasado en dos ocasiones en 2006 y 2012.

Existe una gran incertidumbre sobre el patrón que adoptará AMLO como presidente de México. ¿Seguirá un esquema caudillista o será un demócrata liberal respetuoso con las instituciones y el estado de Derecho? Su afán de conquistar la presidencia le ha llevado a moderarse en la campaña y, muchas veces, a contradecir su propio programa. Dice que no tolerará a los corruptos, pero en su equipo hay personas salpicadas por sonoros escándalos de corrupción.

De afirmar que iba a echar abajo todas las reformas del presidente Enrique Peña Nieto y el proyecto de nuevo aeropuerto en la capital, pasó a decir que "revisaría" los contratos del aeropuerto y de la reforma energética. Después aseguró que no tocaría las reformas hasta la segunda parte de su eventual mandato, y después añadió que el aeropuerto se llevará a cabo si lo saca adelante la iniciativa privada. Ahora parece que la única reforma importante de las aprobadas por el saliente Gobierno del PRI que está en riesgo es la educativa.

Su veta populista asoma en algunas de sus variopintos propuestas. Defendía que si ganaba las elecciones no se mudaría a la casa de Los Pinos, el palacio presidencial, para abrirlo al público como lugar cultural. También ha prometido dar 2.300 pesos a los jóvenes para que no delincan e incluso anunció una amnistía para los delincuentes que se metieron en el narco por falta de oportunidades. No menos llamativa es la afirmación de que solo con el hecho de tener un presidente honesto disminuirá la corrupción nacional.

López Obrador es un hombre hecho a sí mismo. Nació en Tabasco, en el sur de México. Tras la muerte accidental de su hermano por un disparo de pistola, la familia se trasladó a la capital del estado, Villahermosa. El joven Andrés Manuel fue a Ciudad de México para estudiar Ciencias Políticas en la Universidad Nacional Autónoma. En 1976 se afilió al PRI y comenzó su carrera en Tabasco. Durante cinco años fue delegado del Instituto Nacional Indígena en este estado sureño. Allí se forjó como militante del ala más izquierdista del PRI. Cansado de la deriva neoliberal del partido, en 1988 se marchó para unirse al PRD de Cuauhtémoc Cárdenas. En Tabasco perdió unas elecciones a gobernador que según él estuvieron amañadas y encabezó numerosas protestas de carácter social.

En el año 2000 se convirtió en jefe de gobierno de la capital. Puso en marcha una política de austeridad. En esos años impulsó un sistema de ayudas a los ancianos, fomentó el capital privado, y promovió la industria y el desarrollo inmobiliario mediante inversión pública y privada. Rehabilitó el centro histórico de la ciudad con las empresas del hombre más rico de México, el empresario Carlos Slim. “Fue uno de los alcaldes más célebres del mundo. Hizo alianzas con los grandes empresarios, como Emilio Azcárraga (Televisa), Carlos Slim (Grupo Carso) y Ricardo Salinas Pliego (Televisión Azteca) y con la Iglesia. La capital no se convirtió ni en Venezuela ni en Cuba ni en ninguna cosa por el estilo. Mantuvo su marcha progresista que comenzó con la llegada de Cuauhtémoc Cárdenas en 1997”, explica Alfredo Campos, director editorial del periódico mexicano Milenio. Los enemigos, en cambio, señalan que la herencia fue un gran deuda, corrupción entre los miembros de su equipo y falta de transparencia.

En 2006 se lanzó por primera vez a las presidenciales. Las encuestas le daban vencedor, pero finalmente perdió por un estrecho margen ante el derechista Felipe Calderón. Obrador clamó que le habían robado las elecciones y denunció un fraude monumental. Paralizó durante meses el centro de Ciudad de México con protestas de miles de seguidores. Para muchos lo que pasó sencillamente es que la campaña del miedo ante la llegada del “Chávez mexicano” había surtido efecto. Eso y que había cometido errores de bulto en la campaña. En 2012, tras sufrir la segunda derrota ante Enrique Peña Nieto (PRI) y cuando muchos le daban por muerto, decidió irse del PRD y fundar su propio partido, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena).

Uno de sus mayores opositores es el historiador Enrique Krauze, quien le ha definido como “el mesías tropical”, una “persona de naturaleza imperiosa e intolerante” y un enemigo del liberalismo que “podría poner fin al ensayo democrático mexicano”. José Agustín Ortiz Pinchetti, amigo de Obrador y autor de una reciente biografía sobre el personaje, asegura que “Andrés es un liberal, pero un liberal con conciencia social” que “no quiere debilitar ni destruir a la clase pudiente, a los empresarios”.

Roy Campos, presidente de Consulta Mitofsky, le define como “un luchador social más que como un político tradicional”. Apunta que “su pensamiento moral es muy conservador”. “No está peleado con los capitales, pero se preocupa más por que la riqueza se traduzca en bienestar”. El académico y escritor John Ackerman, ideólogo de AMLO, ve en Obrador “un hombre digno, un demócrata que ama a su pueblo y en absoluto alguien populista. Con Andrés Manuel va a haber una mayor separación de poderes. Él lleva décadas trabajando desde abajo y afuera y sabe lo que es la represión, la censura y la guerra sucia y el abuso del poder del Estado”.

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