Europa

Crisis económica

Fragmentación o reinvención

La Razón
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Todos los proyectos colectivos humanos atraviesan inevitablemente dorados periodos de plenitud y destructivos periodos de declive. Al igual que en la magnífica película de Woody Allen «Matchpoint», la pelota puede caer a un lado de la red o al otro: hacia la decadencia y desaparición, o hacia el relanzamiento y reinvención. La Unión Europea se encuentra en esa tesitura. Hay por lo menos tres escenarios posibles. 1. Decadencia y fragmentación ante las divisiones de los Estados miembros, el cortoplacismo de los líderes políticos y unas sociedades envejecidas, aquejadas por el miedo al otro, al cambio y a la globalización. 2. Una decadencia relativa, compensada en parte por una mayor integración, crecimiento económico y refuerzo de una política exterior que frene el declive geopolítico de Europa. 3. Una reinvención política de Europa que impulse decididamente la competitividad (económica, científica, cultural y social), devuelva la prosperidad y estabilidad internas, y nos permita capear la competición darwiniana actual, haciendo que los europeos sigamos contando.

Más allá de parches y acuerdos concretos, Europa necesita desesperadamente el tercer escenario: su reinvención. El proyecto europeo, como idea, está en fase terminal, en parte por su éxito, pero también por fundamentarse en dos ejes, paz y prosperidad, hoy casi agotados y muy cuestionados. La paz interna, aunque este año sea efeméride de la Gran Guerra, es necesaria pero no suficiente en el siglo XXI. A su vez, hoy por hoy avanzamos hacia la Europa de la desigualdad social, la pobreza y las divisiones entre Estados de primera –los del bienestar– y Estados de segunda –los del malestar social, conflictividad y generaciones perdidas–. Ése es un primer desafío clave: recuperar la Europa de la prosperidad, en vez de esta Europa insolidaria y de la «troika». Para ello, hacen falta profundas reformas internas y un dinamismo humano que Europa ha olvidado. Y legitimidad democrática. Pero tanto paz como prosperidad requieren además poder, o sea, capacidad para influir en el entorno internacional, donde, como decía Palmerston, no hay amigos, sino intereses. Éste es el segundo desafío: que los europeos puedan defender sus intereses en este mundo inestable, a través de las tres D –diplomacia, defensa y desarrollo–, influyendo en la toma de decisiones, en vez de que otros decidan por nosotros.

Europa necesita como agua de mayo una nueva narrativa o «raison d'etre» legitimadora, basada en estos tres ejes: paz, prosperidad y poder. No hay una opción perfecta, pero dos cosas son claras: que el «status quo» y la inercia no son futuro, y que jefes tribales como el eurófobo británico Nigel Farage (cuya visión del mundo se ve desde el prisma de una pinta de cerveza), la francesa Marine Le Pen (a quien parece que se le paró el reloj en Austerlitz), o los pseudonazis griegos de Amanecer Dorado, pueden ser anecdóticamente divertidos, pero buscan tirar por la borda los logros de generaciones anteriores, hipotecando nuestro futuro.

*Director adjunto de la oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR)