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La caída de Tillerson deja al general McMaster en la cuerda floja

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Tiempo de lectura 4 min.

15 de marzo de 2018. 02:48h

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15/3/2018

Rex W. Tillerson, el ya exsecretario de Estado, no será el último. Al menos eso opinan los innumerables y a menudo confundidos expertos en descifrar al siempre impredecible Donald Trump. Su apuesta, osada tratándose de alguien tan mercurial, se basa en algo tan prosaico como la lectura de una larga lista. La que conforman los nombres de los altos cargos que, en apenas un año, dimitieron o fueron despedidos.

Entre los candidatos más previsibles, el primero, y el más inminente, es el general H.R. McMaster. Consejero de Seguridad Nacional y uno de los militares más brillantes y cultos de su generación. Un verdadero heterodoxo, respetado por sus pares y héroe de la I guerra del Golfo. Llegó a la Casa Blanca con la tarea, casi utópica, de revivir la moral de un Consejo arrasado por las injerencias de elementos ajenos al establishment. Acosado por las ocurrencias de tipos como el vitriólico Steve Bannon. Afirma la CNN que entre los cadidatos a reemplazarle figuran John R. Bolton, embajador ante Naciones Unidas con George W. Bush, y el almirante Mike Rogers, director de la Agencia de Seguridad Nacional. Rodgers, por cierto, ya gozó de la confianza de Barack Obama, con el que dirigió la cyberseguridad nacional. También se especula con la posibilidad de que caiga el jefe de gabinete de la Casa Blanca, John F. Kelly. El general, jefe del Comando Sur con Obama, fue secretario de Seguridad Nacional con Trump antes de aterrizar a su actual puesto en Casa Blanca. Allí ha trabajado mal que bien en la tarea de erigirse como cortafuegos entre el presidente y la corte de los milagros de la que tanto gusta rodearse.

Antes la posible defenestración de Kelly y McCaster, y por supuesto de la muy sonada caída del que fuera presidente de Exxon Mobil, Tillerson, ya habían sido destituidos y/o renunciaron, cargos y nombres tan señeros como el director y el director adjunto del FBI, James Comey y Andrew McCabe; el ya citado Bannon, consejero del presidente y gran estratega del ideario populista que cimentó su candidatura; Sean Spicer, secretario de prensa de la Casa Blanca; Reince Priebus, jefe de personal de la Casa Blanca; la fiscal general en funciones, Sally Yates, y la tercera en el escalafón del departamento de Justicia, Rachel Brand; tres directores de comunicación de la Casa Blanca, a saber, Michael Dubke, Anthony Scaramucci y, la última, hace apenas una semana, Hope Hicks; Brenda Fitzgerald, directora del Centro para la Prevención y el Control de enfermedades; K.T. McFarland y Dina Powell, asesores adjuntos de Seguridad Nacional; Walter Shaub, director de la Oficina de Ética de la Administración; Tom Price, secretario de Salud; Michael Flynn, consejero de Seguridad Nacional... la lista sigue y sigue. Algunos cayeron por presuntas incompatibilidades en el cargo. Otros por el achicharrante contacto del Rusiagate. Otros tantos por incompatibilidades ideológicas con el presidente. A fin de cuentas los gobernantes crean equipos afines, ¿verdad? Un argumento sostenible en casos como el de Yates, que provenía de la anterior Casa Blanca. Pero menos veraz en el de tantos otros, que fueron nombrados y despedidos por Trump.

Dicen que Tillerson fue fulminado por el deseo del presidente, explicitado en varias ocasiones, de rodearse solo de los más fieles. De ser así, y dado que la buena marcha de la economía parece haberle blindado de las presiones que pudiera ejercer la nomenclatura republicana, cabe la posibilidad de que el proceso, lejos de frenarse, acelere. Se acercan momentos claves en política exterior. También en el ámbito doméstico. Para empezar la la entrevista con el presidente de Corea del Norte, Kim Jong-un. Y la posibilidad de cancelar el acuerdo nuclear con Irán, a lo que se oponían tanto Tillerson como McCaster. Las conversaciones comerciales con Canadá y México. O las consecuencias derivadas de la subida de aranceles a la importación del acero y el aluminio. Por otro lado en EEUU cae ya bajo la sombra de las elecciones al Congreso y el Senad del próximo otoño. Unos comicios decisivos: prorrogarán el poder de la actual mayoría o abrirán las compuertas a una hipotética derrota de Trump en las presidenciales de 2020. Sea como fuere el presidente parece decidido a reforzar su ya nutrida alineación de pretorianos. El tiempo dirá si aquella fidelidad exigida fue compatible con la réplica o si era apenas sinónimo de blanda adulación y acrítica balada para acunar a ególatras.

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