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La política del engaño

Tiempo de lectura 4 min.

22 de agosto de 2018. 12:58h

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LEOPOLDO LÓPEZ GIL.  22/8/2018

Cuando el engaño se convierte en política de Estado, ningún referente parece tener sentido; ésta es la triste realidad de una nación que en solo veinte años ha pasado de ser referente de riqueza regional a exponente de miseria universal. Un grupo de gerifaltes, que sin tener nada clara la carta de navegación por el mundo del desarrollo económico y la prosperidad social de un Estado de Bienestar, se encumbró en el poder utilizando de forma excelsa todos los instrumentos de engaño, comenzando por un inteligente uso de la nefasta nomenclatura oficial.
Se apoderaron de la palabra «socialismo» y, tras darle un barniz de modernidad, le agregaron el apellido del siglo XXI. También se apoderaron de forma abusiva del ilustre apellido del libertador, Bolívar, a quien han intentado enrolar en las filas de Karl Marx ignorando no solo su origen familiar sino también su verdadero ideario republicano, recordando solo su carácter dictatorial, que solo se entiende como necesario durante el conflicto bélico. Ahora, de nuevo, los malabaristas del lenguaje salen a intentar disfrazar con espejismos verbales una de las más crueles devaluaciones en la historia de la economía.
En solo veinte años del «socialismo del siglo XXI», la moneda venezolana ha perdido su valor en cien millones de unidades, ocho ceros. Es imposible asimilar y, peor aún, imposible de soportar; por ello casi tres millones de sus ciudadanos buscan desesperadamente emigrar a otro país donde puedan echar raíces y levantar su familia. Es la diáspora más grande hasta ahora conocida en nuestro continente.

La nueva maxidevaluación ha sido disfrazada con aderezos poco conocidos por quienes intentan hacer de la economía una ciencia y del sistema monetario algo controlable desde el Banco Central. El nuevo anclaje monetario del agonizante bolívar es un invento llamado «Petro», no como el santo sino como el demonio vudú. Éste basa su valor no en la labor ni el sudor del trabajo, sino en las reservas no explotadas del excremento del diablo, el petróleo. Ajustar un eventual deterioro en los precios del crudo implicará recoger el circulante o aumentar la inflación, que ya alcanza más del 200% mensual.
El tratamiento que le darán a la deuda interna, ya sin valor real, significa el empobrecimiento de banca y ahorradores. ¿Se reconocerá la deuda externa cifrada en más de 120.000 millones de dólares? ¿Cómo se puede pretender animar la economía subiendo los impuestos y reconociendo nuevas cargas para un Estado tan endeudado? Si hemos visto desfilar por las fronteras a tres millones de desesperados ciudadanos, ahora que les derrumban el presente, ¿cuántos más van a salir?
Venezuela necesita de un apoyo internacional que comience por llamar a las cosas por su verdadero nombre. No es una democracia, es una cleptocracia; no es una economía sino una vil expoliación social; no es una verdad, es un oprobioso engaño y, ante el desértico espejismo del oasis, su población requiere asistencia humanitaria ya.

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