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Si las gárgolas hablasen

Víctor Hugo la inmortalizó en «Nuestra Señora de París»; Baudelaire y Walter Benjamin deambularon por sus espacios. La memoria literaria europea también ha ardido.

  • Coronación de Napoleón en la catedral en 1804. La pintura es de Jacques-Louis David
    Coronación de Napoleón en la catedral en 1804. La pintura es de Jacques-Louis David

Tiempo de lectura 4 min.

16 de abril de 2019. 09:58h

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David Hdez.- de la Fuente.  16/4/2019

«Y la catedral no era solo su compañera, era el universo; mejor dicho, era la Naturaleza en sí misma. Él nunca soñó que había otros setos que las vidrieras en continua floración; otra sombra que la del follaje de piedra siempre en ciernes, lleno de pájaros en los matorrales de los capiteles sajones; otras montañas que las colosales torres de la iglesia; u otros océanos que París rugiendo bajo sus pies». El novelista Víctor Hugo, conmovido por la situación en que se encontraba este monumento en su e´poca, escribió «Nuestra Señora de París» (1831), una obra que en su momento alcanzó enorme popularidad y que, con el devenir del tiempo, se convirtió en un clásico de la literatura, el libro que agrandaba la dimensión mítica de este edificio, uno de los más queridos por los turistas que acuden a Francia. En estos momentos, mientras escribo estas líneas, arde la icónica Catedral de Nuestra Señora de París, «Notre Dame». A lo largo de la historia, pocas obras de arte han sido a su vez inmortalizadas por otras obras de arte con tanta frecuencia como esta catedral que ayer pudimos ver rodeada de llamas. Una admiración que atrajó la imaginación de los creadores desde que se erigió, de manera majestuosa, a la orilla del río Sena. Entre ellas, la inolvidable obra de Víctor Hugo, precisamente titulada «Nuestra Señora de París» y que encabeza estas líneas o, en artes plásticas, los retratos únicos que son la fotografía «La Estirge» de Charles Negre (853) que inmortaliza la célebre gárgola de la Catedral, diseñada por Viollet Le Duc en el siglo XIX, durante uno de sus procesos de restauración, en una simbiosis perfecta entre lo gótico y la ciudad moderna y que se había convertido en una de las referencias culturales de la ciuda. O, también, ese «El Sena y Notre-Dame de París» de Johan Barthold Jongkind, maestro entre otros de Monet, y fruto de «amor profundo por el París moderno», amor evocado con singular maestría por el novelista Emile Zola.

Los grandes incendios y destrucciones de símbolos icónicos de culturas o civilizaciones emblemáticas han sido lamentablemente una constante a lo largo de la historia. No hay más que recordar cómo las famosas maravillas del mundo antiguo fueron desapareciendo una tras otra, producto de diversas catástrofes hasta quedar tan solo la reliquia eterna de las pirámides de Egipto. Y ello por no ahondar en las destrucciones de patrimonio cultural más lamentables de la historia, desde la famosa biblioteca de Alejandría, que ardió y fue saqueada en diversas ocasiones entre el siglo primero antes de Cristo y el séptimo después, hasta llegar a parar en el calamitoso incendio del Museo de Sao Paulo, que más recientemente hizo estremecer a la comunidad internacional. Aún nos parece estar releyendo la triste historia del jorobado y de la gitana Esmeralda y del malvado Frollo, su persecutor. Había ya algo apocalíptico en esas páginas reveladoras de Víctor Hugo, en la gárgola de Viollet Le Duc, que acaso profetizaban el profundo significado de una posible catarsis colectiva en aquel sagrado lugar, escenario de la historia y de las páginas literarias acerca de la ciudad del Sena.

Edificado en el corazón de la vieja Lutecia, en el núcleo más arcaico, romano y tardoantiguo, de la Ciudad de las Luces, el significado cultural de la catedral de Notre Dame es difícil de subestimar por la mayoría de las personas, porque su presencia de piedra iba más allá de lo que es un monumento. Su presencia superaba la frontera de lo religioso y se extendía en la imaginación de las personas como un símbolo de lo que es Europa y de lo que representa en el mundo. No hay página de la literatura francesa que se refiera a París en el siglo XIX que no haya hecho transitar nuestra mirada de alguna manera por sus alrededores. Un ejemplo claro que se extiende también a otras literaturas europeas de tantos exiliados polacos, rusos, judíos, españoles y latinoamericanos que, buscando inspiración o intentando sacar adelante sus obras de arte, han pasado por París, foco cultural incuestionable de Occidente durante el largo siglo XIX y el luctuoso siglo XX. Solo evocaré, entre otros muchos nombres conocidos por todos, los paseos de Baudelaire, de Walter Benjamin o de Olivier Messiaen, poesía, pensamiento y música por aquel lugar insustituible del corazón de Europa para dar una idea de la catástrofe irreparable que puede suponer, para la memoria colectiva de la nuestra civilización, la destrucción de esta gran catedral parisina, aunque, al cierre de esta edición, los presagios parecen ser más positivos que a primera hora de la noche. No obstante, el inestimable daño que ha sufrido una obra de arte como es Notre Dame de París nos recuerda hasta aquello que parece destinado a permanecer a durar en la eternidad puede desaparecer en tan solo unas trágicas horas.

Historiador de la UCM

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