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Ana Boyer se casó vestida de Obregón

«“Miguel lo hubiera desaprobado”, denunciaban ante algo inesperado: toda la carne en el asador. Fue el tema recurrente tras la boda»

Los novios, tras el enlace en la isla de Mustique; a la izda., Julio José, el padrino, y a la dcha., Tamara Falcó
Los novios, tras el enlace en la isla de Mustique; a la izda., Julio José, el padrino, y a la dcha., Tamara Falcólarazon

«“Miguel lo hubiera desaprobado”, denunciaban ante algo inesperado: toda la carne en el asador. Fue el tema recurrente tras la boda».

Señalan que ese desatinado traje de «starlet» parecía ideado para Ana Obregón cuando podía enseñar. Y con eso ya lo dicen todo. «Tito Miguel lo hubiera desaprobado», denunciaban ante algo inesperado: toda la carne en el asador. Fue el tema recurrente de estos días y lograrán mantenerlo hiriente hasta pasado Reyes. Da para mucho. La boda de Ana Boyer con Fernando Verdasco es plato extra de la carnaza navideña. Un menú inesperado que van degustando según repasan lupa en mano la serie de despropósitos, anacronismos y desbarres lucidos por los contrayentes, que en todo momento aparecen cohibidos o acaso acobardados, conscientes de la pifia que no hace honor a ninguna de las firmas autoras del patinazo casamentero. Obvio sus nombres pensando en su trayectoria y porque, además, como paridores del estropicio, ya están en boca de todos. Incluso sé de alguna futura casadera que anuló el pedido hastiada de tanta floritura, aumentada con una capa desde los hombros casi conformando velo. Se disculpan con un «lo ha diseñado ella».

«Es lo nunca visto», se regodean malignos. ¿A quién se le ocurrió ese surtido de guipures para casarse en una improvisada choza, pequeña iglesia de bambú, a la que ofendía semejante alarde, nada que ver con el rústico entorno caribeño. Ni el pronunciado escotazo realzando hombros perfectos y enormes clavículas –eso sí– lástima de las axilas arrugadas fáciles de esconder con retoque– era para un acto religioso ni las mangas ceñidas por encima del hombro daban sensación de frescura. Un traje agobiante y aplastador, defecto aumentado por el fondo de palmeras, que para estilizarse y moverse con gracia no precisan nada mas que el viento.

Isabel Preysler, que tampoco iba muy allá, debió de bizquear ante lo que le iba poniendo a su hija, fruto único de su matrimonio con el tedioso ex ministro fallecido. Mejor que no haya podido verlo y conociendo qué prudente es el resto de su descendencia, seguro que hubo hasta nada fraternal cachondeo casero. Tamara Falcó también padecería lo suyo como supuesta estilista de esta recargada noche de verano, dueña de un estilo personalísimo muy «british». Lo de su hermanastra era propio de la Viena imperial, de la Rusia zarista o de las «soires» palaciegas de Mónaco, donde sí encajarían las bocamangas emplumadas de la madre y madrina, Olga Carmona. Chábeli Iglesias, ya una mujerona, fue plateada en rosas, tal si fuera actriz de la nueva «Dinastía», serie que es el actual «boom» de Netflix. Supera a la primera versión y hace alarde de buen gusto indumentario, aparte de tener situaciones muy distintas y menos dramáticas que en la precedente. Chábeli está físicamente rotunda, de ahí que haya dejado de salir en las revistas «de pago». Siempre tendió a ponerse rellenita, algo infrecuente en una familia «de flaquitos», que es como el ahora opacado papá Julio define a sus criaturas. Él sirvió de molde muy repetido y me duele cuando me cuentan de sus últimas actuaciones, donde casi no puede moverse.

En sus juveniles tiempos de «La vida sigue igual» tampoco era una sabandija, muy ágil al menos corporalmente, pese a que siempre tiraba de una pierna. Su hija mayor mantiene la sonrisa ambigua, como siempre a la defensiva. Es poco comprometedora. Un sí pero no, que aquel benéfico 13 de marzo de 1997 nos soltó en el primer «Tómbola», un histérico desahogo ya histórico: «¡No sois gente, sois gentuza!», y se largó del plató advertida por su manager, Ana Nemes, de que ya había cobrado los tres millones de pesetas, segundo pago de un contrato por siete. Hoy día son inimaginables esos caches televisivos. Los medios no superaron la crisis por más que glose y glorifique el Gobierno. Basta hablar con un taxista para que te cuente que, incluso en estas fechas pascuales, están haciendo un 30 por ciento menos de las carreras. Y los hoteles lamentan no haber cubierto las reservas de Nochevieja. Así todo. Un desastre distinto, pero imparable en este despelleje casi aplaudido. Les tenían ganas, aunque solo fuera como forma de jorobar a la siempre perfecta Isabel a la que tanto envidian.

Desde que está con Mario se han enmohecido un poco, lo hicieron notar ante el impecable traje de alpaca azul noche del Nobel, buen contraste al vapuleado tres piezas crema del tenista. No entiendo semejante zurra. Solo sobraba el chaleco. ¿A quién se le ocurre ponérselo en Moustique, que hace cuarenta años fue refugio descubierto por Margarita de Inglaterra, a 34 grados? La corbata era demasiado discreta. Pero muy de boda, eso sí. Ambiente y clima pedían otra cosa, quizá algo mas colorista y rompedor de Moschino, Kenzo, Calvin Klein –ya un clásico, clasicorro– o Ralph Lauren, de quien cualquiera de su colección alunarada hubiera quedado perfecta. El tenista no parecía él, fue como vestido por otros, sin la identidad rotunda que tiene sobre las pistas.

Julio José, de sonrisa eterna ya cansina, como petrificada en su perfección, al menos rompió con una corbata turquesa, al igual que uno de sus primos, Álvaro Castillejo, que vistió con el cuello desabotonado y pantalón blanco, lo propio que ya está inventado. Eran con Vargas Llosa los únicos que parecían de carne y hueso, no muñecones. Que no eran Los Jerónimos, sino la jungla, aunque lo creyeran en su unción.

Sobraron los encajes y los tules. Allí se imponía algo desenfado, juvenil, nada caluroso y con mucho colorido (aunque el «dress code» exigido –otra equivocación– imponía colores pastel para las mujeres), aleccionan desde la distancia sobre lo que pudo ser inolvidable en efectos y solo se recordará por sus defectos exageradores. Lo importante es que hablen.