Literatura

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El grito de la multitud

Notas, paseos y guiños literarios en la última novela-ensayo de Antonio Muñoz Molina, «Un andar solitario entre la gente»

El escritor Antonio Muñoz Molina
El escritor Antonio Muñoz Molinalarazon

Notas, paseos y guiños literarios en la última novela-ensayo de Antonio Muñoz Molina, «Un andar solitario entre la gente»

Había demasiado ruido en la vida del escritor Antonio Muñoz Molina. Se había quedado sin casa, la había vendido, y esperaba aún la nueva. Tampoco tenía su despacho para trabajar, su habitación donde crear y estaba en pleno proceso de adaptación después de haber sido vecino de Nueva York. La situación era contradictoria, desde luego, pero propicia para que cualquier creador comprendiera rápidamente que ahí había una historia, o al menos, un hilo del que tirar para desenrollar el lío. Los jugadores le llaman a eso una buena mano, los estafadores un filón y los creadores un momento de crisis. Daba igual, porque tenía un cuaderno, un lápiz y la curiosidad intacta para ir tomando retazos de la realidad. Pequeñas pildoritas de pocos segundos a las que en principio no les dio ninguna importancia. Cosas menores y ordinarias. Las iba apuntando, registrando, de vez en cuando se pasmaba ante un escaparate viendo un spot publicitario que le llamaba la atención. Desde el otro lado del cristal, en un pequeño monitor, unas letras prometían la felicidad, el cielo sin demasiado esfuerzo, la dicha convenida tras un pequeño pago a plazos. Es decir, la publicidad hacía de las suyas pero esta vez sin éxito porque el escritor sabía que detrás de esas sonoras palabras no había nada. Era una mercancía más, en este caso se trataba del bienestar de los hombres. El sortilegio no causó efecto y en plena ceremonia un ejecutivo de la compañía decidió que sería más conveniente para sus intereses cortar el flujo eléctrico del monitor que mantener un show ante un público incrédulo. «Ahora te jodes», pensó el autor que dijo para el otro.

«Me fui dejando llevar», confesaría más tarde el novelista-acumulador, que ya tenía varias libretas rellenas y algunas carpetas que guardaban recortes de periódicos, portadas de revistas, papelitos con frases de anuncios radiofónicos y de más literatura efímera y discordante como los consejos de los horóscopos. Puentes e incidencias que le llevarían a otra realidad ulterior, a otros mundos paralelos en los que sí, o no, lograr la plenitud. «Vive tu día sin límites», «Ahora necesitas aprenderlo todo», «Eres mucho más de lo que todos esperan». Mandamientos de una sociedad consumista, plagada de templos destinados al nuevo dios occidental que se transforma, como los avatares de Krishna, en los eslabones de una cadena que cada día necesita de más esclavos. Éxito, felicidad, sexo, victoria, seguridad, las palabras mágicas resonaban en su cabeza. «Me fijé en la cacofonía de la ciudad, en los mensajes que te lanzan».

El paraíso ya hacía mucho que era la urbe, el hombre había sido expulsado del edén rural y debía ganarse la vida en el laberinto de asfalto, cemento y acero. Por sus calles sonaba atronadora la promesa de lo que nunca se alcanzará. «Me di cuenta de que todas esas voces, en realidad sólo eran una». Llegó un momento en el que advirtió que tenía que hilvanar todos los despojos ajenos que había recopilado. Llegaba el momento de plasmar aquello, aunque en realidad la fusión había comenzado más atrás cuando a raíz de cada uno de esos estímulos escribía un breve texto posterior. En algunos casos no tenían mucho que ver con la línea de la que nacía, en otras, sí, simplemente las desarrollaba de una forma intrínseca gracias a esta nueva oficina virtual donde registraba todo. Era una vez más el placer del viaje, la alegría de hacer las cosas por el hecho mismo de que se lleven a cabo. «La tarea está completa en cada momento y se basta a sí misma, no parece que vaya en ninguna dirección y por eso cualquier azar que entorpecería su trabajo a ella la beneficia».

Ese divagar constante en la soledad de los otros se convertiría en un extraño volumen a medio camino entre la novela, el ensayo y el monólogo interior. Un largo paseo cargado de alegría, a veces decepción, otras denuncia, el tránsito a ratos ingratos al que se unen, como homenaje, algunos de los escritores que hicieron de la vivencia en la ciudad su objeto literario. Aparecen en este volumen raro Edgar Allan Poe, Walter Benjamin, James Joyce, Federico García Lorca, Herman Melville o Thomas de Quincey. Como ellos también trató de ver qué se escondía detrás del espejo, dónde se refugiaban las ballenas, buscar lo nuevo para darle otra oportunidad a la vida, a lo que parece que no tiene importancia, a lo infraordinario y a la rutina, que es donde se esconde la trascendencia. Una tras otra, las piezas fueron encajando, otorgando a la totalidad un sentido desde el caos, la oportunidad y la falta de trabas para añadir experiencias. «La literatura es el reino de la libertad».

Sobre este trabajo sobrevuela constantemente «Libro del desasosiego». No para de asomarse, lo hace desde la propia portada, Fernando Pessoa o su heterónimo, Bernardo Soares. Escribe el portugués en ese libro, que no es más que otra recopilación de pequeños fragmentos, citas, textos breves y reflexiones filosóficas cortas, mucho de esta experiencia recopilatoria. «He vivido, durante unas horas incógnitas, momentos sucesivos sin relación, en el paseo en que he ido, de noche, a la orilla solitaria del mar», confiesa el portugués.

«Un andar solitario entre la gente» (Seix Barral), fue el título que le puso finalmente a esta acumulación heterogénea cargada de reminiscencias, paseos urbanos, reflexiones fugaces y profundas cargas literarias. Porque en este caminar, tan habitual en la experiencia creativa, se presentan estaciones y pasajes que, como caminos ocultos, alcanzan a otros ámbitos en los que habita el jazz, la pintura, la arquitectura o simplemente personajes anónimos como la mendiga Janis. El caos terminó siendo libro por su propio peso. «La misma sucesión de la vida le fue dando cierto orden. Es un libro abierto en el que he dejado alguna cosa fuera». Para leerlo, se pueden elegir diversas formas pero se exige cierta desnudez de prejuicios y hacerlo desde la conciencia de la libertad y sus exigencias para que la sorpresa alcance al lector. Necesita ajustarse al concepto de apertura estética. «No hay que tener la idea de que las cosas son matemáticas o perfectas». Es decir, no hay que elegir entre pasear por el camino de Swan o por el de Guermantes. Se pueden recorrer ambos, a la inversa o cruzar de uno a otro. Ésa es la gracia que tiene dar un paso detrás de otro, leer unas páginas, volver atrás y reflexionar, poner la música que suena en un párrafo, soltar el libro, cerrar los ojos.