MENÚ
lunes 22 julio 2019
07:33
Actualizado

Tres días de diciembre con diferentes lecturas: 3, 4 y 6

Tiempo de lectura 4 min.

03 de diciembre de 2017. 21:02h

Comentada
4/12/2017

El 3 de diciembre de 2015 se reunió el Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE), máximo órgano ejecutivo del gran rector de la política monetaria europea conjuntamente con el Sistema Europeo de Bancos Centrales. A comienzos del mismo año, en el mes de marzo, el BCE decidió imitar a su homólogo estadounidense, la Reserva Federal, poniendo en marcha el mecanismo de las «Quantitative easing» (QE) o programas de compra masiva de deuda para reactivar la economía europea y evitar la temida deflación o bajada generalizada de precios. Aunque la medida –excepcional por su propia naturaleza– nació con una esperanza de vida de no más de tres meses, aquel 3 de diciembre, el director del BCE anunció que se prolongaría hasta 2017. Añadió que a partir de ese día se compraría no sólo deuda pública de los estados soberanos sino también la emitida por los gobiernos regionales y locales. Encima de la mesa había 60.000 millones de euros para gastar cada mes y que subieron a 80.000 en marzo de 2016.

El mismo día de aquel mes de diciembre, Mario Draghi –director del BCE– anunció otras dos medidas relevantes. La primera que penalizaba a los bancos con dinero de sobra pero que no lo prestaban a familias y empresas. Para ello fijó en el -0.3 % la «multa» que cobraba a los bancos que depositaban sus excedentes de liquidez diarios en el BCE como señal para que lo utilizasen en forma de préstamos a la economía privada. La otra media es que cada vez que venciese un título de deuda previamente comprado por el BCE a través de su programa de compras al sector público (Public Sector Purchase Programme) reinvertiría la cantidad en nueva compra de deuda pública. Es posible que en 2018 veamos la retirada de este tipo de medidas no convencionales de expansión monetaria («tapering» por su nombre en inglés). Los expertos abonan la teoría que el programa de compras masivas se limitará a 40.000 millones de euros al mes y hasta es posible que, siguiendo la estela de la Reserva Federal, el BCE comience a subir los tipos de interés. De lo que no cabe duda es que aquel 3 de diciembre de 2015, Draghi, dejó bien claro que las medidas de expansión monetaria heterodoxas (la QE, la LTRO y la Tltro) no tenían ninguna prisa en desaparecer de la agenda del gran banco central europeo.

El próximo 6 de diciembre la Comisión Europea propondrá convertir el Mecanismo de rescate europeo (Mede) en un fondo de estabilización permanente. En definitiva se va a crear la versión europea del Fondo Monetario Internacional con medio billón de euros como cantidad movilizable de forma inmediata e incluso ampliable hasta un 20%. En caso de reeditarse crisis de deuda soberana como las que azotaron a Grecia, Portugal, Irlanda o Chipre, el nuevo Fondo rescatará países a cambio de ajustes, actuando como cortafuegos para cerrar bancos y completar así la unión bancaria.

En mitad de estas dos fechas, los medios de comunicación públicos andaluces han otorgado a la fecha del 4 de diciembre una proyección desconocida. Una fecha eclipsada por el 28 de febrero y hasta ahora sólo reivindicada por el testimonial nacionalismo andaluz. Se pretende azuzar un identitarismo de manual al que acompaña todo un despliegue mediático orientado a elevar a la categoría de mito la figura del joven Manuel José García Caparrós, muerto en la manifestación celebrada en Málaga el 4 de diciembre de 1977. Pese al empeño que los guionistas oficiales de la reivindicación del 4D en que el identitarismo andaluz no genera odio como aquellos otros que sostienen el desafío a la Nación Española, a nadie se le escapa que detrás de esto no hay más que una –a mi juicio– equivocada forma de equilibrar las demandas catalanas y vascas. Una forma que no hace otra cosa que emular el café para todos que llevó a García de Enterría a desarrollar el Título VIII de la Constitución por unos derroteros que jamás dieron por satisfechos a los «particularismos» pues su propia esencia nos hace insaciables.

Después de décadas limitado al microscópico secesionismo andaluz, la reivindicación oficial y con dinero público del 4D parece diseñada para que la vean en Bruselas, pero no los mismos que dos días después van a impulsar el FMI de la Unión Europea, sino para que la vea Puigdemont y el resto de ex consejeros huidos. El identitarismo difícilmente escapa de la tentación supremacista. El andaluz tampoco.

* Profesor de la Universidad de Sevilla y de la Universidad Autónoma de Chile

Últimas noticias