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Cuando el arte es todo un ¡booom!

La Fundació Vila Casa recupera la figura del gran artista conceptual

  • Jaume Xifra en alguna de sus acciones ceremoniales de los años 60
    Jaume Xifra en alguna de sus acciones ceremoniales de los años 60 /

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Barcelona.

Tiempo de lectura 4 min.

09 de junio de 2019. 21:10h

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Carlos Sala.  Barcelona. 9/6/2019

Enric salió a la calle con una batuta y en el primer semáforo, la blandió, la blandió como si del mismísimo Von Karajan se tratara. Dos pájaros, cuervecillos de pico corvo y amarillo que parecían surgidos de todos los cuentos, se detuvieron al instante, mirando a aquel hombre medio hipnotizados por sus aspavientos. Enric los mandó dar vueltas y vueltas y revolucionar las migraciones. Lo hicieron, 8.000 pájaros se perdieron y empezaron a dar vueltas, hasta que bajaron a la calle Le Pigalle y preguntaron a un señor mayor si sabía donde caía Montmatre. «Montmatre nunca caerá», dijo el viejo y recordó cuando agarró su fusil y desde el punto más alto de las barricadas, se cayó y se rompió una ceja.

El aire empezó a enredarse y sonó un trueno como si el viaje de Sigfrido por el Rhin hubiese salido muy mal. Los cuervos graznaron, unos perros ladraron y un policía erupto. Eric movió la batuta como diciendo, «más fuerte», y el policía obedeció, fue muy desagradable. En ese momento, una madre le dijo a su niño pequeño, «¡no se coje nada del suelo!» y un chico joven con los ojos llorosos gritó, «Amaia, Amaia, espera». Amaia no esperó y el niño cogió un papel de un chupa chups y se lo guardó en el bolsillo. «¡No me has oído!», exclamó su madre y Enric blandió la batuta para que la oyese, para que la oyese hasta arrepentirse de no haberlo hecho antes. Los cuervos graznaron, los perros ladraron y una chica empezó a cantar, «¡malamente, malamente!», hasta que Enric hizo «no no», con la batuta y la chica, pues se calló.

El tercer movimiento empezó con unas piedras que se cayeron del alfeizar de la ventana de un séptimo piso y destrozaron una mesa de la terraza del bistrot Saint Laurent. «¿Has visto eso?», preguntó Jaume Xifra a su amigo Bernat Rosell y Enric movió la batuta para que lo hubiese visto y entonces lo recordó, lo vió claro, y dijo, «sí, sí, lo ve visto» y aplaudió a rabiar como si fueran los platillos del final de la pieza. Y lo iba a ser, pero Jaume Xifra empujó a Enric a la alcantarillo y le robó la batuta diciendo «¡ahora es mi turno, esto va a ser toda una obra de arte!».

La obra de Xifra (Salt 1934-París 2014) es una absoluta maravilla lúdica, lírica y sardónica, a medio camino de la crítica social y la pura fascinación. Cercano a los postulados conceptuales, pero más abierto al mensaje directo, sin derivas espesas o intelectuales, cultivó las acciones artísticas en plena calle para derrumbar cualquier coordenada de mal entendida decencia y claudicación al mundo burgués y de consumo. En París se hizo un nombre, que luego borró y volvió a pintar cuantas veces le dio la gana, siempre bien acompañado de otros catalanes exiliados en la capital francesa como Benet Rosell, Antoni Miralda, Joan Rabascall o Dorothee Selz.

Cine, fotografía, performance, pintura, su actividad tenía múltiples tentáculos. Él mismo era un gran aspaviento, con movimientos muy expansivos de sus extremidades que demostraban su talante inquieto e inquisidor hacia todo lo que le rodeaba. Por ello, al mismo tiempo que criticaba con sus obras y sus acciones a la sociedad que le tocó vivir, también sublimaba el mal a partir de una risa poética o un absurdo ancestral que le dejba ver con claridad la estupidez detrás de cualquier dogma de control.

Quien quiera saber más de este catalán universal no se puede perder ahora la exposición «Jaume Xifra: Home, natura, realitat», que acoge hasta el próximo 28 de julio la Fundació Vila Casas. Comisariada por Pilar Parcerisas, que conoció bien al artista en los últimos años de su vida, la muestra se adentra en el corazón mismo de la obra de un artista que no dejó de indagar en las posibilidades de los medios de representación desde principios de los años 60, cuando se instaló definitivamente en París, hasta su muerte en su casa de París que se había convertido en una especie de refugio de lo maravilloso e insólito.

Dividida en ocho ámbitos, la exposición radiografía sus primeros dibujos en 1961 y acaba con un monográfico sobre el Scanning, su proceso tecnológico patentado para revolucionar el retrato. Entre medio, sus obras críticas contra las dictaduras, sus obras con spray sobre vinilo para cargar contra la sociedad de consumo y la superficialidad, su fascinación por la iconografía sagrada y religiosa y cómo vaciarla de significado, y, sobre todo, el registro documental de sus grandes acciones ceremoniales, a veces solo, a veces acompañado por otros iconos del arte catalán de la segunda mitad del siglo XX como Rosell, Miralda, Rabascall, incluso Brossa, con el que le unía una fuerte amistad. En definitiva, una oportunidad única de blandir la batuta y lograr que el mundo responda.

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