Grupo de jesuitas en los años 30
Grupo de jesuitas en los años 30La Razón

Los jesuitas y la Guerra Civil

Durante la contienda, fueron asesinados en total en Cataluña 36 jesuitas

Como escribió George Bernard Shaw de la guerra mundial: «Un cristiano no puede rezar por la victoria, sólo puede rezar por la paz». Los jesuitas rezaron durante años por la paz. Al iniciarse la II República fueron expulsados de España. Los que decidieron quedarse vivieron en constante peligro, pues era una orden prohibida. Formaron sus comunidades y se dedicaron a la enseñanza en diferentes academias.

Cuando estalló la Guerra Civil tuvieron que ir abandonando sus domicilios y refugiarse en cualquier sitio. Muchos jesuitas fueron asesinados. En total fueron asesinados en toda Cataluña 36 jesuitas. A lo largo de varias semanas daremos a conocer el testimonio de dos jesuitas que se salvaron de ser asesinados. Son sólo dos ejemplos, pero representativos de lo que sufrió esta orden religiosa durante la guerra civil. El P. Moisés Vigo, director de la residencia de estudiantes Casal d’Amics cuenta así su experiencia:

«El miércoles de la primera semana de la Revolución, a las once de la mañana, se presentaron de 25 a 30 individuos armados, y cercaron nuestra casa… Había dos individuos de cada una de las facciones políticas: dos de la FAI, dos de la CNT, dos de la UGT, de Izquierda Republicana, de “Estat Català”, de Policía secreta, carabineros, etc. El personal de la casa constaba entonces del P. Berdún, P. Vigo (el P. Accensi estaba haciendo Ejercicios en Manresa), de ocho jóvenes que preparaban el ingreso universitario, de un sobrino mío y del Hermano García Bonifacio, que en aquellos momentos acababa de llegar, un criado y la cocinera con dos sobrinitas suyas.

Nos intimaron la rendición con los fusiles encarados -omito pormenores-, nos acusaron de falangistas, nos llevaron a todos a la acera de enfrente de nuestra casa, mientras la saqueaban, y luego nos echaron a todos en un camión y nos llevaron a la comisaría de Gracia, en donde hallamos un excelente comisario que nos dio libertad a las once de la noche».

Grupo de jesuitas en tiempos de la Guerra Civil
Grupo de jesuitas en tiempos de la Guerra CivilLa Razón

Al P. Alfonso Maria Thió el inicio de la Guerra Civil le cogió impartiendo ejercicios espirituales en L’Ametlla del Vallès (Vallès Oriental). Primero se escondió en los bosques de alrededor, mientras cada día Jaime, el hortelano de la casa, le llevaba alimentos y noticias. Regresó a Barcelona y, el 29 de septiembre de 1936 ingresó en la cárcel Modelo. De aquellos primeros días escribió:

«Los vecinos de Ametlla son buena gente. En el pueblo nadie quería quemar ni profanar la iglesia; pero los emisarios de los sindicatos de Barcelona no se hicieron esperar: un pueblo sin la correspondiente columna de humo llamaba demasiado la atención. El martes, por la tarde, uno de los muchos autos que -pintarrajeados con las inscripciones entonces triunfantes FAI y CNT- corrían frenéticos por las carreteras vecinas, emprendieron la subida hacia el pueblo. Rápidamente se extendió por é la voz temida: Vienen a quemar la iglesia.

El Casal se halla detrás de la parroquia, lindante con ella, y en las afueras; temiendo que, después de la iglesia, viniesen al Casal, cogí rápidamente el Santísimo y, por la parte del monte, escapé con el precioso tesoro en el pecho.

Tenía conmigo a Jesucristo, oculto y como dormido bajo las especies sacramentales; no se me ocurrió decirle: Despierta y sálvanos, que pereceremos. Me hizo la gracia de darme a entender con clara luz el sentido de aquellas palabras: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuese de este mundo, mis ministros lucharían para defender mis intereses; pro mi reino no es de este mundo”. Era llegada la hora de la pasión, y fervientemente le pedía la gracia necesaria para no desertar.

Comenzaba a obscurecer cuando vi salir de la plaza del pueblo las primeras ráfagas de humo entre resplandores siniestros. Al amparo de la oscuridad salí de mi escondite y me fui acercando al pueblo. Sin encontrar a nadie, llegué hasta un extremo de la misma plaza. ¡Qué triste espectáculo el que se ofreció a mi vista!

En revuelto montón ardían imágenes decapitadas, confesionarios, desvencijados, bancos, libros, ornamentos sagrados. Algunos vecinos del pueblo contemplaban silenciosos el espectáculo. En unos rostros se veía la consternación, en pocos la satisfacción, en muchos la indiferencia: como si pensasen que, después de todo, para lo que servía todo aquello, no se perdía gran cosa… Consternado, me fui a casa.

Confieso que, al ver a aquellos hombres -muchos de ellos vestidos con sólo pantalón y camiseta, pero todos bien armados y con cara de pocos amigos- cruzó como un destello por mí imaginación la imagen de mi cadáver cosido a balazos y tendido junto a uno de los ribazos vecinos.

Era lógico suponer que venían informados de quién era yo, pues todo el pueblo me conocía y sabía que estaba dando ejercicios. No me hacía ilusiones de lo que me esperaba. En aquella ocasión y en otras muchas de aquellos tiempos fue para mí un gran consuelo pensar que Jesucristo sintió tedio y pavor ante la pasión.

- Buenos días.

- ¿Qué hace usted aquí?, me preguntó el más joven.

- Espero que se reestablezca el servicio de tren para trasladarme a Barcelona.

- ¿Desde cuándo está aquí?

- Desde el viernes día 17.

- ¿A qué vino a esta casa?

- A visitar a mí prima y darme unos días de descanso.

- ¿Dónde vive usted en Barcelona?

- Desde hace un año vivo en el mismo colegio en que estoy empleado.

- ¿En qué colegio?

-Academia Ramón Llull.

Registraron la casa […] Al salir me dijeron que quedaba libre, que permaneciese en la casa tres o cuatro días, pasados los cuales podría trasladarme a Barcelona».

Saqueo de una Iglesia al comienzo de la Guerra Civil por milicianos
Saqueo de una Iglesia al comienzo de la Guerra Civil por milicianosLa Razón

De su paso por los bosques de L’Ametlla del Vallès nos dejó estas reflexiones:

Era evidente que la nueva sociedad que surgía en aquellos días rechazaba de una manera rotunda y decidida a Jesucristo y a sus ministros. Me preguntaba yo: ¿rechazan a los ministros por causa de Jesús, o rechazan a Jesús por causa de sus ministros? La primera hipótesis es muy halagadora, pero la segunda es también posible, y en el rechazarla de plano ¿no habría nada de fariseísmo? Las palabras de aquel jefe de patrulla no se apartaban de mi memoria: ¡Tan bueno como eras tú! (referidas a Jesucristo) … ¿Hemos sido los sacerdotes y religiosos españoles luz de nuestro pueblo?... ¿No habremos vivido alegremente porque teníamos suficiente movimiento en nuestras iglesias… sin tener en cuenta las continuas decepciones que se iban produciendo en nuestro campo?».

Decidió ir a La Garriga para tomar el tren dirección Barcelona. Se escondió en casa de unos familiares, pero al ver que no estaría seguro, decidió refugiarse en otra casa. Fue descubierto el 19 de septiembre de 1936. Estuvo diez días en la Jefatura de Policía de Vía Layetana. Pasado este tiempo lo trasladaron a la cárcel Modelo. El 20 de agosto de 1937 salió de la Modelo y, como escribe el Padre Batllori:

«Hasta el 29 de marzo del 38 cayó en las temibles manos del SIM: tres días le tuvieron en aquella checa cercana a la calle de Muntaner, siendo él el único entre sus compañeros, que no fue sometido a la horrenda tortura de la silla eléctrica: luego le zarandearon de Vallmajor al Uruguay, y de aquí al Pueblo Español y la Palacio de Misiones: condenado a trabajos forzados, cada día lo llevaban, en camiones a Sarriá. Así hubo que vivir hasta mediado de septiembre, en que fue puesto de nuevo en libertad».

Incendio de una casa de jesuitas durante la II República
Incendio de una casa de jesuitas durante la II RepúblicaLa Razón