Cultura

La última utilización política de José Antonio, cuyos restos volverán a cambiarán de lugar de reposo

Primo de Rivera fue un brillante parlamentario que, pese a su formación británica, no creía en el Parlamento

José Antonio Primo de Rivera en una imagen de archivo
José Antonio Primo de Rivera en una imagen de archivo

“La aspiración a una vida democrática, libre y apacible será siempre el punto de mira de la ciencia política, por encima de toda moda”. Quien así se manifestaba en enero de 1931, aseguraba dos años después que “el ser rotas es el más noble destino de todas las urnas”. En el lapso de tiempo que transcurre desde el primer discurso, pronunciado en los locales de la Unión Patriótica, al considerado mitin fundacional de Falange Española, celebrado el 29 de octubre de 1933, se produce el giro de opinión de José Antonio Primo de Rivera hacia el parlamentarismo. Y ni siquiera se le había elegido aún diputado. Como atractiva figura prematuramente desaparecida, de cuyo magnetismo no escapaban ni siquiera sus propios adversarios, José Antonio motivará luego reacciones encontradas. La extrema derecha acudirá a sus textos para rechazar la democracia. Los falangistas más avanzados, luego simplemente “azules”, espigarán sus citas para justificar la apertura política del último franquismo. Uno de ellos, Gabriel Cisneros, se convertirá en padre de la Constitución.

José Antonio fue un brillante parlamentario que, pese a su formación británica, no creía en el Parlamento. Pero es necesario explicar al personaje en su contexto, el de una monarquía alfonsina agotada y una Segunda República que tuvo poco de arcádica.

La juventud de José Antonio transcurre durante la Dictadura de su padre, pero ajena a la política. Dedicado al ejercicio de la abogacía, apenas participa en algún acto literario para aproximar al general Primo de Rivera a la cultura. La Dictadura cae en enero de 1930 y el dictador muere poco después en el exilio. José Antonio inicia entonces la defensa de la memoria de su padre. Es el arranque de su carrera política. Ingresa en la Unión Monárquica Nacional con un solo motivo: defender el buen nombre del difunto dictador. Pronto abandonará el partido.

José Antonio recibe la República casi con la misma indiferencia con que despide a la monarquía y presenta su primera candidatura a Cortes aprovechando una vacante en las constituyentes en septiembre de 1931. Se presenta como independiente para defender la obra paterna. Lo revela su lema de campaña: “Por una sagrada memoria. Hay que oír a los acusados”. Derrotado en las urnas, defiende al anciano ex titular de Justicia, Galo Ponte, ante el Tribunal de Responsabilidades Políticas que enjuicia a la Dictadura. Poco después, elige a sus dos más estrechos colaboradores: Alfonso García Valdecasas, joven catedrático de la Agrupación al Servicio de la República, y Julio Ruiz de Alda, héroe del primer vuelo transatlántico.

Con ellos dos protagoniza el 29 de octubre de 1933 el acto del Teatro de la Comedia, considerado fundacional del movimiento falangista. Primo de Rivera, candidato “independiente” a Cortes por Cádiz, denuncia en aquel momento el Estado liberal, que canta derechos individuales en casa de los famélicos. Censura el liberalismo ideológico y su tiranía de las mayorías, que ocasiona “la pérdida de la unidad espiritual de los pueblos”. Poco después nacerá Falange Española.

En el invierno de 1933-34 José Antonio accedió por vez primera al Parlamento tras los primeros comicios en los que votó la mujer en España. Allí se sabía solo, porque el otro diputado falangista, el marqués de la Eliseda, no era otra cosa que un monárquico alfonsino fascistizado. Recalcando su independencia, el hijo del dictador se negó a integrarse en ninguna minoría derechista. No fue elegido en ninguna comisión parlamentaria y sus intervenciones se limitaron a los debates en el Pleno.

“Físicamente arrogante, de traza airosa, porte distinguido, andar resuelto y una mirada azul que le confería cierto aire nórdico y deportivo” (la descripción es de Areilza), Primo de Rivera disponía del “phisique du role” y el talento oratorio adecuados para sobresalir en la vida parlamentaria. Sin embargo, creía la verdad un “concepto permanente de razón” que no podía resultar de una votación mayoritaria; y se burlaba con sarcasmo de una institución cuya atmósfera consideraba “turbia, cansada, como de taberna al final de una noche crapulosa”.

Como parlamentario debutó a finales de 1933, dando la réplica a Gil Robles. Unos días antes se había realizado la elección del presidente de las Cortes y José Antonio había votado, mostrandoostentosamente su papeleta, por Santiago Alba, candidato del Gobierno y viejo político liberal perseguido por la Dictadura de su padre.

Gracias a Dionisio Ridruejo, sabemos de la opinión de nuestro protagonista sobre otros parlamentarios. Admiraba a Sánchez Román por su dominio de la técnica jurídica y sentía más admiración que simpatía por Manuel Azaña. Tenía poca simpatía y bastante admiración por las dotes de arrogancia expresiva de Gil Robles. Admiraba y simpatizaba con Prieto, lo que no le impidió saltar tres filas de escaños dispuesto a golpear al socialista que había lanzado graves acusaciones contra su difunto padre.

En un mitin celebrado en febrero de 1934, José Antonio señaló: “Yo, entre otros defectos, acaso el mayor, tengo el defecto de ser diputado”. Como “enemigo del parlamentarismo”, estimaba que el legislativo era una casa “para lucirnos solamente y para pasarlo bien los que estamos dentro de ella”. Fuera del parlamento, la violencia izquierdista ya se cebaba con los jóvenes falangistas mientras su líder evitaba, por el momento, responder a la violencia. Es así que “Abc” dudaba del “fascismo” de un partido “de franciscanos”.

El 13 de febrero de 1934, Primo de Rivera, por la Falange, y Ramiro Ledesma, por las JONS, rubricaban un acuerdo de fusión y nacía Falange Española de las JONS. Se potenciaba desde entonces el proyecto social de carácter nacionalsindicalista, antiburgués y revolucionario del grupo. El camino antiparlamentario ya no tenía vuelta atrás.

En noviembre, tras una larga etapa de silencio, el diputado Primo de Rivera intervenía ante el pleno de las Cortes en defensa de la legalidad de su partido. Un año después lo haría para denunciar los crímenes cometidos contra los falangistas. Ese mes de noviembre de 1935, y ante las nuevas elecciones, se confesaba públicamente un candidato “sin fe y sin respeto”, aun cuando ello le ocasionara perder todos los votos.

En el discurso de clausura del Segundo Consejo Nacional de Falange, José Antonio denunció la apelación al miedo del Frente Nacional -”A una fe tiene que oponerse otra fe”- y se refirió a un Azaña dotado de “unas nada comunes dotes de político, con gran desdén para el aplauso, y una privilegiada dicción dialéctica”, pero incapaz de detener la dictadura del proletariado que preparaba la facción caballerista del PSOE. Su discurso, basado en el desmontaje del capitalismo rural, financiero e industrial, fue de los mejor elaborados de su carrera política. No obstante, apenas halló eco en una prensa casi mayoritariamente hostil.

Las elecciones de febrero de 1936 dieron el triunfo al Frente Popular y demostraron la marginalidad de la Falange. José Antonio perdía el acta de diputado con un proceso por tenencia ilícita de armas pendiente en el Supremo. Poco después era encarcelado en la Modelo y se sucedería la cadena de juicios hasta su condena a muerte y posterior fusilamiento en Alicante. Había estallado ya la Guerra Civil y de nada sirvieron sus últimas tentativas de un gobierno de concentración y concordia. El ex diputado sin fe en el parlamento lo había bosquejado entre rejas.