Opinión

De pueblo

Mañana lunes cerramos la Feria de Albacete y permítanme decirles que no solo los valencianos lloran cuando se queman las fallas. Mañana me acordaré con lagrimón de todos esos años en los que subí a ver a la Virgen de Los Llanos para darle un besico. Como dijo Pemán, los de Albacete queremos tanto a la Feria que le hemos puesto hasta un piso a la señora. A la Llanetes la colocamos en el recinto ferial para que vea lo bien que lo pasamos tomando vino dulce con un barquillo, una mazorca asada con sal, un pollo con sidra, y para que nos mire mientras los chiquillos suben en el «Canguro» a echar la pota del bocadillo de guarra y nosotros esperamos que en la tómbola de la Caridad esta vez nos salga la papeleta del osaco y no la de la lata de aceitunas con anchoa. Y que no tiene anchoa, coño. Todo eso hacemos mientras acudimos a una suerte de peregrinación a la Meca manchega, con un traje regional que es un infierno, que no favorece ni aunque te corten las caderas con un hacha, con unos moñetes que no hay manera de que queden favorecedores ni siendo una top model de veinticinco años.

Vamos a pisar cabezas de gamba, vamos a beber litronas a tres euros cincuenta y, seguramente, acabemos en la tómbola de nuevo, echando unos euros para llevarle a la madre un cactus con orejitas, uno que te dijo que vio por la tarde mientras se sentaba en Los Jardinillos a mirar a los forasteros pasar por delante encalomándose unos churros. Todo eso pasa en mi Feria que acaba mañana y en la que todo es popular, barato, y profundamente trasversal. Hay lugares que te igualan y en los que es indiferente tener más o menos dinero. Esa es la Feria de Albacete. Larga vida feliz y próspera a mi bendito pueblo manchego.