Hay pocas veces en las que te emocione el cine. Vamos al cine, sí, pero muchas veces no nos gusta la peli o nos parece directamente una mierda. Con el teatro las sensaciones son distintas. No creo que nadie salga igual que entró. El teatro es diferente. El teatro es como una consulta médica. De ella sales tocado, impresionado, o directamente sales sentenciado. Es algo así el teatro. El teatro que hace José María Pou es de esos. De esos que te matan. Lo que hace Pou en la obra de Moby Dick es de tener que tumbarte cuando llegas a casa. Lo que hace Pou es perturbarte. Cuando le vi en «La cabra» me retiré a mis aposentos durante horas porque me resultaba imposible seguir con mi vida sin más, sin salir a preguntarle a los viandantes qué carajo estábamos haciendo con nuestras existencias. El animalismo extremo en tu espejo. Ahora da vida al capitán obsesionado por dar caza a una ballena blanca, ese capitán que desgrana tantas metáforas, tantas lecturas sobre cómo se mueve el mundo, tantas conclusiones sobre cómo somos lo que somos, por qué somos así y por qué no somos mejores. Pou es un tipo, es un actor, es un ser humano soberbio, capaz de revolverte el estómago. Vayan a ver «Moby Dick». Vayan a ver esa obra donde la puedan ver. Vayan y sufran, vayan y tengan miedo, vayan, encuentren en qué lugar del miedo se encuentran. Vayan y vean algo que no van a ver muchas veces más, porque Pou asegura que de esta se va a su casa. Vayan. Vayan al teatro. Vayan a ver lo que sea, lo que pongan, lo que estrenen. Vayan y paguen. Rescaten el teatro. Y recen porque Pou, que es lo más parecido a un actor inglés, siga vivo, activo, y profundamente joven.