El pensamiento de San Buenaventura

M. Hérnandez Sánchez-Barba

La corriente medieval agustiniana afectó preponderantemente a la antigua escuela franciscana, aunque no a los únicos. Los franciscanos fueron declarados seguidores de San Agustín y suscribieron varias tesis características del gran maestro de Occidente, como son la primacía de la voluntad sobre el entendimiento, la reducción de todo conocimiento a las razones existentes en la mente de Dios, la pluralidad de formas, la relativa independencia del alma respecto del cuerpo, el inmediato conocimiento del alma por su esencia y, de modo sobresaliente, el concepto integral de la Filosofía cristiana, consecuentemente, lazo de unión de la Filosofía con la Religión y la Teología.

De la antigua escuela franciscana destacan Alejandro de Hales (c. 1170-1245) y Juan de Rupella (c. 1200-1245). Pero el mayor representante de este grupo es San Buenaventura de Barnoregio (1221-1274). Fue profesor en París al mismo tiempo que Santo Tomás y luchó junto a él defendiendo los derechos de las órdenes mendicantes a las cátedras universitarias. Desde 1257 se consagra a las tareas de su Orden y de la Iglesia. En 1273 es nombrado Cardenal y dirige el Concilio de Lyon. Ha recibido el sobrenombre de «Doctor Seráfico». Sus obras, en la edición de Quaracchi, llenan diez gruesos volúmenes en folio y son de especial interés.

El profesor Johannes Hirschberger, de la Universidad de Frankfurt del Main, estudia con gran precisión los temas expuestos por San Buenaventura. Los temas que desarrolla siguiendo la edición crítica de la Opera Omnia y recomienda la obra de Etienne Gilson, «La Philosophie de Saint Bonaventure» (1948).

San Buenaventura es, en su pensamiento, acusadamente conservador y tradicional. La afirmación central de San Buenaventura y soporte fundamental de su Filosofía es «Dios es la piedra angular de la Filosofía», que se encuentra en el alma de los hombres: la verdad es su inmutabilidad, de modo que el bien presupone siempre un Sumo Bien y, en consecuencia, conduce al hombre hacia el Bien. La vía favorita para San Buenaventura es la existencia de Dios mediante el conocimiento «a priori cointuitivo» en la experiencia del alma. La naturaleza de Dios es ser, vivir, poder, verdad, plenitud en ideas eternas. De Dios procede el hombre, creando el ser, pero no en una creación eterna, pues San Buenaventura lo considera contradictorio.

Todo ser creado admite una pluralidad de formas. Encontramos en cada uno una forma que lo perfecciona y completa en cuanto tal, pero no con la forma total porque con ella se combinan otras formas subordinadas tanto en el hombre como en la vida y en lo inorgánico. En la doctrina del alma, Buenaventura no excede el límite alcanzado por Aristóteles. El saber humano es cooperativo entre los hombres, pues las cosas tienen tres clases de ser: en el espíritu que las conoce, el ser en su propia realidad y el ser en la mente eterna de Dios.

Fue alumno de Alejandro de Hales en la Universidad de París y en dicha Universidad, bachiller bíblico (1248-1250) y autor de las «Sententiae» (1250-1252). En 1257 fue elegido ministro general de la Orden Franciscana. Llevó a cabo numerosos viajes a países europeos, hasta que regresó a París en 1265 para tomar de nuevo contacto con la Universidad en el momento de crisis provocada por el auge del averroísmo latino. Tomó posiciones contra el averroísmo en varias conferencias de 1267 a 1273, se adhiere al tradicional neoplatonismo cristiano y desarrolla la posición filosófica de San Agustín y San Anselmo, si bien adoptando en ocasiones un lenguaje aristotélico. Sitúa a Dios como «primun cognitum» para el hombre, es decir, en la mente del hombre es innata la noción o idea de Dios perfeccionada a través de la reflexión, suficiente para comprender que Dios no puede no existir; el mundo procede por creación de Dios, del que se distingue por su composición intrínseca de forma y materia. Estima que el retorno a Dios debe ser el esfuerzo principal y cree que el alma humana es forma y sustancia y el conocimiento proviene de dos vertientes, a través del alma con la realidad empírica. Las nociones espirituales, en cambio, derivan de una iluminación divina. La plenitud del saber se alcanza tras un largo proceso: «Itinerarium mentis in Deum» (1259). De las obras de San Buenaventura destaca el «Comentario a las sentencias» (1250-1254), 4 vols., y las «Quaestiones disputatae de scientia Christi» (1254).