Casado se divorcia

El líder del PP dejó la pubertad política y se convirtió en un adulto justo en el momento en que ya no apostaban por él ni los suyos.

El presidente del PP, Pablo Casado, tras su intervención durante la segunda sesión del pleno en el que se debate la moción de censuraEUROPA PRESS/E. Parra. POOLEuropa Press

La política es así, nunca está todo dicho hasta el último momento. En la víspera de la moción de censura todo apuntaba a que el gran beneficiado iba a ser Pedro Sánchez.

La pedrada de Abascal, a la cabeza de Casado, dejaría noqueado a un PP que no encontraba su lugar. Interesaba poner altavoz a la extrema derecha y escenificar un duelo al que los populares irían como invitados y que podría romper las dos almas que conviven en su interior, aunque el precio fuese volver a ver cómo crecía en unos cuantos escaños Vox, a costa del PP.

Sin embargo, las cosas no salieron bien y Moncloa tiene prisa por olvidar, “pasar página”, el incidente. La razón es obvia, Casado dejó la pubertad política y se convirtió en un adulto justo en el momento en que ya no apostaban por él ni los suyos. Ese cambio hizo que, el derrotado de antemano, se convirtiese en el triunfador de la jornada.

Eso sí, poca confianza tiene el líder popular en su entorno, para no atreverse a compartir la estrategia de discurso prácticamente con nadie. No obstante, aún no han acabado las estrecheces para Casado, un discurso acertado cuando no tenía nada que perder y todo que ganar, no es mérito suficiente para pasar a la categoría de incuestionable.

El acierto no fue solo suyo, de hecho, la mayor parte se lo debe a Abascal, que empapado en sudor, cargado de torpeza en las formas y en el fondo, no fue capaz de mostrar un mínimo de altura política ni, por supuesto, de proyecto nacional. Habló solo para su electorado más fiel y, con ello, se le escapó el resto.

A Pablo Iglesias tampoco es que, últimamente, le salgan muy bien las cosas. Había preparado a fondo una réplica demoledora al líder popular que tuvo que limar, improvisando, en el último momento.

Sánchez no perdió un voto, lo malo es que tampoco los ganó y, en cambio, vio como su principal rival se llevó la medalla de oro. Quizá le sirva de lección al todopoderoso líder absoluto y, de aquí en adelante, dejara de usar a la extrema derecha como ariete porque se puede terminar quemando.

Y, a lo mejor, en Moncloa se dan cuenta de que el gobierno no tiene que hacer oposición a la oposición, sino gobernar adecuadamente. Las cifras de la pandemia están disparadas y la situación terminará en otro confinamiento de manera inequívoca porque ya no es posible pararlo mejorando la prevención.

El refuerzo de la atención hospitalaria no ha ido de la mano del de la atención primaria y en verano se relajaron las medidas preventivas de manera irresponsable. La consecuencia de todo ello es que la sociedad española se encuentra ante un estado de alarma hasta mayo, ha perdido la confianza en las autoridades y eso requiere un cambio de caras en la gestión de la pandemia.

Si Sánchez se aplica en eso y deja de hacer los experimentos que le aconseja su asesor aúlico, es posible que le vaya mejor.