El PSOE, en coma inducido

Aunque Bildu haya dejado las armas para hacer política, aún les queda un trecho de camino ético por recorrer

El presidente del Gobierno de España, Pedro SánchezEduardo Sanz Europa Press

Los socialistas siempre han tenido claras algunas cuestiones como, por ejemplo, una concepción del Estado descentralizado para atender la realidad diversa de nuestro territorio o el respeto a la convivencia del castellano, lengua oficial del Estado, con otras modalidades lingüísticas. Pero era intocable tanto la unidad territorial como que el castellano, idioma de más de seiscientos millones de seres humanos en todo el mundo, no podía ser residual ni subsidiario.

Los gobiernos socialistas, también han luchado contra el terrorismo y, precisamente, fue uno de ellos, el presidido por José Luis Rodríguez Zapatero, con Alfredo Pérez Rubalcaba como ministro del Interior, el que trajo definitivamente La Paz, a Euskadi y al resto del país, con la derrota de ETA.

Desde la Transición, el PSOE ha sido un partido moderado que tenía un proyecto para todos los españoles. Por eso, al tiempo que acababa con el terrorismo, defendía la presencia de Bildu en las instituciones políticas como símbolo de la normalización política y democrática de quienes antes querían acabar con el Estado de Derecho. Ese es el mayor éxito al que puede aspirar una política antiterrorista.

Sin embargo, algo ha cambiado en los últimos tres o cuatro años. Una cosa bien distinta es que, ahora, la gobernabilidad de España dependa de Bildu porque, aunque hayan dejado las armas para hacer política, que era la condición necesaria, aún les queda un trecho de camino ético por recorrer.

El pacto presupuestario con Bildu no es entendido por la mayoría de españoles ni socialistas. Algunos lo justifican arrojando la responsabilidad de ese pacto a Podemos.

Pero eso no es justo porque, si bien la posición de Iglesias ha sido clara y pública, la decisión es, en exclusiva, del presidente Sánchez. Prueba de ello es que quien lo ha negociado a puerta cerrada ha sido uno de sus dos hombres de confianza en Moncloa, el mismo que se ocupó del asunto del Valle de los Caídos, por cierto.

No se reconoce al PSOE, ya no queda nada de aquel partido en el que el debate interno terminaba ahormando un consenso ideológicamente sólido. Hace cuatro años, Sánchez y Rivera firmaban un acuerdo, con todo el boato institucional que les permitían sus escasos diputados.

Dos años después la consigna era «con Rivera, no» y ahora parece ser que han cambiado el eslogan por el de «con Otegi, sí. A muchos militantes socialistas nos hubiera gustado poder opinar acerca de estos giros sin sentido histórico ni de país.

Claro que opinar en el PSOE se está poniendo caro y más que se va a poner. Ya sabemos que Iván Redondo se encargará del control de los comentarios críticos en las redes. Solo falta que Irene Lozano sea la que estampe el sello en las decisiones de expulsión. Dos grandes socialistas.

Cuando en un partido de izquierdas se sustituye el debate político por la elección del líder, cada cuatro años, entra como en una especie de coma inducido. Lo malo es que despertar del coma tiene efectos secundarios.