El día después

Pero lo real es que se ha producido una voladura del espíritu de conciliación y concordia que debería cimentar nuestro Estado de Derecho.

El día después
El día después FOTO: Barrio

Precedido de dos o tres días de recuerdos y testimonios, incluidas unas jornadas monográficas organizadas por el Instituto Cervantes, el 23-F se recordó con dignidad en el Congreso de los Diputados, con medidas palabras del Rey –«la erosión de la democracia pone en peligro las libertades»– y de la Presidenta del Congreso Batet, que alertó sobre «la desligitimación y la instrumentalización de las propias instituciones democráticas, para desnaturalizarlas». Añadamos comentarios a estas palabras el día siguiente, con más énfasis en conductas determinadas y señaladas ausencias. Después, el silencio, seguramente hasta 2031 en que se desclasificará toda la documentación secreta.

Espero que me entiendan si parto de una idea fija, una especie de tesis: «no se puede desligar aquel trágico lunes de febrero de 1981, del problema vasco». No descubro nada a mi generación. Seguramente fruncirán el ceño las nuevas.

Viviendo en la asfixia de continuados asesinatos ejecutados por ETA, los Reyes acudían aquel febrero de 1981 al País Vasco en búsqueda de cercanía, de apoyo a quienes hacían compatible su amor a España y a su tierra. En la Casa de Juntas de Guernica el miércoles 4, encontraron actitudes insultantes y hostiles por parte de cierto sector de su Parlamento. Tres días después ETA asesinaba en vil chantaje a Jose María Ryan, el ingeniero de Lemóniz. Para acabar de sazonar la tragedia, una semana después se conocía la muerte en dependencias policiales del etarra Jose Aguirre, que formaba parte de un comando de ETA, detenido a tiro limpio en pleno Paseo del Prado de Madrid. En momentos críticos, se habían conjugado la brutalidad con la torpeza. No era nueva la figura. El Estado se desligitima cuando se contagia de los métodos de los terroristas: recuérdese el caso de la Argelia francesa.

Todo se unió a la crisis que vivía el Gobierno, con un Presidente Suárez dimitido, con el partido que lo sustentaba deshecho por deslealtades y traiciones, cuando en el País Vasco nació un mito que defendía a sus Guardias y a sus familias, que luchaban no solo contra ETA sino contra la incertidumbre de una política sujeta a cobardes cesiones. Al mito Tejero le hubieran seguido Guardias Civiles, si les hubiese propuesto conquistar Gibraltar. Pero era solo un mito, y como tal, manipulable si se le inducía a conectar sus sentimientos con el incierto orgullo de salvar a su Patria.

Por supuesto cuando hablo del problema vasco no me ciño solo a ETA. Incluyo junto al silencio de sus corderos, a parte importante de su Iglesia Católica y a una burguesía cobarde, capaz de alimentar la economía de unos asesinos, a cambio de su seguridad. Aquel 23-F convertirían al Bidasoa en un correcalles. Hoy siguen arañando poco a poco al Estado de todos, a cambio de unos contados votos que ofrecen al mejor postor.

Por supuesto, sus actuales representantes en el Congreso, PNV y Bildu no estuvieron presentes en el acto oficial. Aun hoy, no se sienten responsables. O sus mayores no les han contado lo del Bidasoa.

¿Qué he echado en falta?

Un ponderado ejercicio de honestidad y humildad sobre las causas que llevaron a aquella triste experiencia, a fin de evitar su repetición. Me dirán que ETA ya no asesina; que PNV y Bildu se mueven en los márgenes que les proporciona la Ley Electoral; que si pactan a cambio de, es porque otros quieren o les necesitan. Pueden decir lo mismo en Cataluña quienes dieron otro golpe de estado en 2017. Pero lo real es que se ha producido una voladura del espíritu de conciliación y concordia que debería cimentar nuestro Estado de Derecho. ¡Ni el mismo 23-F del 81 estuvo el Estado tan cuestionado! Lo peligroso hoy, es que esta pérdida de cohesión aparece en plena crisis sanitaria, derivada en una más grave de carácter social y económico.

Cada trozo de nuestra sociedad, especialmente nuestras formaciones políticas, deberían reflexionar seriamente, sobre el paralelismo de situaciones: paro galopante como en el año 1981; crisis internas en los partidos; protagonismos, intereses, manipulaciones, mitos, mentiras. ¿Alguien ha meditado sobre una posible solución Draghi para España?

No habrá entradas violentas en el Congreso, «una ensoñación nostálgica sin raíces previas» como lo denomina un valiente Ramón Tamames (1) uno de los pocos políticos que ha hecho «examen de conciencia». Javier Pradera (2) acusó a aquel PSOE comprometido con el golpe de Armada, de «40 años de prolongada mentira, estigmatizando –balones fuera– al Ejército como institución golpista».

No habrá asalto al Congreso, pero podremos entrar en un clima de violencia social, fruto de la crisis y de los desengaños, que nos cause más daño que aquel –por lo menos incruento– golpe del 23-F.

(1) La Razón. 24 febrero 2021. Pag.11

(2) Jordi Gracia. «Javier Pradera o el poder de la Izquierda». Anagrama. 2019.