Del desprecio al lector

Se diría que cada partido ha buscado únicamente el voto partidario, ahondando más en el desprecio a los adversarios que en el aprecio a lo próximo

Jesús Hellín Europa Press

Hay una línea de tiempo que transcurre entre la lectura de estas líneas y el instante en que se escriben. Normalmente, lo escrito sólo cobra vida y tiene sentido cuando se lee, por eso suele descontarse automáticamente esa distancia. Pero en ocasiones, la realidad juega a entrometerse y entre ambos momentos introduce un hecho relevante que hace que la comunicación se distorsione: queda vieja o no tiene sentido. O, aún peor, queda completamente anulada por los acontecimientos la previsión o el análisis que se habían dejado escritos. Es didáctico e higiénico, pero bastante incómodo para quien escribe, créame.

En esta ocasión el acontecimiento relevante es conocido por este autor y por usted, amable lector o lectora, lo que hará más fácil que nos centremos en lo esencial de esta modesta reflexión. Me refiero al resultado de las elecciones autonómicas en Madrid, esa suerte de plebiscito nacional de los bloques que en los últimos tiempos parecen haber consolidado la vigorosa realidad de la división política nacional. Pueden haber pasado dos cosas, que –como es previsible– venza Ayuso hasta con mayoría absoluta, o que –como desearía gran parte del electorado– los números de la izquierda sumen las fuerzas suficientes como para conformara un gobierno con Gabilondo, Mónica García y el fugado Iglesias. Bloques, en todo caso, aunque uno sea unipersonal con alguna ayuda y el otro multipartidos con cierta peculiaridad.

Sería, por tanto, ocioso, reflexionar sobre lo que aún no se ha producido cuando escribo y es ya una realidad incuestionable para usted que lee. Tanto como necesario echar la vista atrás y contemplar, no sin estupor, la lamentable campaña electoral absolutamente inmerecida para los administrados que elegimos representantes o los millones de ciudadanos y ciudadanas de fuera de Madrid que han asistido en el último mes a la campaña más agresiva que uno recuerda en los últimos lustros. Entre los sobres con bala, la victimización, las pedradas, los insultos y la polarización –de un infantilismo insultante–, se ha diluído cualquier posibilidad de debate serio mientras surgía la incuestionable convicción de que la mayoría de los políticos toman por bobo a la mayoría del personal.

Proponer a los votantes que elijan entre fascismo o comunismo no sólo es irreal, sino profundamente irrespetuoso hacia la audiencia. Salir desde Moncloa a aplastar a la presidenta que se cree alguien y, como dice Tezanos, no tiene talla política, y recular cuando se dan cuenta de que en ese debate ella se agiganta, es del género bobo y demuestra un desprecio colosal por el adversario y quienes lo apoyan. Venderse como objeto exclusivo de la violencia por parte de quien trata de vender que otros que apoyaron la violencia son hombres de Estado, es menospreciar la capacidad de discernimiento del personal. Comparar la situación de los jóvenes inmigrantes con las carencias de las pensiones de jubilación, es no vivir en el mismo mundo que los demás. Se diría que cada partido ha buscado únicamente el voto partidario, ahondando más en el desprecio a los adversarios que en el aprecio a lo próximo. Como si lo de la política como ciencia del bien común fuera sólo una frase de dedicatoria. Siguen sin entender. O quizá es que les de igual. Que aspiren a gobernar sólo con y para los suyos, lo cual no sólo es antidemocrático sino, sobre todo, profundamente estúpido.