Pandemia

Otra oportunidad perdida

Las oportunidades perdidas tienen la elegancia de lo inaccesible, lo que se dejó pasar y a veces se evoca melancólicamente. Todos tenemos en mente alguna oportunidad perdida. Vivimos con ellas como quien convive con los sueños, pero recorriendo un camino inverso: éstos son los por vivir y aquéllas lo no vivido. Ahora bien, si nuestra memoria individual cohabita con la melancolía de lo que pudimos hacer y no hicimos, incluso se acostumbra y sirve de acicate o estímulo para mejorar, en lo tocante a lo colectivo las oportunidades perdidas son frustraciones sociales de las que apenas se puede extraer enseñanza, entre otras cosas porque no suelen tener padre ni madre.

La Pandemia ha sido una magnífica oportunidad perdida. Una oportunidad histórica e irrepetible. Ya se ha hablado hasta agotar el papel de la ausencia de liderazgo del gobierno central, exigido incluso por las autonomías que reclamaban manos libres para actuar. Con la Sanidad transferida, lo natural, lo políticamente relevante, habría sido aprovechar la oportunidad para desplegar una coordinación nacional, de mando único y acción diversa, que no sólo permitiera abordar racionalmente la lucha contra la Covid, sino, sobre todo, presentar la política ante la ciudadanía como la gestión de lo público por encima de los intereses partidistas.

España se encuentra aún ante un momento que necesita generosidad y grandeza, y sólo en el mundo económico y sindical se ha visto en este último año disposición a la renuncia y el diálogo creativo. Esa disposición y el empuje de una parte del Gobierno comprometida y eficaz –me refiero a Trabajo, Economía o Seguridad Social– han permitido que cientos de miles de familias españolas no se arruinaran asfixiadas por los cierres y las restricciones.

Todo lo demás, incluido el insólito e inexplicable lío de las segundas dosis de la vacuna de AstraZeneca, ha sido una gestión encaminada a afirmarse políticamente eludiendo todos los riesgos posibles y, desde el otro lado, desde la oposición, una constatable inoperancia para ofrecer alternativas solventes o tender la mano de manera franca e incuestionable.

Cuando hay un enemigo común devastador la incapacidad para formar un frente unido no es una irresponsabilidad histórica: queda tatuada en el carácter. La oportunidad perdida de un diálogo abierto y generoso me malicio que va a marcar la política española para los próximos años. En realidad, va a mantener lo que tradicionalmente ha sido: cainita e interesada. La oportunidad estaba en cambiar de verdad los ciclos y volver a conectar con la ilusión de los ciudadanos. Pero no había ganas. Quizá no había nivel. Demasiado miedo, demasiado ombliguismo, demasiado «márketing».

Terminará la Pandemia y no habremos aprendido nada.

Marruecos nos está dando la pista. Incluso en un asunto de Estado como éste, no se ha visto grandeza por ninguna parte. Ni determinación. Y aquí el peso hay que cargarlo en el lado opositor. El PP perdió la oportunidad de mostrar su categoría política al plantear que apoyaba al Gobierno, pero haciéndolo con la boca pequeña, lanzando al tiempo dardos que bien pudieran haberse dejado para más adelante.

Cataluña confirma el agotamiento, la pérdida definitiva. En realidad, la ceguera o la desgana de cambiar nada mientras todo siga igual. Estamos en las mismas, o incluso peores, porque quien huyó del compromiso frente a la pandemia y no buscó de verdad el acuerdo necesario en tiempo de crisis –ahí estaba el camino abierto por patronal y sindicatos– parece ahora decidido a volver a la política precovid, con el agravante de refuerzo del adversario y debilidad propia.

Seguiremos perdiendo oportunidades. Me temo.