El pequeño dios del mal
En su libertad, ha elegido la crueldad, la mentira, la venganza, la muerte
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Ojalá Tomás Gimeno hubiese estado loco. Ojalá una enfermedad hubiese nublado su cerebro y su corazón, porque podríamos evitar la gran pregunta sobre el misterio del mal. Un padre que mata a sus vástagos sin piedad, a sangre fría. Tomás Gimeno reflexionó cómo hacer el mayor daño posible a su ex mujer Beatriz, destruirla. Podía haberla asesinado, pero para una madre hay algo peor, la aniquilación caprichosa de sus hijos. Un luto ciego y perenne, una nostalgia incansable. Tomás no soportaba haber perdido a Beatriz, era un cobarde y planificó matar y esconder a las niñitas Olivia y Ana en lo más profundo del mar, para que Beatriz no descansase nunca, para que las buscase de por vida, para que muriese sin saber qué había sido del fruto de su vientre. Quería que su crueldad, si no eterna, al menos produjese un dolor indeleble, todo el que podía. Quería ser el dios del mal.

La maldad siempre oferta un tentador horizonte. Cuando matas, ejerces el poder, como pensó Ana Julia con el niño de Almería, el Pescadito. O experimentas el aparente alivio de la venganza, como Bretón. Das salida a la ira. Parece compensarte robar o ser injusto. Luego llega un silencio negro, un vacío espantoso, la nada, regresa el mal a cobrarse lo suyo.

Ojalá hubiese sido una enfermedad. Ojalá hubiese sido machismo. Qué simpleza, por Dios. No, es el mal. El mismo que mató en los campos de Alemania y Polonia a seis millones de personas. El que en Camboya hizo construir paredes con los cráneos del enemigo. El que llevó a 50 millones de personas al exterminio soviético. El que asoma su hocico oscuro en nuestro corazón.

Tomás Gimeno, con absoluta frialdad, ha elegido deliberadamente lo peor y no sólo ha matado a sus niñitas y rasgado el corazón de su madre y los abuelos y todos los que las amaban, es que ha destruido su vida. En su libertad, ha elegido la crueldad, la mentira, la venganza, la muerte. El vacío. Ha hecho peor el mundo.