Insolidaridad interterritorial

Una cosa es la gestión del Prat o la zona franca y el impulso al eje del mediterráneo y otra muy distinta son las incertidumbres que no deja de despertar el plan fiscal del Gobierno para Cataluña

Jesús Hellín Europa Press

Han pasado ya unas cuantas semanas desde la concesión de los indultos a los condenados por el «proces», ha habido también reunión Sánchez-Aragonés sin grandes conclusiones salvo el atisbo de lo que podría ser una todavía muy difusa hoja de ruta y más allá, aún no se puede hablar de un negro sobre blanco mínimamente claro en lo que respecta a las famosas mesas negociadoras entre gobierno central y gobierno autonómico catalán y –colmando de manera especial el interés soberanista– entre la Generalitat y el Estado, a ser posible de igual a igual como se reflejaría en los más húmedos sueños de un independentismo que no va dar la espalda –por mucho desencuentro que haya entre ERC y JxCat– a la reivindicación de un regreso impune de Puigdemont a territorio español. La parte del león sobre todo en materia económica de las negociaciones bilaterales en línea con el dialogo y la «concordia» se dejará para el arranque del curso político en un verano en el que bastante tenemos todos con el azote del covid sobre nuestra salud y sobre la campaña turística, si embargo, más de una mosca ronda ya la oreja de no pocos gobiernos autonómicos tanto populares como socialistas a propósito de lo que llegue a acordarse en materia de concesiones a Cataluña. Una cosa es la gestión del Prat o la zona franca y el impulso al eje del mediterráneo y otra muy distinta son las incertidumbres que no deja de despertar el plan fiscal del gobierno central para Cataluña en aras del anhelado deshielo.

Es difícil encontrar durante los últimos años tanto cuórum de coincidencia entre presidentes y barones socialistas dentro de lo que puede acabar destapándose al filo de este otoño como una mini rebelión en toda regla contra Moncloa, máxime cuando entramos en el último tercio de las legislaturas municipales y autonómicas y pronto comenzarán a percibirse «aromas electorales». Desde el PP la presidenta madrileña Díaz Ayuso ya desempolva el traje de Agustina de Aragón y el presidente andaluz Moreno Bonilla –con comicios más cercanos aún en ciernes– tampoco va a quedar a la zaga. Que vuelvan a Cataluña las empresas espantadas por el «proces» siempre será una buena noticia; otra cosa es el riesgo de destapar los pies para cubrir la cabeza en una nación que no es de naciones sino de plurales territorios donde puede ponerse en cuestión la sagrada solidaridad interterritorial ya saben, la clave de bóveda.