Es la institución, no la persona

El Rey Felipe VI (d) recibe en el Palacio de Marivent al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i)
El Rey Felipe VI (d) recibe en el Palacio de Marivent al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i)Isaac Buj Europa Press

Podemos es un partido agonizante. No solo tiene un grupo dirigente sin prestigio, experiencia ni conocimiento, sino que sus apariciones públicas son seguidas de indiferencia o mofa. A esa agrupación solo le quedan dos enganches: el feminismo y el antimonarquismo. Ione Belarra, supuesta sucesora de Pablo Iglesias, cuyos servicios a la democracia aún se ignoran, ha atacado al Rey Juan Carlos.

A la podemita no le importa la vida privada del padre de Felipe VI, sino hacer daño a la institución y tener protagonismo en los medios, ganarse un hueco en el ahora esquivo corazón de la izquierda radical. La respuesta de Pedro Sánchez a Belarra ha sido insuficiente.

Las acusaciones al Rey Juan Carlos, sin respeto a la presunción de inocencia, no son nuevas en nuestro país. Rumores y declaraciones de terceros sirven para manchar el nombre de la institución sin que ésta, lógicamente, pueda defenderse. Lo que sí es nuevo es la reacción del presidente del Gobierno, quien sí tiene la función, incluso la obligación moral, de salir en defensa de la Monarquía.

Alegar que el Ejecutivo está comprometido con «todas y cada una de las instituciones constitucionales» no proporciona más que dudas, dado su comportamiento con el Tribunal Supremo, el CGPJ, el Tribunal Constitucional, el Consejo de Estado, la Fiscalía, la Abogacía del Estado o el Tribunal de Cuentas.

La defensa de la institución supone no diferenciar a las personas, a no ser que se sostenga un monarquismo circunstancial, atado solamente a la persona que en ese momento detenta la Corona. Sánchez ha hecho hincapié en que «han cambiado muchas cosas» desde que se ha ido de España el Rey Juan Carlos; es decir, desde que él está en Moncloa. Porque fue su Gabinete quien negoció la marcha del padre de Felipe VI, decidiendo el momento y el lugar.

Esa declaración, además, aleja sine die al Rey Juan Carlos de España, haciendo ver que la honorabilidad de la institución, la posibilidad de mantenerla dentro de las «constitucionales», depende de que se mantenga fuera del país.

En este sentido, Sánchez se erige en el gran poder de España, con una Corona atada a su decisión. De esta manera, el fantasma de un gesto republicano, asunto que existe en el PSOE con fuerza desde 2014, cuando Rubalcaba paró el debate en las primarias, vuelve a planear en la política española. No es nuevo en Sánchez, cuyos desaires a Felipe VI comenzaron al día siguiente del 10 de noviembre de 2019, cuando anunció que formaría gobierno con Pablo Iglesias estando el Rey en Cuba, lo que violaba el protocolo.

En todo esto Podemos juega el papel del radical que asusta. Para eso sirve Ione Belarra y el resto de podemitas. Estos comunistas desempeñan un papel de republicanos, de extremistas que, como dijo Enrique Santiago, liquidaría a la Familia Real si fuera necesario. Teniendo a estos a su izquierda, como violentos de libro, es fácil para Sánchez tomar el papel de moderado, de tapón de la botella republicana sin el cual todo estalla.

Eso es lo que quiere un líder en cuestión, incapaz de generar simpatía y confianza: convertirse en el hombre que decida la estabilidad de la institución superior de una monarquía parlamentaria. Iván Redondo ya se empeñó en que Pedro Sánchez tuviera el papel de Jefe de Estado sin serlo, sustituir al Rey en importancia. No lo consiguió porque la institución y Felipe VI tienen una valoración más alta que el presidente del Gobierno, no solo a nivel internacional, sino también de calle.

En la última reunión de la Conferencia de Presidentes en Salamanca se pudieron oír los vítores espontáneos a Felipe VI y los abucheos a Pedro Sánchez. Quizá una cosa y otra estén relacionadas. Es posible que si el líder del PSOE tuviera una actitud pública más leal con la Monarquía, la reacción de la gente no fuera tan furibunda. Pero Sánchez ha preferido alabar a otros, a los que le obligan a sentarse en una «mesa bilateral».