Viaje alucinante

De los muros y balcones de Gracia cuelgan vivas y homenajes a Eta, banderas comunistas y anuncios de nuevas intentonas secesionistas.

FOTO: Alejandro García EFE

El escritor y periodista José María Albert de Paco ha paseado por el barrio de Gracia, con ocasión de las fiestas locales. Albert de Paco es uno de nuestros grandes columnistas. Un analista certero y elegante, formidable. Pero a veces conviene aparcar el soneto del periodismo y regresar al sucio oficio del reportero, en este caso de guerra (bacteriológica). De modo que el coautor de «Alternativa naranja», que conoce como pocos las derivas tectónicas indígenas, del Psuc altivo al actual racismo sin coartadas, ha paseado por la Barcelona adicta a contemplarse en el espejo, carnavalesca y pagada de sí misma. El fruto de su incursión fue una cosecha de estampas puramente siniestras. De los muros y balcones de Gracia cuelgan vivas y homenajes a Eta, banderas comunistas y anuncios de nuevas intentonas secesionistas. No falta detalle en el catálogo de monstruos. La parada de frikis contrarios a la democracia resulta tan apabullante como nutrida. Bien que todos bajo el acogedor paraguas de ese país que ayer no más era un compendio de violencias machistas y coloristas heteropatriarcados y hoy amanecía, milagro, como dorado refugio para las mujeres afganas. Escuchen sino a la casi siempre incomprensible Lastra, antifascista de guardia. De vuelta a Gracia las estampas que gloso, las postales del miedo (a falta de vergüenza) llegan días después de que un criminal como Jordi Cuixart, condenado por delitos contra la democracia, le haya perdonado la vida a la pobre Ada Colau, activista en sesión continua a la que entre todos vamos costeándole las prácticas. El video de su actuación tiene poderes lisérgicos. Si lo ves más de dos veces, la primera con ceño trágico, la segunda con rictus fatalista tras asumir las dimensiones de la farsa, comprenderás que es casi inevitable el naufragio de un país dirigido por oportunistas y fanáticos. El vídeo de la actuación, por decirlo con el propio Albert de Paco, condensa en apenas 35 segundos todo un programa político y ético, o sea, «la degradación institucional, la subordinación al nacionalismo (incluso la conciencia de ocupar un plano moralmente inferior), el vedetismo, el sentimentalismo de garrafón, el dichoso acomodo en el estatus de víctima». Como yo sé que a muchos amigos sólo les preocupan las soflamas antiliberales de un lado vamos a cambiar los vítores a Eta por el Gal, la hoz y el martillo por el haz de yugo y flechas y el recurrente aviso de que repetirán el ataque contra la Constitución, el Estatuto y la soberanía nacional por blasones del 23-F y anuncios de nuevas temporadas golpistas en homenaje a Milans del Bosch y Tejero. Sólo entonces, temo, puede paladearse en su infame toxicidad la clase de fosa séptica en que se ha transformado la escena política catalana y, ay, la descacharrante catadura moral e ideológica de los socios y aliados del gobierno de España. Luego alertan de las derivas impresentables de Vox, evidentes, pero a ver qué hacemos de quienes lejos de proponer una coalición de fuerzas democráticas no tienen empacho en coaligarse con algunos de los partidos y dirigentes más reaccionarios e impresentables de Europa.