Berenice

Ortega, al lado de Berenice, es el fósil de una enfermedad del cuerpo social mundial que sigue provocando daños como si estuviera vivo, que ni siquiera sabe que pertenece al pasado difunto

FOTO: STRINGER REUTERS

Berenice Quezada fue miss Nicaragua y luego se metió en política. Es hija de una madre soltera que sacó adelante a cuatro niñas por su cuenta y riesgo. Berenice intenta ser candidata a la vicepresidencia de su país, un lugar donde las cuotas para mujeres solo sirven para meterlas en la cárcel, o para ser víctimas de delitos varios: donde las mujeres ganan a los hombres por goleada en el siniestro ranking de robadas, asesinadas, violadas. Berenice es una belleza con la cabeza amueblada cuidadosamente, una persona decidida y valiente, hasta la fecha la prueba de que una miss puede decir mucho más que aquella frase chistosa: «Mi mayor deseo es la paz mundial». Porque las mujeres guapas no están impedidas para afanarse también por la libertad, la seguridad, la justicia. Incluso algunas pueden proclamarlo con apostura y la mirada limpia de la juventud, como Berenice. Y, en todo caso, ¿qué tiene de gracioso o irrisorio el altruista deseo de que la paz reine en el mundo? ¿Acaso no es el mayor deseo que todos expresan en voz alta, especialmente los terroristas confesos…? La brava Berenice inquieta a la oligarquía sandinista. Esta reina de belleza americana quiere voz en política, por eso ha sido encerrada por el infeliz fantoche Ortega –presidente semoviente aunque sanguinario de Nicaragua– un tipo patibulario, que fuma algo que ya nos gustaría saber, da discursos adormilados junto a su señora (más despierta que un búho que ejerciera el narcotráfico) y habla también de paz mientras practica impunemente la violencia contra sus opositores. Los mata. O los encierra y amordaza, como ha hecho con la bella Berenice, acusándola (¿les suena…?) de «delitos de odio», ¡de terrorismo! Ortega, al lado de Berenice, es el fósil de una enfermedad del cuerpo social mundial que sigue provocando daños como si estuviera vivo, que ni siquiera sabe que pertenece al pasado difunto, ignominioso, del planeta. Lleva ahí una eternidad, destruyendo, y sigue dispuesto a impedir que las berenices contemporáneas tomen el poder. Pero, ¡tranquilas!: no hay mal que dure 100 años. Claro que, viendo al inicuo Ortega, yo sospecho que algunos males pueden durar 99 años.