«Sezesioni»

De la lánguida y monótona melancolía del unilateralismo, de pronto hemos accedido a su verdadero tuétano, que es una esencia de Arlequín en la comedia del arte

Quique GarciaEFE

Al poco tiempo de conocerse la noticia de que Carles Puigdemont había sido puesto en libertad en Cerdeña, Pilar Rahola, que no teme encasillarse en el papel de la señora que habla sola mientras da de comer a los gatos, salió a bailar a la calle. En un vídeo, aparece cantando el «Bella Ciao» –himno de tantas cosas– y cambia «italiano» por «catalano». Nunca entendí esta cosa de bailar en las manifestaciones las coreografías de las diversas causas que me ponen los pelos de la nuca como escarpias y que alcanzan el cenit de mi vergüenza en la infame batucada que desprestigia cualquier reivindicación con su matraca invasiva y soviética. Yo, si acudo a una manifestación y se arranca a tocar una batucada, al instante me pongo de parte del contrario. Con las charangas y las bandas que tocan pasodobles, me pasa al revés.

Lo que sucede es que si el tema de Puigdemont termina en Italia, habrá que hablar en italiano y así se aparece en la foto un cartel en favor de la liberación de «Il nostro presidente». Cualquiera adapta el mensaje al italiano, pues en España gran parte de la población ha vivido pensando que para traducir del castellano al idioma de Francesco Petrarca, bastaba con juntar los dedos de la mano al hablar y terminar todas las palabras castellanas en -oni o en -ini.

El abogado de Puigdemont ha admitido que en Italia también existe el delito de secesión y por la regla que acabo de enunciar, se traduciría como «sezesioni», aunque el diccionario lo traduce como «secessione». Si Italia y España comparten el delito, no se entendería que no entregaran al reo a España, pesando como pesa sobre él –no sabemos cuánto pesa–, una orden de detención y entrega. Yo creo que si no mandan a Puigdemont a España, es que la justicia europea es una tartana, o es que tantos países de nuestro entorno se tragaron el cuento del estado central que recorta las libertades a sus pueblos oprimidos. O las dos. Se pregunta José Miguel Azpíroz si en Europa saben lo que es un golpista prófugo y yo me pregunto si se sabe siquiera en España teniendo en cuenta de que es un país presidido por un presidente que considera que a Puigdemont le persigue la justicia por una excesiva judicialización de la política, que el tipo delictivo del que se le acusa resulta decimonónico y acarrea unas penas desmesuradas, que la cárcel supone venganza del Estado y que lo piensa indultar a la primera ocasión para ponerlo en la calle y pactar la supervivencia parlamentaria de su Gobierno con el partido del reo. No dirán que no resulta convincente.

Decía que el ámbito italiano del lío judicial de Puigdemont le otorga al asunto independentista una cosa liviana, un matiz ligero que celebro mucho. De la lánguida y monótona melancolía del unilateralismo, de pronto hemos accedido a su verdadero tuétano, que es una esencia de Arlequín en la comedia del arte, un algo de trama casi «felliniana» que comencé a intuir casi con vergüenza de mi mala leche en aquellos días solemnes en los que los alcaldes independentistas andaban por ahí cantando «Els segadors» tanto que parecía la canción del verano y a mí me daba en la nariz que terminaríamos llorando mucho con esto, pero también riendo una barbaridad. En este sentido, puede ser que hayamos alcanzado ya el territorio del dislate y he apuntado en mi cuaderno que Puigdemont salía de la cárcel de Sassari alegre, liviano y despeinado, casi «enchispao» y me dije si no quedaría tan bien subido al árbol de «Amarcord» gritando en lugar de «¡Voglio una donna!», «¡Voglio una patria!». O una republiqueta.