Los cristales rotos de la memoria

Lo contrario de la concordia es la discordia. Y llamar democrática a la memoria es un abuso político y un despropósito lógico

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Recuerdo bien el momento. Fue uno de los más emocionantes de mi vida como cronista político. Ocurrió el 14 de octubre de 1977. Yo estaba arriba, en la tribuna de prensa del Congreso. Al día siguiente lo contaba así, lleno de entusiasmo, en el diario «Informaciones»: «Ayer nacieron las Cortes de la concordia. A las tres menos veinticinco de la tarde, toda la Cámara, puesta en pie, acogió la votación de la amnistía con una ovación cerrada. Era emocionante. Aplaudían hasta los que no habían dado su voto favorable. Se cerraba un largo capítulo de la Historia de España. Ya no hay vencedores ni vencidos. Era un momento refulgente que ocurre de vez en cuando en la vida de los pueblos y que ilumina de pronto su auténtico destino. Era un relámpago de lucidez nacional». Eso creíamos todos ese día. O casi todos. No era para menos. ¡Libertad, amnistía y estatuto de autonomía! Ese era el grito de la calle. Pues ahí estaba la respuesta. Acababan de nacer las Cortes constituyentes. La concordia ha durado cuarenta y cuatro años.

La ley de Memoria Democrática pretende corregir ahora, limitar, revisar y desvirtuar aquella histórica ley de Amnistía. Es una iniciativa de las izquierdas, que ocupan el poder, con el respaldo y por exigencia de los independentistas de la periferia. Es, me parece, una regresión. Puede que una agresión. La responsabilidad última de esta decisión es del presidente Sánchez. Conviene que figure así en los libros de Historia para que cada cual cargue con sus responsabilidades. Se pretende abrir una causa general contra el franquismo. Dicen que quieren acabar con la impunidad de la dictadura. Cualquiera puede concluir que los herederos políticos de los que perdieron la guerra –los nietos de aquellos– prefieren la venganza al olvido. Allá ellos, allá nosotros, allá todos. Lo contrario de la concordia es la discordia. Y llamar democrática a la memoria es un abuso político y un despropósito lógico. La memoria no tiene nada que ver con la voluntad o la creencia de la mayoría. La Historia, tampoco. Después de tanto tiempo, la memoria histórica es un saco de cristales rotos y ensangrentados.

Se pretende revolver la manta, aunque se cubra con la capa de la justicia y de la reparación histórica. Falta grandeza. Me parece que lleva razón Milan Kundera: «El papel de la reparación (de la venganza y del perdón) los lleva a cabo el olvido. Nadie reparará las injusticias que se cometieron, pero todas las injusticias serán olvidadas». Ese es el consuelo que queda en estos tiempos justicieros y borrascosos.