El activismo político del museo Reina Sofía

«Es una lástima que se desperdicie dinero, espacio y esfuerzos para incluir una caótica exposición, más propia de un parvulario, una escuela o un instituto»

Francisco Marhuenda

Cuando mis hijas eran pequeñas me tocaba visitar las creaciones artísticas que realizaban junto con sus compañeras. En una sala del colegio se exponían y los padres nos sentíamos muy orgullosos, aunque conscientes de que su futuro no iría por ese camino. Con el tiempo fui atesorando los regalos que me hacían y desde luego me hace mucha ilusión ver sus aportaciones al dibujo, la pintura o la cerámica, pero jamás soñaría con que se expusieran en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Mi amor paterno no llega a ese extremo. He de reconocer que entre mis carencias está saber dibujar, pintar o esculpir, aunque me hubiera gustado. Ahora, tras ver la chapucera sala que ha montado Borja-Villel en el museo que programa, dirige y coordina, como señala el Museo en su página web, creo que mi obra estaría a la altura panfletaria de unos materiales que no merecen ser expuestos y menos aún de forma permanente. Estoy seguro de que recibirá los aplausos del Gobierno y que el sector podemita se sentirá muy reconfortado, porque se considera «hijo» del 15-M.

Borja-Villel ha montado una sala que no sorprenderá a cualquier visitante que tenga hijos, nietos o sobrinos y podrá constatar que su calidad es inexistente. Y como la izquierda considera progresista todo aquello que sus sumos sacerdotes decretan, pues todos tan contentos, aunque se resienta el prestigio del Museo y no se haga otra cosa que ponerlo al servicio del activismo político partidista. No es algo que me escandalice como historiador, porque el arte ha estado durante siglos al servicio del poder. Es verdad que siempre he confiado en que superaríamos ese estadio en los museos nacionales y que este tipo de cosas se harían en exposiciones temáticas en centros menores. A pesar de ello, disculpo a Borja-Villel, porque depende del Gobierno y hace lo que le gusta a quien ostenta el poder. La izquierda no tiene ni miramientos ni vergüenza.

El 15-M no fue Mayo del 68 y hasta el momento no ha producido ninguna obra artística reseñable como sí sucedió, por ejemplo, con la Transición. Lo que podrán ver los visitantes son cosas irrelevantes y menores, soflamas ideológicas y sectarismo partidista. Por tanto, la ausencia de mérito es un demérito para el Reina Sofía. El arte, en todas sus expresiones, es algo que me apasiona y me limitaré a disfrutar del Museo de Prado y otros centros de primer nivel y abrir un periodo de ausencia como visitante de un Museo que Borja-Villel dirige de forma tan partidista como errática, algo que seguro agradecerá porque no creo que le interese mi opinión. Lo he visitado muchas veces, especialmente mientras estuve en el ministerio de Educación y Cultura, por lo que esta ausencia no me producirá ningún desasosiego. Dentro de un tiempo, otro director, menos influenciado por el poder y más por el arte, dará un giro más coherente excluyendo la zafia y grosera política partidista.

La utilización del arte al servicio del poder ha sido y es algo habitual. Lo único exigible a un director de un museo nacional es que las obras que se expongan tengan calidad. Cuando explico en clase el período napoleónico me gusta referirme al pintor David y su obra «La consagración de Napoleón». Es una pintura neoclásica de extraordinaria calidad y fue encargada por el propio emperador de los franceses. Actualmente se expone en el Louvre. No hay duda de su carácter político y lo que se quiere mostrar en esa bien cuidada pintura. El hijo de la Revolución se convierte en emperador y corona a su esposa ante el sometido Pío VII. Es lógico que esté en el Louvre, como otras muchas obras con contenido político que encontramos en los grandes museos del mundo.

Por no remontarme a un pasado lejano, no se puede dudar de la calidad de los artistas que han servido a dictaduras de todo tipo. El arte soviético, nacionalsocialista, fascista y tantos otros son interesantes, aunque nos repugnen tanto los autores como sus mecenas. El fin puede ser deleznable, pero siguen siendo buenas creaciones artísticas. Me gusta la cartelería propagandística de la Guerra Civil y otros conflictos armados. Es lo que escribiría si la ocurrencia de Borja-Villel tuviera alguna calidad, pero no es más que la sumisión de un museo nacional a los intereses partidistas del gobierno de turno. No me importa que sea socialista comunista, porque mi opinión sería igual si hubiera montado una sala similar para complacer al PP. El Guernica de Picasso es una obra política y una de las grandes expresiones artísticas del siglo XX. Las salas de los museos tienen pinturas y esculturas que son en sí mismas un mensaje político o una toma de posición, pero merecen estar allí. No sucede lo mismo con ese capricho que ha tenido al recoger el feminismo, el 15-M, la ecología, el colonialismo… en lo que supongo considera una acertada relectura del arte del siglo XXI.

Es una lástima que se desperdicie dinero, espacio y esfuerzos para incluir una caótica exposición, más propia de un parvulario, una escuela o un instituto. Ahora hay que buscar a los autores que sí tienen calidad como si fuéramos avezados arqueólogos, porque quiere acabar con las «capillitas». Esta técnica museística permite la más absoluta arbitrariedad y consagra al Reina Sofía como un apéndice al servicio de la política gubernamental. Lo único positivo es que su director se ha garantizado un largo mandato. Ya se sabe que el poder siempre es agradecido.