Una duda razonable

Estoy excitadísimo. Me pasa siempre que descubro una nueva idea. Cuando la leo en un libro o la veo en una película y después de asimilarla me miro al espejo y palpo con tiento mis mejillas, me miro muy dentro de los ojos como despidiéndome de un viejo amigo. A veces incluso me afeito para otorgar una identidad física al cambio que se está produciendo en mi interior. Soy un puñetero romántico. La persona que me mira desde el otro lado está a punto de desaparecer para dar paso a un hombre nuevo, un cachito más nuevo que ayer. Mudo la piel y mi habitación se llena de polvo. Este tipo de cosas no me ocurren más que dos o tres veces al año y me excito muchísimo cada vez. Las buenas ideas, aunque sean ideas de alguien que nos cae fatal, me resultan tan excitantes que mi entusiasmo casi adquiere matices de sexualidad. Una buena idea me pone cachondo, sí, eso es.

La idea que me tiene tan entusiasmado es bien vieja y bien sencilla. No vengo a romperle la cabeza a nadie. Es de esas ideas que aprendes de pronto y piensas para tus adentros: “¡pero cómo no me di cuenta hasta ahora, soy un bobo!”. Casi con rabia. Sintiéndote un idiota. ¡Claro, es porque siempre había estado allí esperando a ser descubierta!

No necesita un libro para explicarse. La vi ayer por la tarde en una película de 1957 que protagonizaba con una habilidad de calzones el maestro Henry Fonda. Se llamaba Doce hombres sin piedad y nunca la había visto, fíjate qué mamón soy, nunca había visto este clasicazo porque vi la obra de teatro que la representaron en mi colegio y me pareció un tostón de adolescente y no me apetecía merendarme otro tostón de adulto en el formato película. Hasta ayer. Desde que vi la obra de teatro me he afeitado varias veces y he escuchado grandísimas ideas muy viejas y muy sencillas. Supongo que he cambiado. Entonces vi la película antes de irme a celebrar la Nochevieja, casi con desidia, y me ha explotado la maldita cabeza. Toda la película gira en torno a esta idea pero no es hasta bien entrados en la narrativa que uno de los personajes la menciona en voz alta.

Ojo al dato: son el jurado de un juicio a un chiquillo de 18 años acusado de asesinar a su padre. Once del jurado votan a favor de condenarlo a muerte y solo uno se opone (Henry Fonda), no porque considere al chavalín inocente, ni mucho menos. Es que si vota a favor de su condena pues van a mandar al otro a la silla eléctrica, y esa es una decisión potente, jodida, que diría un amigo mío, entonces hace un llamamiento para reflexionar un poquito antes de saltar a conclusiones catastróficas. Y más adelante en el filme sale un tipo convencido por los argumentos de Henry Fonda y nos dice que aquí se está discutiendo si existe una duda razonable. Habla de una duda razonable. Es magnífico. Si existe una duda razonable sobre la inocencia del acusado, en ese caso deberán votar su inocencia por unanimidad, aunque también exista una duda razonable sobre su culpabilidad. Una duda razonable prueba que el pensamiento crítico es fundamental cuando la vida de otro está en nuestras manos.

¿Y qué vidas tenemos en nuestras manos, los que no somos el guaperas de Henry Fonda? Diría que no pocas. La vida de nuestros hijos está indudablemente en nuestras manos, al menos durante los primeros años. La vida de nuestros padres cuando se aproximan a su final. La vida de nuestros amigos más desafortunados, la vida de los africanos que vemos en el televisor y que nosotros elegimos ayudar u odiar con toda la fuerza de la que es capaz el maravilloso ser humano. Incluso la vida de Verónica Forqué estuvo en nuestras manos de alguna manera. Hoy me miro en el espejo arrancándome pedazos de piel para comérmelos y se me ocurre plantearme cuántas vidas salvaríamos gracias a las dudas razonables. ¿Cuántos niñatos se habrían evitado las drogas si sus padres hubiesen dudado más razonablemente de ellos? ¿Cuántos padres sobrevivirían un año más si sus hijos dudasen de cómo fueron, antes de que nosotros les vociferemos saliéndonos saliva de entre los dientes diciéndoles el daño que nos hicieron de críos? ¿Cuántos amigos necesitan nuestra sonrisa? ¿Cuántas veces seré yo quien se equivoca? ¿A cuántos africanos podríamos ahorrarles morir o matar? ¿Qué mensaje de nuevo año habría dado Verónica en las mismas redes que le asestaron el golpe definitivo ?

Hoy cae en uno de enero y parece obvio cuál va a ser mi propósito para el 2022. Dudar de una forma sana y razonable durante 365 días (o quizá más). Estoy seguro de que así me ahorraré muchas discusiones y me haré unos nuevos amigos maravillosos.