Fondos europeos: ¿el robo del siglo?

El «tres per cent» de 140.000 palos, son 4.200 millones del ala

El Parlament de Cataluña se estremeció cuando Maragall, un tipo compulsivamente honrado, apuntó con el dedo índice a la bancada de CiU. Corría febrero de 2005. Todos se temieron lo peor. Básicamente, porque el ex alcalde de Barcelona y president es un hombre de natural tranquilo. «Ustedes tienen un problema», enfatizó desafiando a los diputados del partido más corrupto de la Europa contemporánea, «y ese problema se llama 3%». El hombre que, San Juan Antonio Samaranch mediante, consiguió los Juegos de 1992 se limitó a verbalizar urbi et orbi lo que los 135 diputados autonómicos sabían pero callaban por temor a que la autocracia pujolista los asesinara civilmente. Se armó la mundial. Artur Mas, corrupto donde los haya, lugarteniente del gran capo Pujol, se hizo el ofendidito. Una obra teatral como otra cualquiera: él mejor que nadie sabía que CiU era una auténtica mafia, una organización criminal dedicada al robo de dinero público. Al día siguiente, Maragall, presionado por un PSC al que amenazaron con la táctica del dentista –¿a que no nos vamos a hacer daño?– reculó. Pero toda la sociedad civil catalana tenía cero dudas de que había dicho la verdad. Fue un adelantado a su tiempo porque anticipó lo que le luego confirmaría un sinfín de sentencias judiciales. La Generalitat superaba en aquellos tiempos los 20.000 millones de Presupuesto, más que el de muchos países. El 3% de ese pastizal constituía también un pastizal: 600 kilazos. No digo yo que todos los políticos pujolistas mordieran por todo pero sí que muchos pasaban el cazo por las obras y servicios más importantes. La mangancia iba de arriba abajo. Políticos decentes haberlos los había pero eran la excepción a la regla. ¿Por qué se trincó tanto en la era Pujol? Simple y llanamente, porque los mecanismos de control brillaron por su ausencia: desde el saqueo de Banca Catalana tapado por órdenes de Moncloa hasta los agujeros negros de la Agencia Tributaria con los delitos de la famiglia Pujol, pasando por los business entre el histórico president y Juan Carlos I. No sé si con los 140.000 millones que vendrán de Europa se repetirá la historia pero me temo lo peor. Que Moncloa se haya arrogado el control cuasiabsoluto de este posmoderno Plan Marshall bautizado como «Next Generation» no presagia nada bueno. Los movimientos sobre-cogedores de no pocos vips socialistas invitan a pensar que podemos estar en los albores del robo del siglo o, mejor dicho, del milenio. El «tres per cent» de 140.000 palos –que es como llaman los chelis a los millones– son 4.200 del ala. En las finanzas públicas, como en cualquier otro orden de la vida, siempre pasa lo mismo cuando no hay mecanismos de control o cuando los que se disponen son de cartón piedra: que la gente se piensa que todo el monte es orégano y se lo llevan crudo aplicando ese viejo mantra del «a robar, a robar, que el mundo se va a acabar». Si en una joyería de superlujo prescindes de los guardas jurados, de cristales blindados y de cámaras de seguridad lo normal es que a los viandantes les sobrevenga la tentación de entrar a sisar un brillantito o un Rolex. El común de los mortales es como es: genéticamente amigo de lo ajeno. La negativa del Gobierno socialcomunista a implementar la sensatísima propuesta del PP de que una autoridad independiente vigile el destino de este potosí, como sucede en otros estados comunitarios, invita a la sospecha. Esto terminará como el rosario de la aurora: con trinques generalizados o con esa discrecionalidad que Ayuso va a denunciar en los tribunales. Al tiempo.