Andalucía: luces y sombras

Al margen del alcance de los cambios, vaticinados por las encuestas, algo preocupante se pone de manifiesto en esta campaña, para el futuro inmediato

Andalucía: luces y sombras
Andalucía: luces y sombras FOTO: Raúl

Otra etapa en el inacabable periplo electoral. Parada y fonda al sur de Despeñaperros, donde los meteorólogos políticos predicen grandes cambios. Veremos, porque hasta Tezanos avisa de algo parecido. Acaba la Feria de San Isidro y sigue la de las urnas, ahora en cosos autonómicos, antes provincias. Al fondo, siempre el toro, corrida extraordinaria en Bilbao con Pablo Hermoso; Manzanares; Talavante y Roca Rey; coincidiendo, el mismo 19 de junio, con la jornada electoral en pos de San Telmo. Prepotencia siempre en los mejor tratados, a costa de los demás.

A la vera de La Maestranza un cartel de circunstancias, conforme a la paridad. Lo encabeza Juanma Moreno «El Hallazgo», fiable, eficaz, riguroso según sus partidarios; con más hondura que brillantez. Juan Espadas «El Heredero de la Ruina», con demasiado oficio, sobrado atrevimiento, y el público esperándole desde la memoria de tantos fiascos en temporadas anteriores. Macarena Olona «La Niña de Salobreña», la enemiga universal, con tirón suficiente para preocupar a las «figuras» apoyadas por las grandes empresas, PP y PSOE. Juan Marín «El Naranjo», ante una de las últimas oportunidades para seguir demostrando su fiabilidad, más como peón de confianza que como matador. Inmaculada Nieto «La izquierda Moderna», así lo dice ella, sin más; feminismo, cambio climático, empleo estable y mucho sector público, ¡casi ná!. Cierra el sexteto Teresa Rodríguez «La Voz del Pueblo», maltrecha por sus últimos resultados, algo tosca y demasiado bulliciosa, su fuerte son las banderillas, pero el resto le viene grande.

Nuevamente la feria de las urnas. El primer festejo, nocturno y soporífero. Los restantes se esperan parecidos. Y, otra vez, la evocación obligada de las palabras de A. Camus: «Cada vez que escucho un discurso político, o leo aquellos que nos dirigen, me asusta no oír nada que produzca un discurso humano». Siempre las mismas palabras que dicen las mismas mentiras. Peor aún, los votantes se acomodan a ellas y vuelven a repetir su papel. Tal vez más por resignación que por estupidez. Acaso por desprecio. Cuesta creer que, por confianza en estos políticos, salvo alguna excepción. Los ciudadanos, consciente o inconscientemente conceden poca importancia a sus gobiernos, nacionales o autonómicos; sin pensar que entregan a ellos gran parte de sus intereses vitales.

Al margen del alcance de los cambios, vaticinados por las encuestas, algo preocupante se pone de manifiesto en esta campaña, para el futuro inmediato. En las autonomías donde el candidato aparece como ganador, no permite la presencia del líder nacional de su partido, ni otros refuerzos llegados de fuera. Intenta librarse de cualquier tutela como si pudieran hacerle sombra. ¡Dejadme solo!, exclama, reclamando toda la gloria para él y, sobre todo, el poder sin dependencias. ¿Llegaremos así al final de los partidos nacionales? Desde luego la privatización de la política parece próxima.

Varios apuntes más de la campaña electoral en Andalucía, resultan llamativamente negativos. El aldeanismo propio del espíritu autonómico es cada día más preocupante. Ahora, hasta el acento local en el habla, será un mérito fundamental para hacer carrera política. ¿Cecear o no cecear?; ¿cambiar la «l» por «r» o no…?; ¿Ser o no ser?; Esa es la cuestión. Mientras, la palabra España, como proyecto común, se escucha cada vez menos. La idea de país pierde fuerza día a día.

Una reflexión a propósito. La civilización no consiste en un grado más o menos alto de refinamiento (volvemos a Camus) si no en una conciencia común a todo un pueblo. Mucho de esto puede aceptarse como válido, con todos los matices que se quiera. Incluso aunque nos moleste, porque así habríamos de reconocer que España se muestra hoy especialmente incivilizada. Por otro lado, un éxito rotundo de Moreno en esta circunstancia, sería mucho más suyo, que del PP. ¿Podría repetirse entre él y Núñez Feijóo algo semejante a lo ocurrido con Ayuso y Casado? No digo que de forma idéntica, pero no olvidemos que ya se apresuró a manifestar con rotundidad: «a mí nadie me va a decir lo que tengo que hacer en Andalucía» (suponiendo que gobierne, claro). Seguramente el 19 de junio, los medios de comunicación anunciarán un amplio triunfo de los populares en las elecciones andaluzas, pero cabría preguntarse, ¿y ahora qué?

Por el camino emprendido, los «decisivos efectos» de las elecciones de Andalucía se limitarían al reforzamiento de Moreno, en el cargo que ya venía desempeñando; al debilitamiento de Pedro Sánchez y al posible adelanto de las elecciones generales, con el hipotético triunfo de Núñez Feijóo que le llevaría a La Moncloa. Algo es algo, pero demasiado poco para afrontar un cambio político y social de verdadero calado; la vuelta al respeto a las instituciones del Estado y a su fortalecimiento; reconocer la extraordinaria labor de la Corona; recuperar la imagen de nuestro país en el ámbito internacional…; y, a partir de ahí, acometer las grandes reformas pendientes.

Emilio de Diego. Real Academia de Doctores de España