Faltaba

Kamala ha pasado de ser la gran esperanza demócrata a un colosal fiasco con risa floja

Ángela Vallvey

A esta cumbre, que ha estado cumbre, de la OTAN, no ha venido Kamala Harris (primera mujer presidente de EEUU durante los minutos que duró la colonoscopia de Joe Biden). Kamala ha pasado de ser la gran esperanza demócrata a un colosal fiasco con risa floja. Algo se intuía cuando aún era una simple candidata, formando «ticket» con Biden. Vi unas imágenes en las que aterrizaba en no sé dónde con el avionazo del partido. A pie de pista la esperaba una comitiva ilusionada de prójimos, todos colocados en posición de firmes, con flores a María, y una enternecedora sonrisa esperanzada. Era una alegre comisión de recibimiento de personas con distintos tonos de piel: negro, blanco, intermedio e incluso había algunas racializadas en colores neutros, a juego con cualquier comité de bienvenida. Todas contentas, de manga remangada y mano tendida para rozar a Santa Kamala. Pero ella se bajó del avión como si llevara chuscas en lo postrero de la faja, pasó por delante de todos sin dirigirles una mirada y se subió al «Cadillac One», un coche tamaño portaviones que la estaba esperando, con chófer y mil guardaespaldas con aire de grupo Seals de asalto. Los dejó a todos más planchados que un langostino en una tintorería del Bronx. Me dije: «¡Huy! Mal empezamos»... Porque las señoras, señores o señoros que, cuando se suben al avión oficial, dejan de avizorar tierra y terrícolas…, suelen ser pésimos gobernantes. Pésimos, en general. Biden, que lleva una centuria viajando en «plane» gubernativo, aunque siempre parece mareado al menos sonríe y saluda a sus subordinados, que somos el resto del mundo. Kamala no. ¡Y es el recambio de batería para Biden! Eso pasa cuando se elige a las personas solo por su apariencia física, despreciando la química. Imagino que algún spindoctor o asesor político de pensamiento mágico/racista/woke, creyó que ella era como Obama porque tenía un tono parecido de bronceado y rasgos finos, sin reparar en que los políticos, como el dinero, no tienen color. Tienen –o no tienen– «alma», al contrario que el dinero.