Nancy Pelosi y el nervio de la guerra

China se echará atrás, porque no tiene nada que ganar. Pelosi en Taiwán ha sido el mensajero perfecto

Alfredo Semprún

Si Maquiavelo contradijo a Cicerón es porque el florentino había sido testigo directo de las desgracias de su ciudad, entregada a los capitanes mercenarios, condotieros, pagados con los tributos de los ciudadanos del común. El dinero, sí, mantiene la guerra, pero es la política de Estado, la Política con mayúsculas, la que la determina. La guerra otorga riquezas, pero éstas sólo son la consecuencia natural de la victoria. Maquiavelo, que distingue perfectamente entre el beneficio particular y el del conjunto de la población, nos dice que la guerra tiene sólo dos motivaciones, acrecentar el poder propio y debilitar el del adversario y que, una vez lanzada, las reglas, todas las reglas, saltan por los aires. Como lo expresaba un voluntario colombiano enrolado con las milicias ucranianas, es la impunidad que concede el combate lo que explica la crueldad y el desprecio por el derecho de gentes, lo demás es retórica. Hoy, existen en el mundo dos imperios que se disputan el poder, el chino y el estadounidense. El primero procura la expansión. Del segundo se asegura que está en decadencia, pero eso sólo es cierto si reducimos el conflicto al plano meramente económico. Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, es consciente de que aplazar la guerra, la decisión política de ir a la guerra, sólo favorece al adversario, que gana tiempo para prepararse, para rearmarse. Y Pretende no repetir el error de la ofensiva en «dos tiempos» que cometió Putin con Ucrania. Porque cuando el ruso reanudó la guerra, enfrente tenía un Estado político forjado a fuego en el primer envite por Crimea. Sin esta realidad, ni todas las armas de Occidente hubieran salvado a Ucrania de un rápido hundimiento. Pelosi ha viajado en visita oficial a Taiwán en un gesto político de enorme trascendencia. Desde la Casa Blanca se advertía de que no es el mejor momento y Pekín amenazó con graves consecuencias. Pero es Pelosi la que tenía razón. Todavía hoy, China es un gigante con los pies de barro, un tahúr que se ha enriquecido sobre el tapete verde con sus trampas y al que hay que descubrir en algún momento. Si no, un día, nuestros hijos acabarán por no entender conceptos tan simples como la libertad individual, los derechos humanos o el respeto a la libre expresión política. China nos hace la guerra por otros medios, pero la guerra siempre es la imposición violenta de una voluntad. Y puesta ente esa realidad, no lo duden, China se echará atrás, porque no tiene nada que ganar. Pelosi en Taiwán ha sido el mensajero perfecto.