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15 de diciembre de 2015. 09:16h

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15/12/2015

El Barcelona metió al Roma media docena de goles; también el Madrid al Malmoe. Más allá de la frialdad de los números, equívoca balanza de los perdedores, la verdadera diferencia entre ellos es que los transalpinos continúan en la Liga de Campeones y los nórdicos han reanudado las vacaciones. En esta tesitura, el sorteo ha deparado un Roma-Real Madrid. A priori, la suerte ha sonreído a Rafa Benítez, al que buena falta le hace, después del batacazo en El Madrigal, donde sus jugadores le dejaron en mal lugar por hacerse los suecos durante el primer tiempo.

Los errores se pagan y en el deporte la ventanilla que extiende las facturas abre las 24 horas, como la funeraria. El Atlético puede sentirse muy afortunado con el rival que le ha tocado, el PSV, y el Barça debería preocuparse más de las ocurrencias de Piqué que del Arsenal, sin ánimo de menospreciar al equipo de Arsene Wenger. Pero es que lo de Gerard sonroja. En el fútbol, la frontera entre el éxito y el fracaso la marcan los resultados; en la vida, el comportamiento es lo que delimita lo bueno de lo malo, ser un caballero o un sandio. Piqué triunfa con el balón y en la cotidianeidad se las apaña que ni pintado para tropezar incluso donde no hay obstáculos. Podría decirse de él que no es malo sino patoso. Y es de una torpeza colosal cuando escupe por la espalda al delegado de la Selección o cuando insulta a un compañero de profesión para hacer gala de su ingenio. Al llamar «cono» a Arbeloa ha cruzado la frontera de la deportividad y el ejemplo es tan deplorable como cuando insultó a un mosso de escuadra por cumplir con su obligación.

Si Piqué empleara todo su talento en jugar al fútbol, el Barça ganaría el Mundialito sin bajarse del autobús.

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