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García del Busto, académico

  • García del Busto, académico

Tiempo de lectura 2 min.

23 de marzo de 2013. 01:27h

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Gonzalo Alonso 23/3/2013

Por fin, tras tantas veces de tocar temas espinosos, llega la hora de poder escribir placenteramente de alguien y de algo. Nada más grato que felicitar a un compañero que se merece la distinción que le otorgan. En este caso a José Luis García del Busto, nombrado recientemente miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, ocupando el sillón que perteneciera a Antonio Iglesias. Mi amistad con José Luis viene de largo. Le conocí en mis tiempos de «El País», donde ambos coincidimos durante algún tiempo en los años ochenta. A poco de incorporarme a «Abc», como responsable de «Abc Cultural» y de la crítica diaria, cité en mi casa a José Luis para proponerle que colaborara en aquellas páginas, a lo que él accedió encantado. Acababa de morir Antonio Fernández Cid y se necesitaba alguien que compartiera la crítica diaria con Antonio Iglesias y conmigo. Me fui yo del periódico para incorporarme a «LA RAZÓN» y allí siguieron ambos. Me imagino la satisfacción que a José Luis le habrá producido el nombramiento y la muy especial alegría de ser en el sillón de Antonio, a quien admiraba.

Amigo y alumno de Federico Sopeña y Enrique Franco, empezó a escribir en los inicios de los setenta, ingresando enseguida en Radio Nacional, de donde se jubiló aún no hace mucho. Luego vendrían el Centro para la difusión de la Música Contemporánea, el Festival de Alicante, sus libros monográficos sobre De Pablo, Turina, Marco, Guinjoan, Bernaola... y su entrada en las Academias de Bellas Artes de Granada, Sevilla y Barcelona.

Ha sido elegido a propuesta de García Abril y dos de los citados: de Pablo y Marco, quien precisamente leyó su «laudatio». Nacido en Xátiva, conoció nada más llegar a Madrid a Luis de Pablo, que entonces organizaba conciertos y fue quien le introdujo en las figuras de Nono, Maderna o Ligeti. Ha tenido que competir con Begoña Lolo, catedrática de la Autónoma de Madrid, pero no parece que la sangre haya llegado al río como cuando, en junio de 1995, la academia hubo de cubrir la plaza que dejara Fernández Cid, votándose entre Enrique Franco, Carlos Gómez Amat y Antonio Gallego, siendo éste el elegido.

El ingreso no debe resultar un premio al final de una carrera, sino el reconocimiento de unos méritos que capacitan para iniciar una etapa de creación y trabajo dentro de ella. Por eso hay que aprovechar las vacantes para incorporar a gentes con valía, entusiasmo y capacidad de trabajo. De ahí que, a sus 65 años, José Luis tenga mucho camino que recorrer en la Academia. ¡Enhorabuena!

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