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Los dos mundos

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Tiempo de lectura 4 min.

16 de agosto de 2018. 04:59h

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Tomás Gómez 16/8/2018

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Todos los años, con la llegada del verano y el buen tiempo en los mares, aumenta la presión de los inmigrantes que quieren pasar nuestras fronteras.

Como en «el día de la marmota», se genera polémica con respecto a la política de control de fronteras que dura lo que tarda en llegar el otoño. Cuando acaban las vacaciones, con el empeoramiento de las condiciones climatológicas y la vuelta a la vorágine de la actividad política y de la vida en general de cada uno, se pasa de actualidad. Unos inoculan el miedo que produce un sentimiento de invasión por otros, a los que se ve diferentes y les vislumbra como competidores que harán mermar la porción de tarta que Occidente ofrece a quienes lo habitan. Con más o menos dosis populista, consiguen rentabilizar en términos de votos a costa de frivolidad.

Otros enarbolan la bandera de los Derechos Humanos, con más pasión que destreza e incluso, en algunos casos, también con una pincelada de barniz mediático–populista.

Sin embargo, el fondo del problema es otro y no tiene visos de que se vaya a adoptar una política encaminada a su solución desde la raíz, algo que requiere una hoja de ruta más lenta pero también más segura.

Los datos son tozudos, este verano han muerto ahogados un 28% más de seres humanos que el año pasado. Además del sentimiento de profunda tristeza, la cifra nos muestra que muchas personas prefieren morir en una patera a hacerlo de hambre.

Abordar las causas de la inmigración va más allá de lo que entiende Europa como una política de cooperación migratoria, que no suele suponer otra cosa que recursos económicos a Marruecos para que ejerza el control de frontera más eficazmente.

Por otra parte, es evidente que tampoco aporta nada nuevo cumplir con las cuotas de refugiados y devolver a su país a los inmigrantes económicos. En realidad, no es otra cosa que cumplir con los acuerdos internacionales de acogida de personas refugiadas que, en realidad, no se han respetado adecuadamente.

Las fronteras no son solamente mares y océanos o concertinas, por afiladas que sean sus cuchillas. Hay dos mundos, de la misma manera que hay día y noche y la frontera que los separa es económica.

En uno de ellos, el rico, se batalla por no perder e incluso mejorar una red de protección para que nadie esté desamparado, en el otro, el esfuerzo es la supervivencia día a día.

Europa debería ser más humana, pero sobre todo, más inteligente. Cuando las personas no tienen nada que perder, son capaces de cualquier cosa, porque su vida es una especie de purgatorio del que desean salir. Ese es el camino más directo para que Occidente y el mundo próspero esté en peligro.

Los sanguinarios cárteles de la droga colombianos de Medellín o Cali fueron prácticamente ejércitos dispuestos a morir cada día introduciendo cocaína en EEUU y en Europa, porque la alternativa a morir rico, matando a medio mundo con la droga, era fallecer en los basureros de sus arrabales.

La pobreza genera incultura y fanatismos y hace inaccesible la democracia a una sociedad. Cuando la prioridad es intentar tener un plato de comida al día, el Estado de Derecho y la libertad son meras quimeras.

Los gabinetes de inteligencia económica de los principales emporios empresariales mundiales han señalado África como el continente a explotar en el siglo XXI. Un mercado nuevo con mucha población y todo por hacer.

El mundo rico debería planificar como se va a hacer y no dar vía libre sin más a los depredadores. Por ahí debería ir un gran pacto entre Estados.

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