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«Manca finezza»

Tiempo de lectura 2 min.

31 de diciembre de 2015. 00:12h

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Martín Prieto 31/12/2015

A Giulio Andreotti, siete veces primer ministro, florentino, maquiavélico, salamandra incombustible de la democracia cristiana italiana, le preguntaron por la política española y fue definitorio: «Manca finezza». La expresión supone algo más sutil que falta de finura y significa propiamente ausencia de toque, de estilo, de sutileza; una forma algo grosera y paleta de entender las relaciones políticas. En estos días que cuentan por años, empantanados en un manglar aritmético, aludimos a la necesidad de grandeza en la clase política para que los partidos no se den coces en nuestro trasero, pero la apelación es hiperbólica y está desgastada hasta en la Prensa deportiva. Elegancia, cintura, juego de piernas, boxeo de sombras y más atención a la solución de los problemas comunes y menos salmodia con nuestras cuitas, es la política que nos sería útil a los contribuyentes y sería la «finezza» del italiano. Entre la bullanga circundante, Rajoy ha puesto cartas sobre la mesa como es su obligación con un boceto tripartito con PSOE y Podemos que tendría un complicado recorrido negociador si la sugerencia se toma con templanza y no nos resignamos a repetir vanamente las elecciones perdiendo, especialmente, tiempo económico. Nuestro liderazgo socialista ni siquiera quiere probar el aperitivo porque va directamente al postre que consiste en la introducción del PP en un lazareto de leprosos corruptos, indecentes y franquistas con los que nadie debe rozarse por higiene. Sánchez y su cuadrilla de asesores parecen estimar que la democracia reside en satanizar a la mitad transversal de los españoles que se sienten cómodos en el centro político, el centroderecha, el liberalismo o, umbralianamente, «la derechona», etiquetémoslos como nos plazca. O quizá crean que en España la derecha es un residuo histórico a extinguir y que Cameron o la señora Merkel portan el ADN de los dinosaurios. Al menos el PP practica la «finezza» de no recordar el derroche democrático de la revolución de Asturias en 1934 (con arabesco lateral en Cataluña) contra la legalidad republicana y el subsiguiente baño de sangre. Este PSOE, descendiendo entusiasmado el tobogán, pretende la asfixia o el encapsulamiento preventivo de todo lo que se mueva a la derecha de un centroizquierda. Y eso que somos de los pocos países europeos que carecemos de ultraderecha. Se entiende o se intuye a nuestros próceres; incluso es comprensible el resultado electoral; pero de Sánchez, sus muchachos enzarzados y su monoteísmo político puede argüirse lo que Borges sobre el peronismo: «No son buenos ni malos, son incorregibles».

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